Jubilación

Perdí el ojo izquierdo un 14 de abril, justo el día después en que cumplí siete años. Celebramos el cumpleaños en el campo. Mamá horneó un enorme pastel. Papá le dijo que exageraba. Ya me han confirmado que llegarán, le dijo mamá, seguro que ni siquiera ajusta para todos. Papá se encogió de hombros y torció los labios con escepticismo. Cuando llegamos el lugar estaba repleto. Te lo dije, sonrió mamá, hasta ha venido tu tío Arturo. Papá también sonrió. No me lo esperaba, dijo antes de bajar del auto. Todos reían y se abrazaban. Los hombres comparaban sus barrigas e inclinaban las cabezas para determinar quién había perdido más cabello. Luego se mostraban entre ellos a sus hijos y discutían si se parecían a ellos mismos o a sus madres. Los abuelos, sentados en unas sillas plegables, lo miraban todo con una mezcla de nostalgia y alegría. Yo estaba atento a la mesa sobre la cual iban colocando mis regalos. Estaba repleta de cajas de todos los tamaños y colores. Nos quedamos allí hasta el atardecer. Nadie quería marcharse. Ahora que lo pienso, esa fue la última vez que toda la familia estuvo junta. Los abuelos murieron unos años después. Papá también nos dejó en la época en que yo terminaba la escuela. Pero en ese momento no faltaba nadie. No había necesidad de recordar a nadie, de extrañar a nadie. Antes de irnos yo me alejé un poco y me acosté sobre la hierba. El sol se estaba ocultando y el cielo parecía una acuarela pintada por un niño con un gusto excesivo por el rojo y el naranja. Cerré los ojos pensando en que era feliz y que lo mejor sería que ese día jamás terminara. A la mañana siguiente descubrí que había perdido el ojo izquierdo. No. No había amanecido con la pupila blanquecina ni mucho menos con la cuenca del ojo vaciada. El ojo seguía siendo normal en apariencia. Quizás lo correcto sea aclarar que no perdí el ojo un 14 de abril, sino que este se quedó varado en el día anterior. Con el ojo derecho veía lo que estaba sucediendo en ese instante, pero si me lo cubría, el ojo izquierdo seguía registrando lo que había pasado durante mi cumpleaños. Si usaba solo el ojo derecho veía mi habitación. Si usaba el izquierdo veía a mamá decorando el pastel. Era para volverse loco. Al principio no lo comenté con nadie, sin embargo, mis padres empezaron a notar que siempre mantenía cerrado el ojo izquierdo. No podía decirles la verdad, así que inventé la historia de que no soportaba la luz. Me llevaron a varios médicos sin que pudieran encontrar algo raro en mi ojo. Todo está bien, concluían siempre, no hay daño en la retina ni en la mácula. ¿Ha sufrido algún golpe en la cabeza?, preguntaban. Yo lo negaba. Los médicos volvían a hacer anotaciones y recetaban nuevos exámenes. Con el tiempo mis padres terminaron por resignarse y empecé a usar un parche. Entonces fingía que era un pirata y convertía mi cama en un velero. Incluso llegué a pedirle a mi madre que me comprara un loro. Cuando faltaron mis abuelos y, sobre todo, cuando faltó mi padre, me encerraba en mi habitación y cambiaba la posición del parche. Esperaba el momento en que volverían a estar frente a mí. No podían escucharme. Tampoco yo podía hacerlo. Solo miraba el movimiento de sus labios. Cuando estaba triste colocaba otras palabras en sus labios. Inventaba que decían que todo saldría bien, que no debía preocuparme. Me esforzaba por convencerme a mí mismo que eso era lo que decían, aunque quizás en ese instante solo habían pedido otro pedazo de pastel o un vaso de refresco. Ahora que han pasado los años, mi ojo derecho solo me sirve para percibir ausencias. Estoy cada vez más viejo y cada vez más solo. En la oficina, los compañeros de mi edad hablan de los lugares que visitarán cuando se jubilen. ¿Y tú, me preguntan, a dónde irás cuando te retires? Yo lo he decidido desde hace mucho tiempo. Cambiaré permanentemente el parche a mi ojo derecho y volveré a aquel día de abril. ¿A dónde irás?, insisten. Iré al campo, les digo con una sonrisa, a reunirme con toda mi familia.


© Texto: Kalton Bruhl
© Imagen de Pexels

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