La argucia vanguardista como velo fragante del sentimiento
Es El ventrílocuo y la muda una fascinante novela en la que el escritor (de ideario político joseantoniano y de ramoniana impronta literaria) Samuel Ros pone en liza un argumento que sin el revestimiento de audaces argucias estilísticas pasaría por algo anodino y melifluo. Si bien entremezclados fondo y forma la cosa resulta muy otra, pues la comedia burguesa pánfilamente costumbrista es periclitada tropológicamente, no en vano las analogías que Ros atrae a cada instante, en lo que es un continuo ensartar greguerías, conduce la historia hacia impensados estadios de sublimidad reportadores de grande regocijo lector.
Hay un hondo componente de crítica en esta obra producto de la juvenil rebeldía del autor la cual, como anotábamos al principio, encauzaría en la doble vertiente político-literaria.
El protagonista está abocado, merced a los dones y adversidades con que la vida lo obsequia, a transitar por sendas de insatisfacción y de falta de plenitud. Ya en los pasajes en los que es referida su infancia, se observa, por ejemplo, la razón de su fracaso en la escuela, siendo, este, símbolo de cómo el talento pasa desapercibido para un sistema escolar confeccionado con el objetivo de aupar la mediocridad, quedando malogradas las inteligencias tempranamente despiertas y emancipadas.
Se percibe, asimismo, en esta obra un cierto escepticismo con respecto al ámbito de lo jurídico-legislativo; también es abordada la imposible compleción sentimental.
Queda muy emparejado lo acontecido en esta novela con determinados avatares que su autor vivió, motivo, cabe colegir, por el que le venía que ni pintiparado subirse a la grupa del poético extrañamiento narrativo en pos de abordar muy sensibles sentires a flor de piel, los cuales lucen candentes si bien atenuados por los dones literarios y el humorismo en que nos los presenta envueltos.
© Texto: Diego Vadillo López

