Hogar

Nunca habíamos tenido una discusión como esa. Esa fue diferente. Quizás porque decidí que saliera todo lo que llevaba dentro. Cuando alguien eleva el tono de su voz, yo me limito a bajar la mirada y a asentir con la cabeza. Siempre termino aceptando la culpa. Hoy no fue así. Me planté frente a ella y agité el índice a unos centímetros de su cara. Le reproché por la cena desabrida y el café poco cargado. Le recriminé por su desaliño. Debía esmerarse y arreglarse un poco antes de recibirme. Yo venía de cruzarme con docenas de mujeres elegantemente vestidas por el camino y la encontraba a ella con el camisón que seguramente llevaba desde la mañana. Señalé las telarañas en las esquinas. La casa de mi madre jamás lució tan descuidada como esta, le dije con un gesto de desaprobación. Me arrepentí de inmediato por aquellas palabras. Fue un golpe bajo. Las comparaciones con las suegras son siempre el último recurso. Estaba a punto de disculparme cuando ella se rio con desprecio. Tu madre es una cerda, me gritó. Las piernas me flaquearon y tuve que asirme del respaldar de una silla. Debía recomponerme de inmediato o ella ganaría la partida. Tú no eres nadie para decirme lo que debo hacer, me espetó. Los ojos se me llenaron de lágrimas. Ella me lanzó una mirada de triunfo. Ahora me esfuerzo en recordar, pero no logro ubicar en mi memoria el momento exacto en que tomé el cuchillo. Solo recuerdo su cuerpo desplomado sobre la silla y mis manos cubiertas de sangre. Es una suerte que la casa tenga un patio amplio y la cerca sea bastante alta. Termino de cavar y lanzo el cuerpo de mi esposa al agujero. Me pasaré toda la noche limpiando la sala. Mañana las cosas serán mejores, me prometo. Además, nadie podría culparme por haber reaccionado como lo hice. Hasta hace unas horas no tenía esposa. Mucho menos casa.

© Kalton Bruhl
Fotografía: Encima de la niebla