Ícaro

¡No a la GUERRA!
¡PALESTINA para los PALESTINOS!


Daría la nota ese 12 de agosto.

Estaba harto de seguir promoviendo manifestaciones a las que cada vez acudía menos gente; la mayoría ya están anestesiados a la destrucción masiva que a diario ofrecen las pantallas y atronados por los mensajes apocalípticos de los déspotas de corbata y maquillaje, dioses, dueños del Planeta dispuestos a hacernos saltar a todos por los aires y poner END a la Humanidad. Estaba harto, muy harto de que sus palabras se las llevara el poniente o el levante, pasaran por encima de las conciencias de los amigos y desaparecieran con las mareas. Harto también de oír hablar del eclipse del siglo que por un día hasta podría llenar esa franja de la España despoblada y luego… Luego olvido y abandono del campo a la espera de un incendio de sexta generación que haga tabla rasa de la Vida.

niño con armas en la luna

Amaneció despejado, aunque eso no quería decir nada. En el Estrecho el tiempo siempre es cambiante por mucho que los gurús acoten las predicciones para aviso de navegantes. Antes, se aseguró de que la pintura estuviera bien seca sobre el material de la cometa de doce metros, la más apropiada, aunque… daba igual que el viento subiera y él volara alejándose de la orilla a la vista de todo el mundo, en ese caso alguien avisaría a los buitres de pago para que fueran a su rescate. Si esto sucedía podría llegar a más gente su mensaje de letras rojas y brillantes, y tal vez, entonces… por un momento consiguiera concienciar a esos  energúmenos conmovidos y emocionados con sus gafas de papel dispuestos a ver el gran acontecimiento de la Luna haciendo sombra al magnánimo Sol, pero en apariencia ajenos a la miseria destructiva del Minotauro que se escapó del laberinto y asola, con la connivencia de Minos y Pasifae, a los parias de la tierra porque molestan a Poseidón, aunque ni les dejen acercarse a su orilla y mueran de sed de mar, aterrados y a punto de ser blanco de un nuevo ataque de histeria destructiva, de esos propietarios de Gea, sobre los menesterosos que osen adentrarse en su densa e inquieta alma.

El fuerte viento de levante bajó de intensidad, la justa para que la cometa elegida fuera la apropiada para navegar en esas condiciones y elevarse sin riesgo de volar más allá de los confines del despótico reinode la otra orilla. Antes de que dieran las ocho de la tarde estaba preparado. Se puso el arnés y tensó las cuerdas de su mariposa turquesa dispuesto a iniciar el vuelo y esperar, a base de saltos desde el mar al cielo, el tiempo de cronos del eclipse en el que todos verían su mensaje en rojo, rojo como la sangre de los inocentes que le amargaba la existencia ante la impotencia de no poder hacer nada para impedirlo.

La tabla se adhirió a sus pies comenzando el baile de deslizamiento sobre el agua. Le sorprendió una intensa ola de bienvenida. Por un momento cerró los ojos y abrió la boca, y bebió la bendición de la sal adentrándose en su cuerpo. Bajo sus pies sentía el acoplamiento de la tabla a la fuerza del viento, y al mar ayudándole en su cometido. Cuando alcanzó la velocidad suficiente para sentir la intensidad de Eolo en la cometa tensada, giró y enfiló a Helios que lanzaba una tormenta de radiación peligrosa que evitó mirar, y a la que regaló ese primer salto que fue visible desde miles de ojos protegidos con gafas desde la playa. Bajó y volvió a adentrarse entre las olas y a navegar veloz hacia el horizonte y luego volver y seguir haciendo cabriolas de entrenamiento de espaldas a la intensa luz solar distrayendo a los observadores del eclipse con sus dotes de experto kytesurfero hasta que… Selene comenzó su cortejo para eclipsar al Astro rey y la luz de la tarde se matizó de sombras misteriosas llamando a la noche, y el viento se tornó más suave a la vez que se iniciaba el esperado encuentro. Por un momento temió lo peor: quedarse sin la fuerza suficiente como para ascender alto, muy alto. Y tener que enterrar en la arena otra batalla perdida. No estaba dispuesto y, retó al levante con destreza y se adentró hacía el Estrecho de ceñida, alcanzando la velocidad perfecta tras la virada. Las olas seguían siendo sus aliadas, al punto de que oyó un coro intenso coreando su ¡No a la guerra! ¡Palestina para los palestinos! Era el momento de izarse por los aires en un salto mortal que sólo él podía controlar. Aspiró una fuerte bocanada de aire marino, aprisionó la barra con toda la fuerza de sus manos, tensó la lona con las cuerdas e inició el ascenso. Y sucedió, sintiendo un impulso interior que provenía de la fuerza del viento sobre sus alas, que no eran de plumas de pájaro ni estaban pegadas con miel; la tecnología del cuerpo de su mariposa turquesa podía aguantar esos cincuenta metros en los que estaba su récord y… Lo hizo. ¡Lo hizo! Y voló elevándose sobre el eclipse al que quería eclipsar, y…

Todo el mundo contenía la respiración viendo a través de sus gafas a ese loco, que una y otra vez, subía por los aires y bajaba al mar compitiendo por ser el protagonista de semejante acontecimiento que ninguno volvería a ver. Qué se creería. Él, ajeno al mundo, siguió con sus saltos sobre la representación de Urano, convencido de que, al acabar ese coito, él volvería a la playa y todos leerían su pancarta, su escrito pintado con brillantes letras rojas sobre el turquesa. Siguió y siguió saltando feliz y ajeno a que la pintura, quizá por la excepcional intensidad de los rayos solares, se derretía con cada salto y terminó por desteñir la cometa con un cauce de lagrimones de sangre.

Cegados por la visión de la luz y la concentración en el espectáculo, nadie reparó en la proclama ni en el llanto de la mariposa turquesa.   

Tras el último salto aterrizó en el agua y condujo con destreza la tabla hacia la playa. La decepción le esperaba en la orilla al ver tiznado su deslucido mensaje.

 Lloró al verlo. Al menos lo había intentado.

Entonces, sólo entonces fue consciente de lo mucho que arriesgó y, de que tuvo mucha suerte de que sólo se difuminasen las letras. Mucha suerte de no acabar como Ícaro.  


© Texto y foto María Cruz Vilar   
© Ilustración cabecera: Encima de la niebla