Explorando los tesoros naturales de San Pedro de Atacama

San Pedro de Atacama es un pequeño poblado andino, ubicado en uno de los desiertos más grandes y el más árido del mundo. Hace pocos años tomé la decisión de viajar a ese lugar, sin muchas expectativas, más bien pensando en un merecido descanso. Solo programé los primeros días con los tours más comunes Geiseres del Tatio y Valle de la Luna.

Mi primera sorpresa la tuve cuando puse un pie en San Pedro. La pequeña ciudad, con sus calles polvorientas y sus edificios de adobe, irradiaba un encanto rústico que me hizo sentir como si hubiera retrocedido en el tiempo. En su calle principal, Caracoles, llamó mi atención la gran cantidad de locales comerciales: hostales, restaurantes, ferias artesanales, casas de cambio y el sinnúmero de actividades que se ofrecían; desde excursiones en bicicleta por el desierto hasta caminatas por salares y lagunas de aguas turquesa, había algo para todos los gustos y niveles de aventura. Tan hermoso lugar no pudo escapar de mi paleta y quedó plasmado en una obra que titulé simplemente: San Pedro.

Cecilia Byrne. San Pedro. Óleo sobre tela. 50 x 60, 2023
San Pedro. Óleo sobre tela. 50 x 60, 2023
Cecilia Byrne

Esa misma tarde visité los Valles de la Luna y de la Muerte. Era un atardecer muy diferente a los que estaba acostumbrada, mientras el sol se despedía en el horizonte me sentí explorando otro planeta con tonos dorados, anaranjados y rosados que lo inundaban todo, el suelo erosionado por el viento durante milenios le daban esa apariencia lunar tan característica: formaciones rocosas texturadas, caprichosas y surrealistas, rocas con crestas y puntas, hondonadas y montículos de matices ocres contrastaban con el cielo azul. Mis sentidos se estimulaban con colores, formas y texturas, aromas a tierra caliente y seca, susurros del viento entre las dunas y pisadas en la arena.   Mientras caminaba entre formaciones rocosas, por estrechos túneles y lúgubres cuevas, se desbordó mi imaginación y me pareció ver al famoso “E.T”. Me sentía trasportada a otro planeta, mis pies se hundían suavemente en la arena mientras movía mis brazos como ligeras alas, parecía flotar cuando de pronto rodé cuesta abajo ¡El bochorno me hizo volver a la realidad!

A LA mañana siguiente partimos a las 4:30 a los Geiseres del Tatio, a 4200 metros sobre el nivel del mar. Iba bien aperada de té de coca para evitar el mal de las alturas o “Puna”. El frío de la mañana calaba los huesos y me mantuvo despierta todo el trayecto. Al llegar al destino, mientras amanecía, caminamos lentamente observando esas enormes fumarolas de agua y vapor caliente que salían con fuerza del interior de la tierra alcanzando grandes alturas ¡Realmente valía la pena el sacrificio!  Un espectáculo inolvidable que duró un par de horas y que tuvo como broche de oro la visita al Geiser Blanco, donde nos pudimos bañar en sus cálidas aguas termales.

Al día siguiente partimos a primera hora en bus a Calama para conocer Chiu Chiu, destino sugerido por mi amiga Roser, “un oasis” en el desierto. Era un antiguo pueblo atacameño, de calles orilladas con pimientos, con una pequeña plaza rodeada por construcciones de adobe que se caracterizan por sus portales con arcos:  escuela, la posta rural y la Iglesia de San Francisco, la más antigua de Chile. Al visitarla pudimos admirar su sólida construcción de adobe y techo de madera de cáctus “con amarras de cuero en vez de clavos”. Continuamos el recorrido por el desierto hasta llegar a la laguna Inca Kola que no tiene fondo según pudo constatar Jacques Cousteau pero tiene varias leyendas sobre su origen:  producto del llanto por penas de amor de la princesa Inca Kola, afloró en el lugar donde se suicidó una princesa abandonada por el Inca Atahualpa Yupanqui, desechada por su embarazo se sumergió y ahogó a su retoño en ella, etc. Terminó el tour en el Pukará Valle de Lasana, la fortaleza atacameña precolombina mejor conservada de la zona, donde pudimos recorrer todas sus recintos y pasillos de piedra. Esa noche de vuelta en San Pedro sufrimos de cefaleas y sangramientos nasales producto de los cambios bruscos de altitud sufridos durante el día. ¡Había sido muy mala idea hacer ese tour!  Lo lógico es hacerlo al llegar a Calama previo a subir a San Pedro.

Al día siguiente arrendamos una camioneta 4 x 4 y salimos al Salar. La primera parada fue en la espectacular laguna Cejar que nos dejó anonadados con sus coloridos paisajes, los ojos del salar y finalmente la laguna Trebinquinche. Almorzamos nuestro picnic en pleno desierto para continuar nuestro recorrido hacia las lagunas escondidas de Baltinache que resultó ser más espectacular de lo que pude imaginar. Se trata de siete lagunas saladas, de color turquesa transparentes que contrastan con el blanco salar, ¡irlas descubriendo era lo más emocionante! Son de formas irregulares, algunas de mayor tamaño son aptas para el baño, lo cual constituye una experiencia especial pues las personas flotan debido a su alta salinidad. Optamos por no bañarnos porque somos de agua dulce, pero vimos a muchas personas flotando felices en esas lagunas.

Nuestro último día terminó con la visita al Valle del Arco Iris, un lugar mágico y fascinante que recibe su nombre por las impresionantes formaciones rocosas que se extienden a lo largo del paisaje, pintadas en una paleta de tonos rojos, verdes, amarillos y morados que se entrelazan de una manera asombrosa. El silencio invitaba a la contemplación y la reflexión, permitiéndonos sumergirnos completamente en la belleza del entorno. No esperábamos que nuestros guías compartieran con nosotros un opíparo desayuno en ese maravilloso lugar que recordaremos siempre. Después realizamos una caminata por los petroglifos de Yerbas Buenas, la colección más grande de Arte Rupestre en la zona de San Pedro de Atacama: apreciando las figuras talladas en piedra de pumas, un hombre arriendo llamas, tres flamencos, chamanes, camélidos, zorros, entre otros. Con pena nos despedimos del Cañón del Arcoíris para ir al aeropuerto a tomar el avión de vuelta.

Plasmé en un tríptico los lugares emblemáticos de estas vacaciones en San Pedro que recomiendo por su singularidad, ¡Una belleza natural que lo convierte en un destino que vale la pena explorar si se tiene la oportunidad!

Cecilia Byrne. Paisaje norteño, una creación divina,
 Tríptico en óleo sobre tela, 90 x 90. 2018
Cecilia Byrne. Paisaje norteño, una creación divina,
 Tríptico en óleo sobre tela, 90 x 90. 2018

© Texto e imágenes: Cecilia Byrne

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