Julio 2021

Vacaciones de invierno con mis nietos.

Mis nietos visitaban mi casa en sus vacaciones de invierno. La playa y el paseo frente a mi domicilio les ofrecía múltiples actividades en esos días de receso: bañarse en el océano, construir castillos de arena, jugar a las paletas, correr, andar en bicicleta, utilizar los juegos y máquinas para ejercicios.

Estas temporadas eran muy significativas para mí y deseaba que también lo fueran para ellos. Organizaba con cuidado hasta los detalles para crearles hermosos recuerdos. Realizábamos talleres didácticos, deportivos, actividades culturales, paseos turísticos, festines culinarios, funciones de cine y hasta de circo.

Valparaíso, por su cercanía y múltiples atractivos turísticos, era una buena alternativa para un día de actividades. La mañana empezaba con un paseo en lancha por la bahía y la apreciación de la magnífica perspectiva de edificios y cerros vistos desde el mar. Nos embarcábamos en el muelle Prat y en una hora de navegación, pasábamos  entre los buques de la Armada, barcos a la gira y en ocasiones, un imponente transatlántico para turistas.

Paseo en lanca de Celia Byrne
Paseo en lancha. Óleo sobre tela, 70 x 50 (2019) de Cecilia Byrne

Parte de esa entretención era arrendar una lancha privada y exclusiva. De esa forma podíamos viajar en la cabina y tomar el timón algunos momentos. Son inolvidables sus caritas de orgullo al sentirse capitanes de la embarcación mientras “surcaban los mares”, dominando las olas que reventaban en su casco salpicándonos su espuma nívea y salada.

Albatros, gaviotas y lobos marinos nos acompañaban a la distancia desde las rocas. Delfines saltando y nadando junto a peces tornasolados cerca de la lancha. El contacto con la vida oceánica constituía una clase única de Biología Marina presencial.

Al finalizar la navegación nos tomaban una foto que nos entregaban enmarcada, con una fecha que inmortalizaba la aventura y nos permitiría, en el futuro, observar nuestros cambios fisonómicos.

Los aires marinos activaban nuestro apetito, así que nos dirigíamos al restaurant JJ Cruz donde sabíamos nos esperaba “una chorrillana para dos personas”.  Abundante, con un cerro de papas, carnes, huevos y cebollas fritas era imposible comer todo, pese a que lo compartíamos.  El lugar era pequeño, humilde y acogedor. Tenía mesas largas para compartir y una para pocas personas, que era “nuestra mesa”. Mientras llegaba el pedido, nos entreteníamos mirando las antigüedades y las paredes cubiertas de fotografías, billetes en desuso y mensajes de clientes de todo el mundo que gozaron del tradicional lugar.

Al final del día visitábamos el Museo de Historia Natural. Otra clase presencial, donde mis nietos profundizaron sus conocimientos de la flora y fauna chilena. El recinto permite la interacción y descubrimiento en forma lúdica y didáctica, con sectores con imágenes en 3D, videos, sonidos y rugidos de la fauna, en salas con distintas temperaturas y texturas. Una de ellas, ambientada como un submarino, les permitió ver la vida secreta del fondo del mar. Nos tomamos fotos al lado de espectaculares mariposas, pingüinos, un cóndor con sus alas extendidas y varios esqueletos. Lo mejor: la cafetería del lugar. Un chocolate caliente con pasteles en medio de sus comentarios y los míos sobre la biodiversidad, ecología y la importancia de la conciencia medioambiental.

Otro día, otro paseo. Fue en Valparaíso en la “micro O”, que casi gira sobre sí misma, como la letra de su nombre señala. Caracoleando por los cuarenticinco cerros que miran al océano, el bus viaja a través del camino Cintura, mostrando espectaculares panorámicas durante el trayecto. Por cada cerro, un barrio. Tienen curiosos nombres: Bellavista, Alegre, Concepción, Esperanza, Los Placeres, Cárcel, Barón, Rodelillo, Ramaditas, Monjas, Mariposas, Cordillera, Panteón y Artillería.

En nuestra expedición, subimos en el  ascensor Artillería para recorrer el paseo 21 de mayo, con una vista privilegiada al puerto y a las actividades portuarias. En el lugar, un titiritero hacía bailar un tango arrabalero a su marioneta. Gozamos recorriendo angostos callejones, escalinatas y ascensores, recodos, laberintos, quebradas y lomas. Senderos de adoquines, esquinas singulares y plazas emblemáticas. En cada rincón, fachadas de edificios, casas y escaleras lucían expresiones de “graffitis” y arte urbano.

Plasmé algunas de estas experiencias en el siguiente tríptico donde se puede apreciar el camino Cintura con sus medios de locomoción, un ascensor, los escalones y miradores, los graffitis, las quebradas y lomas de esa loca geografía que hace tan atractivo este puerto único en el mundo.

Valparaiso de mis amores de Celia Byrne
Valparaíso de mis amores. Óleo sobre tela, tríptico 100 x 100 (2018) de Cecilia Byrne

Lujosas mansiones y casas pobres fueron motivos de la curiosidad y admiración de mis nietos. Sus coloridas fachadas y arquitecturas las igualan. Las ropas al viento que emergen de sus ventanas saludan a visitantes y residentes, en medio del olor marino y en el sonido de las actividades de la ciudad.

Atraídos por los irresistibles olores de la hora de almuerzo, un descanso y una parada en uno de sus restaurantes para disfrutar una vez más la variada oferta de la gastronomía porteña.

En la tarde y en algunos barrios, pudimos observar el trabajo de artistas que realizaban pinturas y grabados. Visitamos tiendas de antigüedades y librerías de las que salimos con más de un libro bajo el brazo. En los paseos Atkinson y Gervasoni nos deleitamos con las hermosas vistas desde sus miradores, las ofertas de recuerdos y artesanías. Entrando al Museo de “Lukas“, apodo del dibujante Renzo Pecchenino,  nos divertimos con  sus dibujos y caricaturas, y de nuevo, un libro de su autoría bajo el brazo: “Bestiario del Reyno de Chile”.

El final del día turístico cultural lo realizamos en una cafetería con vista a la puesta del sol en el mar, kuchen de manzanas y chocolate caliente, revisando las impresiones de un día único.

En ese día, lo más gracioso sucedió de vuelta a casa. En la radio encendida del bus, la música de un vals tradicional: “La joya del Pacífico” que dice así:

Del cerro Los Placeres yo me pasé al Barón
Me vine al Cordillera en busca de tu amor
Te fuiste a Cerro Alegre y yo siempre detrás
Porteña buena moza no me haga sufrir más…”


Texto e imágenes © Cecilia Byrne