En la gruta del rey de la montaña

Peter Lang se arrastraba lastimosamente por el suelo del sótano. Bajo la escasa luz se asemejaba a una enorme sanguijuela que dejaba a su paso un desagradable rastro de sangre y viscosidades. Su ropa y su piel estaban hechas jirones. Había bajado a revisar su colección de revistas para adultos y una cosa había llevado a la otra. Estaba jugueteando son su miembro y tarareando la música de un antiguo filme cuando sintió unas afiladas uñas desgarrándole la espalda. Ahora solo pensaba en ponerse a salvo. Intentó gritar, pero apenas dejó escapar un rugido seco y ahogado. Alcanzó el primero de los peldaños de la escalera. Se aferró al barrote más cercano del barandal e intentó impulsarse con lo que le quedaba de fuerzas. Desde la sala le llegó el timbre amortiguado de su móvil. Tenía poca carga y lo había dejado conectado al ordenador. Ahora debía subir todas las gradas para pedir ayuda.  Hizo un nuevo esfuerzo. Su mano se cerró alrededor del segundo barrote en el momento en que algo tiró de sus piernas, llevándolo de nuevo hasta la parte más oscura del sótano.

El doctor Clark volvió a llamar. Había tardado una semana en conseguir el número de teléfono del nuevo inquilino de la casa y no pensaba darse por vencido tan pronto. Debería haber acudido en persona; sin embargo, se había roto una pierna en un tonto accidente doméstico. Los huesos de los viejos siempre tardan más en sanar. Llamó de nuevo y tras escuchar la voz de la contestadora automática decidió dejar un mensaje: «Señor Lang le habla el doctor Clark. Soy el director del Centro de Estudios e Investigaciones de lo Paranormal. Intentaré ser lo más breve que me sea posible. Espero que no me tome por un demente y le dé a mi mensaje la importancia que merece. La casa en que usted habita fue el escenario de hechos terribles.  En los años veinte del siglo pasado, Michael Miller torturó y asesinó a treinta mujeres. Las colgaba de un gancho en el sótano de su casa y mediante una serie de poleas las hacía descender lentamente hacia un barril de ácido. Mientras las mujeres agonizaban, Miller se masturbaba y silbaba la tonada de «En la gruta del rey de la montaña» de Grieg.  Esos detalles los conocemos por el testimonio de Lana Stuart, la última de sus víctimas, y a quien la policía logró rescatar justo cuando sus pies rozaban el ácido.  Sin extenderme en los detalles, le diré que junto a mi equipo descubrimos que, si se reproducen ciertos actos, las fuerzas que permanecen dormidas se desatan con una furia destructiva. Le repito que no deseo que piense que estoy mal de la cabeza, ni quiero sonar irrespetuoso, pero le recomiendo que no se masturbe en el sótano ni tararee o silbe «En la gruta del rey de la montaña» y, por lo que más quiera, jamás haga ambas cosas a la vez».

El doctor Clark colgó la llamada y pensó que estaba exagerando las cosas. Las probabilidades de que alguien bajara al sótano de aquella casa, se toqueteara y comenzara a silbar esa melodía en particular eran, por así decirlo, infinitesimales.  Se arrepintió de haber llamado y deseó que Peter Lang jamás escuchara su mensaje.


© Texto: Kalton Bruhl
Imagen en Pixabay

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