Huellas de Vicente Blasco Ibáñez

La catedral

Para ellos no había otra verdad qué la palabra de Gabriel. El campanero, más rudo y silencioso que los otros, era, sin embargo, el más audaz en la conversación. Su entusiasmo por Gabriel, que databa de la niñez, su fidelidad de perro acompañante, le hacían caminar a saltos, aceptando de un golpe los ideales más lejanos.

—Yo soy lo que tú seas, Gabriel—decía con firmeza—. ¿No eres anarquista? Pues también seré yo eso…. Al fin, creo que siempre lo he sido. ¿No quieres que viva el pobre, que el rico trabaje, que cada uno posea lo que gane y que todos nos ayudemos? Pues eso es lo que yo pensaba, a mi modo, cuando íbamos por el mundo con el fusil y la boina… En cuanto a la religión, que antes nos volvía locos, ahora me tiene sin cuidado. Me convenzo, oyéndote, de que es algo así como una pamplina inventada por los listos para que los infelices nos conformemos con las miserias de la tierra esperando el cielo. No está mal discurrido. Al fin, los que mueren y no encuentran el cielo no vendrán a quejarse.

Blasco Ibáñez publica La Catedral en 1903. Una época, como es sabido, de gran riqueza literaria. La Catedral constituye la segunda obra de las que él mismo denominó novelas sociales o de rebeldía. En ella desarrolla un amplio abanico literario en el que aborda, también, la manifestación de su ideario político y social basada en el anticlericalismo y el republicanismo.  Bajo esta perspectiva, no es de extrañar que el franquismo tuviera a esta obra en el “Índice de Libros Prohibidos”

 Encima de la niebla
Imagen de la caricatura de Blasco Ibáñez aparecida en la revista Don Quijote, 1902

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