Entre cuatro paredes

En matemáticas, lengua, historia o lo que fuera, Arturito siempre le hacía lo mismo a la maestra: en lo mejor de la explicación pedía para ir al baño. Ya solo con levantar la mano ella sabía que el niño andaba necesitado de patio. Porque el trámite esfinteriano le llevaba una fracción de tiempo respecto al paseo que se mandaba por las galerías curioseando por las ventanas de los demás salones, saludando furtivamente y hasta convidando con migas de una eterna galletita que llevaba en el bolsillo a las palomas de la fuente. Al regreso, se lo veía aliviado y era tanto el agradecimiento, que la maestra no sabía si hablaba por los uréteres, por los talones o por los siete cuerpos. Arturito entendía de inteligencia emocional más que cualquier couch. Cuando volvía le interrumpía de nuevo la clase golpeando la puerta para entrar, diciendo permiso querida maestra y al sentarse, hecho un pollo mojado largaba “no cambio más, siempre distorsionando la clase, pero qué alivio que siento, gracias por tanto aguante maestra, compañeros, gracias”.

De a poco, fueron aprendiendo todos. A pedir permiso, a agradecer, a darle de comer a las palomas que fueron aumentando en número. La clase era un enjambre de niños entrando y saliendo rumbo al baño paseando por el patio y por la fuente, mientras la maestra continuaba la explicación del día preguntándose qué hacía ahí entre cuatro paredes y a quien se le había ocurrido hacerla estudiar para maestra, una crisis totalmente existencial.

La situación cambió drásticamente con la pandemia. La escuela se vació de niños, la maestra en su casa mirando el informativo, Arturito prendido de los videojuegos sin levantarse ni para ir al baño y las palomas felices con su fuente, con su patio, con todo el cielo azul para su recreo emplumado.

Y no es menor el detalle, la maestra seguía preguntándose qué hacía ahí metida entre cuatro paredes…

© Lucía Borsani
Imagen de Martin Hetto en Pixabay