Hoy es siempre todavía
Todas las tardes tengo una cita. Nos encontramos por la música. Su edad es variable: cuando toco para ella, en el piano, a Mendelssohn, tiene 19. Pero también toco Scarlatti, una sonatina muy fácil que la evoca en su primera infancia. Al inicio de cada partitura está su nombre, escrito por ella, y la letra fue cambiando con los años. En resumidas cuentas, toco para Lucía, la niña y la joven que fui tocando en ese piano, o ellas tocan para mí, no lo sé exactamente, sé que nos encontramos como si el tiempo – ese farsante- nos diera el permiso.
En la casa de mi abuelo había un piano y a pesar de la pésima propaganda que le hacían mis tías, yo quise aprender y quise ser concertista. Una monja del colegio aconsejó esperar “hasta que la niña aprenda a escribir”. Evidentemente, la hermana tocaba de oído con el tema de la enseñanza musical. Y mi madre no tenía idea a quien preguntarle ¡claro! Lo cierto es que a los seis ya no quedó excusa para comenzar. Un día mi abuelo me anunció que el piano era mío y llegó a mi casa para quedarse, con sus candelabros intactos. Después del profesorado vino el conservatorio universitario en Montevideo, la única mujer de una generación de cinco estudiantes, todos mucho más avezados que yo, aunque quizá sin tanta pasión o garra, como decimos en Uruguay. El primer año lejos de la familia, alquilando en un colegio para estudiar horas y horas, encerrada en una cabina. Aprendiendo en forma ¡logarítmica! Feliz.
De la mano de mi nueva profesora, la pianista Fanny Ingold, hacia fin de año ya tenía pronto el concierto en Sol menor de Mendelssohn, para piano y orquesta, memorizado, para tocar a dos pianos ¡Y nada menos que con ella! Sueño cumplido. Fanny había sido quien me había tomado examen durante diez años, pero ahora ya nos entendíamos y apreciábamos de otra manera.
Quisimos tocarlo en mi ciudad, Paysandú, al público de las audiciones que año a año me había escuchado tantas veces. Me habían visto crecer en tamaño y en la música. Pero la respuesta fue un “no”, “no conseguimos reunir dos pianos de cola en un mismo escenario”.
Al año siguiente anuncié a mi familia que dejaba la música para estudiar otra carrera, de la que llevo hoy 28 años ejerciendo con cariño, pero sin vocación. Pero algo maravilloso ocurrió también: di a luz a mi yo poeta, la poesía fue salvavidas y maná del cielo, porque no se puede vivir sin escuchar al corazón.
Y con una pausa de 34 años en la que nadie me escuchó tocar, ni siquiera las paredes de la casa, pues quiero decir que desde hace un año he salido de nuevo al teclado. Y no he encontrado telarañas en mis memorias, ni pereza en los dedos.
Puede que la poeta que vive en mí se regodee todas las tardes asistiendo a este encuentro íntimo, sensible y reconfortante que es para mí estudiar piano, sin pensar en escenarios, solo por encontrar
mi esencia intacta, como los candelabros de mi piano. Puede que suenen versos también, especialmente cuando tocamos a Debussy y la prosa poética de su “Reverie”. Hoy he necesitado que esta historia traspase el océano y llegue a la tierra de mi abuelo, España, porque mi sangre vino en barco y puede que la música también. Quiero que esta historia evoque alguna parecida en quien llegue a leerla. ¿Por qué? No sé. Pero quiero terminar con un verso de Machado “Hoy es siempre todavía, toda la vida es ahora”.
©Texto: Lucía Borsani
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