Error relativo

Le noté cambiado, su mirada estaba perdida en algún laberinto muy lejos de la realidad, quise convidarle a un café mientas intentaba que regresara a la cotidianidad cuando observé que unas lágrimas colapsaban sus ojos. La amargura mezclada con el odio le hacía un ser un tanto diabólico e infernal. César era amigo de los largos e intensos días de colegio, él solía decir que ambos habíamos tomado el camino de las letras, César, desde muy joven se hizo cargo del puesto de periódicos de su padre y yo logré ser profe de literatura medieval, en una universidad privada. En el fondo tenía razón, los dos vivimos de la eterna sopa de letras.

Me alarmó su estado de desesperación. Quería ayudarle, pero no sabía cómo hacerlo:

– ¿Qué te ocurre César?, te noto extraño.

– He perdido media vida por causa de un error. Pensé que era víctima de un error absoluto durante treinta años. ¿Te das cuenta?

– ¿Quieres hablar?

– Creo que lo necesito, como decía tu padre cuando éramos críos: ‘estoy a un paso de pegarme un tiro en el retrete y después tirar de la cadena’.

– Te escucho.

– Silvia y yo nos separamos amistosamente, ya lo sabes, los gemelos Rómulo y Remo y la mayor, Agripina, vivían con ella. Los fines de semana los niños solían pasarlos conmigo. Primero llegaría el azar.

– No te entiendo, ¿qué quieres decir?

–  Aquel viernes llegaban tarde. Sonó el móvil, era Silvia, me dijo entre confusa y nerviosa que habían tenido un accidente de coche, los niños estaban bien, sus padres iban a buscarlos, quería que yo la acompañara al hospital, el autobús que la golpeó tras el parte policial siguió su recorrido. Ese fue el azar.

– Apagué el fuego donde cocinaba la cena, cogí las llaves del coche y fui a ‘toda pastilla’ al lugar en que me había dicho que había sido el percance.

Al principio me sentí desconcertado por aquella decisión de volverme a incorporar a su vida, creí que Silvia me tenía un rencor extremo, pero en momentos delicados, como era aquel, se olvidan las bobadas irracionales y afloran los verdaderos sentimientos, la parte más racional de nosotros.

– Los abuelos y yo llegamos en el mismo momento, nos saludamos cortésmente. Tras las consabidas preguntas y viendo que solo la chapa del coche parecía ser la perjudicada, sus padres se llevaron a los peques y yo acerqué a Silvia a la clínica de la mutua. El taller al que llevó el dos caballos era el de ‘Cachichi’. Yo hablaría con él el sábado.

– Camino a la clínica la noté asustada, quise quitarle hierro al asunto, seguro que no era nada. Le fui explicando que era una ‘caguique’ ya que solo había sido un pequeño golpe trasero, aquel vaivén le produjo un latigazo en el cuello, ahora comenzaba la tensión nerviosa y el dolor muscular, solo con unos paños calientes y el collarín y tras una semana de reposo, estaría como nueva.

– Sonreímos, nos miramos con cierta complicidad y ternura, volvimos a cantar nuestra canción, ya sabes, la de Juan Salvador Gaviota.

– Ya, sigue.

– El médico de la clínica dijo lo mismo: reposo, calor, miorrelajantes y le puso un collarín.

– La llevé a su casa, mi antiguo hogar, puse música melódica, sabía de sus gustos musicales, la dejé en su cuarto, nuestro antiguo dormitorio, ‘el polvorín’ lo llamábamos, se lo volví a recordar, sin ánimo de aprovecharme. No era el momento de comenzar un romance.

– Fui a la cocina y le preparé un sopicaldo calentito, mientras lo hacía, pensé que aquel accidente podría ser un primer paso para volver al amor que no se había marchitado, solo reposaba. Nuestros hijos lo agradecerían, Agripina siempre me pedía que olvidara las cosas malas y regresara, como si hubiera sido yo el que se había ido. No debía explicarle que la decisión la había tomado el juez, era aún pequeña para entender.

– Le grité. ‘Ya está el caldo, ¿te lo llevo?’ No me contestó.

– Pensé que al llegar hasta el dormitorio le daría un abrazo, un apapacho, como ella decía, acerqué a la cama el bol con la sopa y…, se había quitado el collarín, descansaba plácidamente, parecía fingir estar dormida: los ojos cerrados, ausente del mundo… Me quedé mirando su cuerpo, al fin comprendí… No fingía, estaba muerta sobre la cama.

– Sí, recuerdo aquel día.

– A partir de ese día pensé que no había sabido comportarme. Silvia me había llamado a mí, había confiado en que la acompañara y atendiera. Me quería.

– No había sabido cuidarla, no exigí al médico unas radiografías, ellas hubieran mostrado la imagen de la segunda vértebra rota.

– Ya no pude retomar la vida con Silvia. Me repetía una y otra vez que la había fallado. Ella me quería y no supe estar a la altura.

– ¡Bueno, hombre!, aquello pasó hace muchos años. Has cuidado a tus hijos, ya son mayores. Fue un error de apreciación, tú no eras el médico de urgencias.

– Espera, no he terminado de contarte.

Esta mañana Rómulo y Remo han quedado conmigo aquí, venían acompañados por Rafa, el carnicero que tiene la tienda frente al puesto de periódicos, un amigo de toda la vida.

– Lo conozco, es un vivales de cuidado.

– Los gemelos me lo han presentado como su padre biológico. Yo me he quedado sorprendido, más aún; tras treinta años de aquel terrible percance me entero que los gemelos son hijos de otro. Él me ha intentado consolar, ha comenzado por explicarme que habían sido amantes durante los cinco últimos años de la vida de Silvia. Me ha contado que ella, tras el accidente, le llamó primero para que fuera a buscarla y que él estaba en una cena de amigos, esperando a Silvia, su amante, para iniciar la juerga del fin de semana y no quiso ir a buscarla.

– Cuando se enteró de lo ocurrido me ha confesado que no tuvo valor para decirme nada, pero ahora, tras tantos años de remordimiento, quería aclarar con los gemelos y conmigo lo que sentía por Silvia.

– ¡Vaya faena!  

– Siempre mortificado por lo que creí que había sido un error mío, en cambio fui la segunda opción, solo la alternativa. Me he dado cuenta que fui un error relativo.

– He perdido treinta años de mi vida creyendo que era culpable por no haber sabido defender la confianza que ella había depositado en mí, y solo fui una alternativa que le salió mal.

– ¿Te das cuenta? Toda una vida en el infierno, para saber, treinta años después, que no significaba nada para ella. Que solo era su último recurso.

– César, alguien dijo, creo que fue Thomas Hobbes: “El infierno es la verdad vista demasiado tarde”.

– En tu caso, el conocer sus sentimientos no ha influido en nada, porque no hiciste nada incorrecto. Todo lo contrario, fuiste, eres y serás fuente de amor para los tuyos, ya que, lo quiera o no el tal Rafa, el enamorado eterno eres tú, y el padre de los gemelos seguirás siendo tu.

– Tu verdad es más fuerte y noble que la suya, la de Rafa, y también que la de Silvia.

Tras apurar los cafés, salimos del bar, caminamos largo rato, callejeando sin hablar, sin mirarnos. Sonó su móvil, habló, cuando colgó vi una sonrisa, quizá irónica, quizá traviesa.

– Eran los gemelos – me dijo -, quieren venir a cenar esta noche conmigo, dicen que quieren estar con su padre.

– Has comprobado que, aunque la vida aparente ser un error, las circunstancias y la buena voluntad la corrigen.

Regresamos al barrio, al despedirnos nos dimos un fuerte y largo abrazo. Un abrazo de los que unen más que el ser colegas del mundillo de la sopa de letras.


© Texto: Emilio Meseguer Enderiz
© Imagen: pexels

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies