Frente al espejo

Hace media hora que sostengo una vela encendida frente al espejo del baño. En aquella vieja revista de misterio leí que, si uno se concentra lo suficiente, puede ver a personas fallecidas. Ya se ha consumido la mitad de la vela y la cera se ha endurecido en mis dedos. Debo concentrarme más. Dirijo la mirada al centro de la llama, allí donde el color es un azul intenso. De pronto, la llama se queda inmóvil. Siento cómo los vellos de la nuca se me van erizando. Hay alguien detrás de mí. Sé que no debo voltearme, que la imagen solo puede manifestarse dentro del espejo. Se acerca. Sus facciones se van definiendo. No puedo evitar que las lágrimas caigan. Papá está diferente: ya no se ve desprolijo ni tiene esa mezcla de tristeza y desconcierto en la mirada. Lleva el pelo engominado y parece recién afeitado. Entrecierro los ojos para ver mejor: ¡hasta lleva un traje nuevo! No puedo creerlo, jamás vi a mi viejo tan bien vestido. No sé qué decirle. Yo me imaginaba a un espectro lloroso y derrotado, pero me encuentro con un fantasma que es la pura imagen del éxito. Todavía puedo escuchar los insultos de mamá. Yo me escondía detrás de un sillón. Papá se quedaba callado y bajaba la cabeza. Era un experto en perder empleos, pero nunca perdía los estribos. Cuando mamá se cansaba de gritarle, se sentaba a ver un poco de televisión. Luego, cuando mamá se había ido a dormir, buscaba algunas sobras en la cocina. La vida era difícil para él, para mamá, para todos. Mamá se arrepentía a cada momento de haberlo escogido como esposo. A mí nadie me preguntó si quería que él fuera mi padre. Fueron años de miserias y privaciones, durante los cuales me iba a la cama con la esperanza de despertar en otro lugar, junto a otra familia. El tiempo ha pasado y sigo en la misma casa. El sueldo que gano en el restaurante de comidas rápidas se diluye en los medicamentos de mamá. El único lujo que puedo permitirme es un paquete de cervezas los domingos por la tarde. Quise ver a papá para buscar un poco de consuelo. Él era el prototipo del perdedor; pero ahora lo encuentro con la pinta de un capo de la mafia. Papá sonríe y coloca los pulgares bajo las solapas de su traje. No puedo soportarlo más. Le lanzo una mirada llena de rencor y apago la vela. Salgo del baño hecho una furia y corro a la habitación de mamá. Ella es la única que puede borrar esa sonrisa de estúpida suficiencia del rostro de papá. Ella sabe cómo ponerlo en su lugar. Ya verá papá lo que es bueno. Encuentro a mamá dormida. Voy a despachármela rápido, con un solo golpe. Tampoco es cosa de que sufra.


© Texto: Kalton Bruhl
Imagen de Ron Lach en Pexels

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