Entrelazadas

Una casa mitad ruinas, sin planos, “diseñada” en horas nocturnas, a hurtadillas sin permisos, un ensayo arquitectónico en el mejor estilo brut, de la brutalidad y osadía de varios compadres en fines de semana. Una libreta vacía como un casa inhabitada. Las paredes blancas de cuadros, una cocina, una covacha sin trastes, ni teleques. Los favores acumulados siempre se zanjan, prestando manos, molleros, martillos. Las palabras dichas al vuelo, se toman en serio en estos parajes semi urbanos, el barrio es para todos y para nadie dependiendo de la gesta honoraria o deshonrosa, todo tiene su retribución, o su ajuste de cuentas; en un contrato de honor no escrito en el callejón de las pasiones. Y la puerta se cerró, y cómo salgo, los vecinos un sábado en la tarde andan de compras, además no sé ningún número al cual llamar, para ser peor mi suerte, la radio encendida en la sala y mi celular allá. Y aquí me encuentro entre medio de esta neblina, no sé si en realidad es un sueño esto que me sucede. La suma de los cuartos rotos, desvencijados los muebles, los armarios, las alacenas carcomidas por la polilla, las gavetas desencajadas, el hilo del comején afanoso sin horarios de construcción paralela a la obra brut de los compadres. Una libreta encontrada en una caja llena de libretas. ¿El momento? A puerta cerrada, aquella noche vacía de palabras para llenar la libreta con estas líneas que estás leyendo en silencio a puerta cerrada. Una libreta encontrada en una caja llena de libretas y se repite una vez más, como si la libreta formara parte de la utilería del teatro del absurdo, en una caja china.  La prueba a la física de los materiales de construcción empleados, cosa de alquimista trasnochado, será confirmada en las próximas inundaciones, una madrugada cualquiera con las primeras gotas de mayo. Más arriba, otros vecinos de igual manera lograron “permisos” dudosamente honorarios, los donantes anónimos, amigos del alma de ya tú sabes quiénes… Habrá luego que llenar las paredes, amueblar las habitaciones, sentarnos a la mesa, charlar de todo y de nada como dos buenas comadres confidentes con las copas copiosas. Los vecinos del lado se despertaron, el estruendo fue tan vertiginoso como tirarse chorrera abajoen parque acuático, digo, los que tuvieron tiempo resguardados en su semi consciencia, tal vez fue mejor así, que todo sucediera en un pestañeo imperceptible apenas. A puerta cerrada, sin mucha planificación, ni permisos oficiales o dudosos, una noche cualquiera, vaciándonos las penas y las copas, entrelazadas, entrelazándonos las piernas en un nudo marino, nos deslizamos deliciosamente en el desván: Que quede entre nosotras.


© José G. Santos Vega
© Ilustración: pexels

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies