Hogar, dulce hogar

Llegar a casa le resultaba un auténtico suplicio. Atrás había quedado la primera etapa del matrimonio, cuando su esposa lo recibía con entusiasmo y se esmeraba en atenderlo, cuando las veladas eran amenas y la comida estaba bien sazonada, cuando cualquier desacuerdo se solucionaba con un beso.

Ahora, él tenía que velar por sus necesidades: los alimentos, el aseo de su ropa e incluso el sexo corrían por su propia cuenta. Su opinión ya no contaba y una simple conversación se convertía en una secuencia de reproches, quejas, críticas y discusiones.

Y, pese a todo, no podía dejarla.

Ya lo había intentado una vez, cuando una situación se había salido de control. Él amenazó con abandonarla y ella lo retó a hacerlo. Tomó sus maletas y rentó un pequeño apartamento. Los primeros días experimentó de nuevo lo grato de la vida. Se acostaba a la hora que quería, comía lo que se le antojaba y podía ver sus programas favoritos en la televisión. Pero, poco a poco, empezó a pensar en ella. A cada momento era consciente de su ausencia. Algo en su interior lo incitaba a mantener el orden y la limpieza, a cuidar de su peso y a restringir los gastos. Incluso, la única vez que intentó serle infiel, ahí estaba ella en su mente recriminándole por su pobre desempeño en la cama.

De modo que no tuvo más remedio que regresar. Ella lo recibió con aire triunfal y le dio una lista con las nuevas reglas que debía acatar a partir de ese momento. Él aceptó los términos con amarga resignación, porque podía soportarlo todo, excepto recordarla.


© Kalton Bruhl
Imagen de Peter H en Pixabay