La aventura de recorrer la Carretera Austral en sus inicios

En febrero 1995 aventuramos a una experiencia extraordinaria, recién se abría la Carretera Austral, con muy pocos apoyos turísticos como hoteles, restaurantes y otros. Salimos de Santiago escuchando los reclamos de nuestros hijos que no querían aventuras en lugares desconocidos, preguntaban ¿cómo serían los hoteles? ¿habría entretenciones?, entre otras actividades.

Alojamos en Temuco, para descansar previo al viaje más largo. A la mañana siguiente salimos temprano rumbo a Puerto Montt donde teníamos que tomar un ferry que nos dejaría en “Chaitén”. Ya estaban más resignados y la expectativa de viajar en un ferry los entusiasmaba.  Almorzamos un rico pescado frito con ensalada a la chilena, tomate con cebolla, en Hornopirén.  Desde que subimos al ferry sentí que entraba a un libro escrito solo con agua, viento y montañas, la vegetación era exuberante con nalcas, Coigües, Arrayanes, Lengas, Canelos, Chilcos, entre otros. Vimos los cambios de color en el cielo, hasta llegar a la zona en que el ferry cruzó un fiordo de mar y todos asombrados con ese fenómeno. Terminamos amigos de un grupo de camarógrafos y   periodistas de un famoso matinal. Al poco rato llegamos a destino: Caleta Gonzalo despidiéndonos de nuestros nuevos amigos quedamos en vernos esa noche en Chaitén pero no lo logramos pero lo mejor que conseguimos una hostal donde alojarnos, era modesto, pero limpio y donde nos sirvieron un desayuno como esos de campo, con mantequilla y mermelada casera, huevos revueltos y pan amasado. Recorrimos la ciudad que tenía una hermosa costanera que me pareció como un pequeño abrazo de casas de colores, recostado sobre el mar gris plateado, con montañas cubiertas de un bosque siempre verde y brillante. El año 2008, esa pequeña ciudad que yo recordaba como sacada de un libro de cuentos, sufrió los embates la de erupción de su volcán.  Esto no solo produjo daño en las viviendas, que quedaron sepultadas o destruidas en gran parte de la ciudad si no que provocó la migración de un buen porcentaje de ciudadanos que habitaban migraron por temor a una nueva erupción.

Nuestro próximo destino fue Puyuhuapi donde visitamos un taller donde elaboraban alfombras con telares. Observar este trabajo nos hizo admirar los diseños y un trabajo meticuloso, a tal punto que terminamos comprando una alfombra de 2.40 x1.60 que hasta hoy luce radiante en el living de mi casa al comprarla no estaba terminada, pero nos aseguraron que estaría lista en puerto Montt al momento de nuestro regreso a Santiago. Nos encontramos con el parque nacional Queulat, un glaciar colgante que vibraba como una catedral de hielo suspendida en el aire. El agua caía en hilos plateados y el silencio era tan profundo que se oía el crujir del hielo, como si ese glaciar respirara.

En Coyhaique la carretera se volvió más urbana. Había cafés, bicicletas apoyadas en la plaza y una sensación de refugio. Pero a pocos kilómetros volvió el aspecto salvaje: estepa dorada y guanacos mirando desde la distancia, el viento empujando el auto como si quisiera llevarlo más atrás. El azul impasible del lago General Carrera me dejo sin palabras. Sus aguas cambiaban de color con el sol: turquesa, esmeralda, plata entre otros.

Más al sur la carretera se volvió más de ripio, sinuosa, casi intima. Llegamos a caleta Tortel donde no existen calles solo pasarelas de madera suspendidas sobre el fiordo. Caminaba despacio, oyendo como las tablas rugían bajo mis pasos, mientras el agua verde se movía en silencio debajo.

Después de Coyhaique avanzamos bordeando estepas y cerros azules hasta llegar a Puerto Rio Tranquilo: un puñado de casas frente al agua más luminosa que haya visto. El lago General Carrera estaba calmo, de una turquesa tan intensa que parecía pintada a mano. Allí nos subimos a una lancha pequeña, de esas que crujen como si también tuviesen nervios. El motor se apagó de pronto y el guía alzo la mano pidiendo silencio. Entonces aparecieron ellas las catedrales de mármol, como templos o santuarios de piedra donde la luz danza y se quiebra en mil destellos pintando arabescos que solo la naturaleza sabe dibujar. Fue tanta mi impresión de verlas que no pude dejar de plasmarlas en una tela de 40×30 titulado El susurro del mármol.

Cecilia Byrne, El susurro del mármol óleo sobre tela, 40 x 30, 2025
Cecilia Byrne, El susurro del mármol óleo sobre tela, 40 x 30, 2025

Las cavernas respiran un azul profundo casi sagrado y al entrar en ellas uno siente que el tiempo se detiene: Las paredes gastadas por siglos de caricias del agua parecen llevar secretos antiguos, historias que murmuran cuando el viento se asoma por las grietas. Avanzamos en el bote por sus corredores de mármol que es como navegar por un sueño, los reflejos se multiplican y la roca se vuelve seda, el lago se transforma en un espejo que todo lo abraza. Allí en ese rincón de Chile se guarda uno de sus milagros: Un abrazo de agua y piedra tallado en la eternidad:  blancas y azules suaves como telas de piedras. El agua reflejaba sus velas como un espejo vivo y la lancha avanzaba despacio con reverencia. Entramos a una cueva baja, al rosar el remo el sonido revoto en las paredes como si estuviéramos dentro de una iglesia antigua. Sentí un nudo en la garganta. No era solo belleza era algo más hondo, una emoción que venía desde antes de mí. A veces el sol se filtraba por una abertura y encendía el mármol de celestes, lilas y verdes. Pensé que si un pintor quisiera pintar esos colores la paleta no le alcanzaría. Yo, simple viajero, solo podía mirar y guardar. Al volver a la orilla me quede largo rato sentada mirando el lago. El viento había cambiado y pequeñas olas golpeaban las piedras con una paciencia infinita. Comprendí entonces que ese lugar no se visita: se recibe.

A la mañana siguiente retomamos la ruta con una certeza nueva: jamás volvería a hacer exactamente la misma persona que había iniciado el camino. Pues quien ve las catedrales reflejadas en el lago ya no mira el mundo del mismo modo.

Después de muchas curvas llegamos a Puerto Cisne. En el muelle los botes dormían amarrados, balanceándose con una suavidad que parecían una respiración. El aire olía a sal, algas o leña húmeda. Un perro nos siguió un buen trecho como si quisiera asegurarse de que nos pertenecía, aunque fuera por una noche en ese rincón del sur. En una caleta de pescadores saboreamos un congrio frito con papas rusticas. Salimos a caminar sin rumbo por las calles empinadas, desde lo alto vimos como el fiordo se metía entre las montañas: como una lengua de agua oscura y brillante. Las nubes bajaban tan cerca que parecía que uno podía tocarlas. Al atardecer, el cielo se tiñe de rosado y cobre que se refleja sobre el agua convirtiendo a Puerto Cisne en un cuadro vivo, mi hijo Pablo indiferente a la belleza ambiental jugaba con su bicicleta saltando un montículo de ripio, haciendo caso omiso a mis advertencias sobre un posible accidente.

Yo me sentía agradecida como si el paisaje me hubiese aceptado en su silencio, por esa razón me fui a descasar a mi habitación. Duro poco el descanso pues Pablo llego con su cara machucada, sanguinolenta y entierrado. después de llevarlo a urgencias retome mi contacto con el sonido del mar, el crujido de las maderas del muelle y de los colores maravillosos del cielo y del mar.

Al día siguiente empezamos nuestro viaje de vuelta a casa. Pasamos por “Chile Chico” un lugar adorable que nos atrajo a mi hija y a mí, mi marido y Pablo decidieron quedarse en el hotel.  Aprovechamos de salir con mi hija a recorrer y tomarnos una bebida en la única fuente de soda del pueblo y cual sería nuestra sorpresa al encontrarnos con nuestros amigos del matinal, nos quedamos conversando y riendo de las anécdotas vividas en esta trayectoria y lo mejor es que no ofrecieron un cassettes con todo lo filmado en su trayectoria.

Este es uno de los viajes imperdibles que recomiendo para conocer la naturaleza y fauna de nuestro País. 


 © Texto e imagen: Cecilia Byrne