La boda

El juez miró a su hija y sonrió con orgullo. Todavía no terminaba de creérselo. Le parecía que había sido ayer cuando ella lanzaba al aire el birrete durante su graduación de la secundaria y, ahora, se disponían a entrar juntos a la iglesia, donde tendría que entregarla a su futuro esposo. El pulso se le aceleró, al tiempo que el corazón parecía encogérsele. Suspiró profundamente y se dijo que tenía que recomponerse. Hasta el momento, todo había resultado perfecto y no quería ser él quien estropeara la ceremonia con un desmayo inoportuno. Cerró los ojos y entreabrió los labios para pedir en silencio que todo saliera bien.

El asesino, desde su escondite, ajustó la mira telescópica y de inmediato se arrepintió de haber enfocado la cara de aquel maldito juez. El muy idiota, sin haber medido las consecuencias, había ordenado varias detenciones y ahora los jefazos del cartel lo habían enviado a liquidarlo. Sin embargo, se presentaba un problema inesperado. Al ver la expresión en su cara no había podido evitar sentirse identificado con él. Hacía apenas una semana, recordó, su propia hija se había casado y él también había rezado calladamente para que nada saliera mal. Era obvio que por primera vez fallaría en un encargo. Dejó escapar una palabrota y, mientras desarmaba el rifle, se enjugó una lágrima. Las bodas siempre lo hacían llorar.

© Kalton Bruhl
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