¡Ha llegado Santa Claus!

Los niños escucharon, sobresaliendo entre el gélido aullido del viento, el repiqueteo cada vez más cercano de unas campanillas. Permanecieron en silencio, agazapados entre las sombras del salón, donde esa tarde habían colgado sus medias. Apenas lograban contener la emoción que se les agolpaba en la garganta y les hacía brillar las miradas: Santa Claus estaba a punto de llegar. Minutos después se escucharon ruidos en la chimenea. Allí estaba, colocando el costal en el suelo antes de sacudirse el hollín del traje. Cuando se inclinó para levantarlo de nuevo, los niños más grandes se abalanzaron hacia él, haciéndolo perder el equilibrio. En ese instante, los demás salieron de sus escondites, blandiendo afiladas estacas de madera. Lo habían planeado todo desde la Navidad anterior, cuando dos niños del orfanato murieron, de acuerdo con los adultos, por afecciones respiratorias. Ellos sabían la verdad. Lo habían visto acercarse a sus camas y aspirarles el aliento hasta que quedaron inmóviles y con un desagradable tono azul en la piel. Era de esperarse, de alguna forma debía adquirir la fuerza para vivir durante siglos. Alrededor del cuerpo destrozado repasaron los planes para dentro de doce días. No podían darse el lujo de cometer errores, esa noche serían tres los rivales a vencer. De lo que estaban seguros era de que, con todo el carbón que encontrarían en sus zapatos, nunca más volverían a pasar frío.


© Texto: Kalton Bruhl
Imagen en Pixabay

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies