Floretas
Era mi dulce favorito, esa flor frita o flor de sartén como la llamaban.
Un dulce con forma de flor. Mi abuela siempre nos regalaba ese postre cuando quería transformar los momentos en especiales.
Las floretas son una masa frita, crujiente, elaborada con harinas, huevos, leche y un toque de anís.
Es muy característico su forma estrellada o floral que se consigue sumergiendo un molde metálico, caliente, en su masa y friéndolo directamente en aceite hirviendo. Hay que soltar despacito la masa del molde para que no se rompa (casi puedo ver a mi abuela haciendo el gesto con cuidado y cariño) y ya al sacarlas a la bandeja se espolvorean con azúcar y canela.
Las floretas siempre se han considerado un postre típico de Madrid y alrededores. Se cocinan desde la Edad Media y dicen que su origen geográfico se sitúa en Castilla y León, ahí donde está el pueblo familiar.
El diseño del molde clásico se inspira directamente en una cruz de cuatro brazos. Cuentan que el molde “viejo y curado”, ese que ya había frito miles de flores, tenía alma propia y se encargaba de repartir buenas energías al cocinar el postre.
Estrenar un molde nuevo se consideraba que requería un ritual previo de “curado” con aceite hirviendo y sal para espantar la mala suerte, por eso lo mejor era que ese molde pasara de generación en generación y así se conservaba con el arraigo familiar de unión.
Habíamos llegado a la casa de siempre, en el pueblo de mis abuelos y la vecina de la esquina celebraba su 101 cumpleaños llenos de dulzura y cariño.
Pasé a saludar, siempre lo hacíamos mi hermana y yo. Era un poco el lazo que nos unía a todo lo realmente auténtico, lo ancestral, lo de siempre. Visitarla era emoción, lleno de bonitos recuerdos y ella siempre nos transmitía con su dulce y tranquila voz los cariños que siempre tuvo a mi abuela, a mi padre y a mi madre a la que ella incluso enseñó catequesis para su comunión.
Ahora la pesaban las piernas y por eso permanecía sentada en una bonita y decorada silla de ruedas, que con tanta dedicación sujetaban sus hijos.
Al entrar por la puerta principal ya pude sentir el olor a dulce anís y, allí, en la mesa camilla, donde ella apoyaba la mano con la palma abierta para devolver toda la gratitud de tu visita, reposaba una gran fuente llenita de floretas.
Ella, ahora no cocinaba pero había encargado a su hija pequeña la realización de todas esas pequeñas formas de gratitud para que las repartiera entre aquellos que celebramos su cumpleaños. “101 años no se cumplen todos los días”.
Era una forma de más de repartir bondad y buena suerte, si no podías ir a su casa, ella se encargaría de llevarte a tu casa la flor envuelta con una servilleta de colores.
Repartiendo amor, evitando tensiones, siempre como símbolo de paz y tolerancia. Con ese molde, heredado de sus abuelas intentando mantener vivas las costumbres y la amistad nos alimentamos ese día con el postre característico del amor fraternal, esperando con ilusión ese nuevo 102 y su nueva forma de continuar sin perder nunca la identidad cultural.
Una forma muy sutil de utilizar el molde para curar.
© Texto: Antonia Magdalena Jiménez
© Imágenes: Encima de la Niebla

