La Avenida Doce

Salió de la casa verde con las manos en los bolsillos. Usualmente salía cuando ya había terminado de escribir las dos páginas para el periódico. Así las podía enviar y simplemente esperar hasta que le pagaran por el trabajo. Pero esta vez era diferente. No había logrado ponerse de acuerdo para escribir el artículo. La hoja de papel inmaculada había quedado prensada en la máquina de escribir.

Tomó la avenida doce hacia el norte. Buscaba inconscientemente la paz del sector. Se dejaba llevar de su intuición. Había algo en dicha avenida, silenciosa, desolada, lúgubre, que le llamaba la atención. Solía hacer esos recorridos a cualquier hora del día, aunque prefería las noches. Esta era la hora en que más habitantes de calle frecuentaban ese paraje en particular. Tendían sus costales sobre las aceras, acomodándose en las entrantes o en algunas callejuelas que lucían más como grutas. Una que otra estela de humo espeso salía de algún rincón donde un grupo de personas se congregaba entorno, a preparar un plato de comida.

Caminaba, así siempre, con las manos entre los bolsillos, observando atentamente, mas al mismo tiempo conservando cierta distancia, manteniendo algo de temor. Pero en esta mañana la calle lucía vacía. Pasó por los lotes que alguna vez fueran casas, ahora encerrados por paredes hechas de una delgada capa de cemento. Esquivó los obstáculos de la acera quebrada por los pliegues de la calle y cruzó la avenida después de que un auto viejo rompiera groseramente el harmonioso sonido del silencio. Como era usual, no tenía un rumbo trazado, simplemente obedecía al impulso mecánico del caminar.

Continuó su recorrido por la acera contraria, por donde confluían también algunos transeúntes de calle. Subió la cremallera hasta sellar la chaqueta porque una ligera garúa entraba a hacer parte de la harmonía del lugar. De repente, justo antes de llegar a la calle catorce, escuchó un “ey”. Giró su cabeza para identificar si era a él a quien llamaban. Un hombre por su espalda, de mejor aspecto que los que pasaban, le desplegaba una mueca de burla, al tiempo que abría su mano y soplaba con ligereza hacia el periodista algo que él solo podía imaginar. Volvió su rostro pronto hacia el lugar donde iba, aceptando la burla con indiferencia, concentrado en seguir caminando. El hombre que se acaba de encontrar lo sobrepasó estrujándolo tenuemente por la estrechez de la acera. El periodista se molestó pero conservó su silencio mientras caminaba. Divisó el horizonte cruzando la esquina, pasó por el edificio Leyoa y se trazó en su rumbo el Parque Sucre. Cavilando en qué escribir para el periódico, una fría corriente le atravesó el cráneo, y de inmediato sintió cómo la voluntad lo abandonaba y lo obligaba a recostarse contra la fachada del edificio de la esquina. Su cabeza ahora se había tornado pesada. Observó atrás con dificultad y vio a los bultos que simulaban personas alejándose. Observó delante nuevamente y el hombre de la mueca, que hacía poco estaba alejándose, se había detenido y lo observaba. Vio la mueca, la percibió o se la imaginó. Su cuerpo lo lanzó contra la pared y se fue desplomando. Se preguntaba si había sido un puñal; no había sentido nada, ni un pellizco…  -¿O sí?- Recordaba o pensaba que se había acordado de las sensaciones, a medida que su cabeza caía sobre el sucio anden. Lo invadía la falsa o verdadera – o no mencionada-  percepción de algún sonido de disparo, de un puñal hundiéndose en su carne. Sentía ahora –inventado o no por su mente- los pasos del hombre de la mueca aproximándose, riéndose.

Se esforzaba por levantar su cabeza, por ver lo que sucedía, pero ésta más se sepultaba hacia la dura y agreste acera.

© Cruz Medina