Entre las nubes

La campesina recoge los ramos de saúco y los mete en el saquillo con cuidado, amorosamente. Levanta los ojos al cielo y contempla la noche. Sabe que va a amanecer dentro de una media hora y ha de darse prisa. Se anuda el pañuelo negro y hace un segundo nudo. Recoge varios saquillos llenos de hierbas y se los carga al hombro. Desde lo alto de la pequeña colina contempla cómo desgarra el sol las nubes y se va abriendo paso lentamente, igual que un dios de luz. Empieza a caminar cuesta abajo camino de casa. Una casa pequeña y luminosa, pero suficiente para vivir.

En el altillo va atando las hierbas, y los ramos de saúco, a las cañas que cuelgan del techo. Sabe que no tendrá tiempo para verlas secar. Porque él vendrá a buscarla.

No tiene miedo. Nunca tuvo miedo desde que él se murió. Ya no quedan más hijos a los que amamantar y las hijas son grandes. Será mejor que se ponga la chambra nueva y la saya de seda que ha guardado estos años para el día de hoy. Se acuesta sobre las blancas sábanas que resaltan la negrura de sus ropas.

Acaricia la almohada donde él solía apoyar la cabeza años atrás. Cierra los ojos y sonríe. A él le gustaba besarla en los ojos, hacerla despertar entre caricias, cosechar su primera sonrisa.

-Buenos días, mi reina.

Ella se acurrucaba un momento entre sus brazos. Le costaba dejarlo marchar.

-Quédate un poco más, corazón. Aún es temprano -le suplicaba perezosa.

Ahora también lo abraza. Y le sonríe como solía hacer. Rodea su cuerpo con ternura y apoya la cabeza sobre el pecho de él.

-He venido a buscarte…

-Lo sé. Te he estado esperando estos diez años. Hace unas horas que te sentí llegar.

-No tengas miedo…

La besa una y mil veces… Siente los labios de él -besos suaves y lentos- que le cierran los párpados. Y ella, que sabe que la espera se ha terminado al fin, que ya no va a tener que asomarse inútilmente a la ventana toda la noche para verlo venir, sonríe.   Sonríe… mientras se va durmiendo entre sus brazos.

© Blanca Langa
Imagen de Gianni Crestani en Pixabay