Huyendo

Se despertó en  medio del aguacero de las cuatro de la mañana. Unos gritos a la distancia lo atormentaban, pero sabía que la policía aprovechaba esos momentos de ruido ensordecedor y de calles totalmente vacías para entrar en acción. Sin encender la luz del cuarto se dirigió hacia la ventana. Corrió la cortina levemente y con cautela trató de distinguir los bultos que se agitaban contra las puertas de dos de las casas de enfrente. No estaba alterado, ni mucho menos asustado. Sabía que no vendrían por él. A pesar de que los ruidos no lo dejaban dormir en paz, Pavel estaba en pie por algo más. Pero eso él mismo no lo sabía. Giró su cabeza esquivando por un momento la acción, miró todo lo que tenía en su pequeño apartamento. Todo se lo había procurado gracias al hecho de no haberse cuestionado cuando se tenía que haber detenido en sus pensamientos. Pero otra ola de gritos que volvía lo hicieron retomar la imagen a través de la ventana. Tres personas yacían en la calle, tendidas con la boca contra el pavimento y sus manos en la parte posterior de la cabeza. Dos policías se acercaron a ellos y los empezaron a patear. Los cuerpos privados entonces adoptaban una posición fetal que irónicamente contrastaba su símbolo de nacimiento con este momento cercano a la muerte. Pero Pavel no debía pensarlo. Muchas veces se lo repetía a sí mismo. Así se lo habían enseñado.

Otros policías entraron en la acción, poniendo a las personas en pie y llevándolas a la furgoneta parqueada justo adelante. Se escucharon algunos gritos que se enfrentaban con la lluvia para hacerse notar, rogando a los agentes no llevárselos. Pero todo fue muy rápido y solamente el estruendo de la lluvia se escuchaba abatiendo el tejado y la calle. Justo entonces el aguacero se desató con más violencia en la fría Volgrogrado.

A la mañana siguiente, Pavel tomó sus herramientas de trabajo y bajó las escaleras del edificio de apartamentos. A pesar del frío que invadía la mañana, la ciudad empezaba a despertar de a poco. Las personas que pasaban por la pequeña plaza y por los andenes resultaban ser un elemento que no le permitía masticar la realidad. Ya no sabía si lo que había ocurrido a la madrugada había sido un sueño o si evidentemente había tomado lugar como sus ojos lo vieron. Abrió la puerta del vehículo, pero vaciló al montarse. Dejó la puerta abierta y concentró su mirada en la calle donde había visto las personas ser pateadas por los agentes. Trató de buscar un indicio, pertenencias, marcas en el asfalto, pero tal vez se estaba inquietando demasiado. Pensar en ello lo llenó de vergüenza. No se atrevió a divisar las casas, las ventanas. ¿Habría alguna persona viendo a través de ellas? ¿habría alguien sufriendo?

Se montó al vehículo y se dirigió hacia el cuartel. En la puerta, el guardia de turno le registró el tiempo de llegada, auscultó su bolso, los bolsillos de su pantalón y su camisa y después de convencerse que todo estaba bajo control, lo dejó pasar. Subió hasta el sexto piso donde debía recibir órdenes. Se acercó a una ventanilla y espero que alguien con su mano le pasará el trozo de papel que contenía el lugar y la tarea. Hace algunos días se había empezado a preguntar sobre las personas que estaban detrás de esos cristales oscuros, ya que de ellas solo conocía la muñeca de las manos, y algunas veces, la voz de las mismas en lacónicas palabras o frases. Recordó en ese momento que le era posible discernir dos o tres personas que cambiaban de turnos, todo por el color de su piel. También recordó haber escuchado dos voces distintas de mujeres y solo una de un hombre. La de este último era una voz gruesa y su hablar era bien articulado. La mano pálida y los dedos delgados se deslizaron por entre el estrecho canal del cristal. Tantas veces le había pasado, se había vuelto esto algo tan cotidiano y solo hasta ahora le generaba alguna inquietud. ¿Sabrían aquellos funcionarios la vida de quiénes cambiaría con esas órdenes impresas en esos papelillos?

Puertas

Encendió el Volga y se dirigió por el Prekrastnyi Prospekt. La nieve ya lo cubría todo. Atrás habían quedado los días soleados. Los parques yacían cubiertos por una densa capa blanca. Le pareció que ese color simbolizaba la no existencia, tal vez no tanto la muerte, pero la no existencia. Con ese color parco y vacío llegaba la soledad a esos parques. Pero prefirió no seguir pensando. Pensar era prohibido, era doloroso. Quería evitarlo pero llegaba a él, llegaba por momentos. Y no había identificado los momentos porque no había logrado esquivar esas ideas que persistían como la gota que carcome. Llegó al Café Pushkin y pidió un trago de vodka. Solía hacerlo antes de leer la nota. Aunque no lo hacía cualquier día; lo hacía cuando presentía que el trabajo no iba a ser agradable.

No podía hacer nada. El vodka por el contrario le facilitaba las cosas. Le pagaba el estado por su trabajo, era talentoso. Tenía que procurarse la comida y no había nada de malo en beber algo de vodka para poder entender un poco las contradicciones que su empleo le planteaba. Puso el maletín largo sobre el piso. Hizo lo mismo con su agenda, esta vez sobre la mesa. La abrió y se sintió tentado a tomar notas. No podía. Era política. No podía tomar notas sobre el caso que le asignaran.   Sin embargo, sintió un poco de libertad al recordar que nadie le prohibía escribir lo que pensaba. Era la única manera. A nadie le podía contar. Las paredes escuchaban. Tomó el bolígrafo al tiempo que el mesero se acercó con una pequeña copa y la llenó con vodka. Debía beberse por lo menos dos sorbos antes de desdoblar la nota que llevaba en el bolsillo.

Tomó la copa y se la llevó a la boca. Cuando sus bordes hicieron contacto con sus labios secos por el frío, su mirada se cruzó con la de un hombre que leía el periódico al otro lado del Café y que justo lo miraba a él por entre las hojas de papel. Entonces fue solo cuestión de minutos para que esa intersección de miradas se rompiera. Nunca lo había pensado. Siempre había sido leal. Nunca había dejado nada que lo pusiera en evidencia. ¿Quién podría leer sus pensamientos? ¿Quién podría leer sus notas? En ese momento se dio cuenta que la memoria escrita era la más peligrosa y entonces se sintió vulnerable.

El licor le calentó el cuerpo ligeramente. Estaba preparado para abrir la hoja que le habían pasado las manos de muñecas pálidas y dedos delgados. Tomó el trozo de papel, y asegurándose que no hubiese nadie alrededor cercano a él, lo puso sobre la mesa. Totalmente abierto, el papel de color crema le resultaba algo esquivo. Memorizó la dirección y la foto de la persona. Las reglas le decían que debía deshacerse del papel una vez aprehendiera los datos. Tomó otro poco de vodka y se repitió para sí la información.

Salió en el auto deprisa. Se concentró en el camino blanco. Pensó en el color y en la nulidad que le resultaba para los pensamientos. No escribiría más, no pensaría más, solo miraría adelante el camino. Cuando llegó a la calle aledaña a la Universidad Estatal, se detuvo y se concentró  en el recuerdo de la imagen del hombre. Tomó los binoculares y enfocó la salida de la universidad. La mayoría de personas eran estudiantes jóvenes que apenas ingresaban al claustro para empezar la jornada. La nieve caía tímidamente y al tiempo que iba reconstruyendo los rasgos, seguía paulatinamente el ritmo de Lonely Chime, de Iván Rebroff. Abrió la caja larga de color oscuro, ese color que hacía la diferencia con el blanco monótono. El timbre de Rebroff le marcaba el compás con el que hacía sus movimientos. Armaba poco a poco ese elemento que permanecía como dormido entre el estuche. La prolongación de su voz era la prolongación con la que se tomaba el tiempo para darle vuelta al silenciador. Tenía un orden para hacerlo y cuando se confundía tomaba un pañuelo que tenía debajo del radio del auto y con él brillaba el arma.

Cuando lo tuvo listo, abrió la ventana del Volga muy levemente. Tanteó la dirección del viento y pensó que no podía ser mejor para su trabajo esa mañana. En ese momento, el motor de un auto toció fuertemente al aparecer por la esquina. Sin duda era él. Tomó el rifle, se movió hacia la mitad del auto para no sacar el arma por la ventana. Enfocó con la mira al viejo de sombrero y de maletín marrón que acababa de bajar del auto. Vio cuando hizo una mueca de despedida a los ocupantes del auto al tiempo que el dedo acariciaba el gatillo para entrar en contacto. Cuando el hombre se acercó a la entrada y justo antes de perderse por la primera esquina del corredor, Pavel descargó en dos oportunidades su rifle, dejándole aturdido, como el vodka, con una estela de rojo aumentado exageradamente por el visor del arma.

Se pasó de nuevo al asiento del conductor y encendió un cigarrillo. La gente reventó de todas partes hacia el cuerpo que yací sobre la entrada de la universidad. Los gritos de algunas jóvenes lo hicieron sobrecoger por lo que aumentó el volumen de la música. De repente, con ella, las imágenes de la madrugada inundaron su pensamiento. Los gritos de las mujeres invisibles, los cuerpos siendo golpeados en medio de la lluvia. La mente. No podía controlarla. La música le depositaba todo mientras la calle se llenaba más de gente y las sirenas de una ambulancia o de la policía aproximándose inundaban el espectro sonoro de la plaza.  

El cigarro amargo, el humo inundando el auto. El dinero a veces le resultaba miserable. Encendió el vehículo y en medio del frenesí desapareció con dirección hacia el cuartel. Mientras conducía de vuelta no podía evitar esos pensamientos que lo precipitaban sobre sus manos. Esas mismas manos con las que conducía le servían para trabajar. Por ellas el estado le pagaba y ya estaba listo. Podía seguir comiendo, consumiendo lo que quisiera. Podía comparar la ropa que ahora tenía puesta y acumular elementos en su pequeño apartamento. Y así hacían también sus compañeros. Aquellos que  trabajaban en las noches y en las madrugadas.

Interrogante

Regresó al cuartel pues sabía que le estaba esperando una nueva orden. Esperó su turno y otra vez la persona de la mano delgada y pálida le pasó un nuevo trozo de papel. Pavel esta vez iría a su casa a descansar. Se sentía algo agotado. Depositó la orden en el bolsillo de su camisa y bajó al parqueadero. Tomó el auto y manejó a su casa. Sacó la maleta y subió hasta su apartamento. Desde allí caviló un poco sobre lo sucedido. Las imágenes le resultaban difusas y ya estaba habituado a no dejarse conmover por esas cosas.

Decidido a descansar un rato, tomó una siesta que se prolongó hasta la noche. Cuando despertó, un golpe de melancolía inesperada lo había golpeado. Se asomó por la ventana y en la noche callada observó un par de velones encendidos en las ventanas de las casas de enfrente. Recordó cómo, días antes, los hombres que se habían llevado los agentes se habían procurado algo de pan, lo único que se lograba conseguir en ese momento. No  había querido verlo antes y se había dado cuenta cómo se enceguecía frente a lo que pasaba.

Trató de negarse a pensar, entonces decidió revisar la orden. Junto a la ventana dispuso una pequeña lamparilla, de modo que no perdiera de vista lo que pasaba afuera. Al abrir la nota no tuvo tiempo de prevenirse ante lo que allí se ordenaba. Hubiera podido haberlo considerado como un error, pero había decidido tomarlo por orden legítima.

No había mucho que perder. Tal vez el resto de su familia estaría en Siberia, en el blanco de la no existencia o padeciendo en los campos de labores forzosas. Esperó a sus compañeros de la noche. Esperó a que vinieran a saquear las otras casas y a intimidar. Con la luz apagada, hacia las dos de la mañana, y ante un rechinar de neumáticos, se precipitó sobre la ventana. Tomó su maleta y como pudo armó su rifle. La furgoneta hizo una parada justo debajo de su piso. Escuchó cómo golpeaban los cristales y gritaban insultos contra sus moradores. Su desespero hizo temblar las manos, se irían. Habían sacado a dos y los estaban pateando, recostados contra la camioneta, sin piedad. En ese frenesí de ensamblar el rifle, se le había caído el visor y el silenciador. Pero no estaba dispuesto a dejarlos ir. No podía perder esta oportunidad así fuera la primera y última vez que lo hiciera. Sacó el rifle por la ventana y sin temor de ser descubierto descargó en cuanta ocasión pudo el arma contra los agentes. Pavel no contó sin embargo, con que el arma no estuviera suficientemente cargada. Dos de los agentes yacían sobre la nieve mientras que dos que estaban en la furgoneta salieron. Pavel había quedado suspendido con su rifle, sobre la ventana del apartamento, presto a recibir los ocho disparos que hicieron los hombres mientras salían despavoridos de la camioneta oficial. Sabía que, a menos de que se arriesgara, sería el próximo cuyo destino sería notificado por los de la ventanilla.

Texto © Cruz Medina
Fotografía ©