La bondad del payaso

La primera vez que leí el libro La bondad del payaso (Teruel, 2018) tuve el barrunto de que algo no iba bien; al llegar a la página cuarenta y nueve atisbé lo que fallaba cuando leí, camuflada entre los versos de un poema de amor, esta consigna: “hay que empezar a leer de la última página a la primera”; me sentí como una agente secreta que ha encontrado el mensaje cifrado con que salvar al mundo. Y, en efecto, comprobé que el libro termina con el “Epílogo del circo (Lambertiano, claro)” que era, no me cabía duda, el preámbulo. A continuación, para mayor corroboración si cabe, vienen los agradecimientos, el título y ¡alehop!, en la última hoja la dedicatoria (Lambertiana, claro) de puño y letra de su autor.

Así que he leído este libro dos veces, pues la primera sólo me sirvió para comprender cómo debía hacerlo: del final al principio, o sea, cabeza abajo.

Y, dicho y hecho, esto es lo que me ha dicho Lamberto Alpuente Torres, el turolense equilibrista de los versos, el prestidigitador aragonés de las palabras, colgado por las corvas en la resbaladiza barra de la poesía que le hace de trapecio:

                                               Todas las muertes y sus catarsis traen renacimientos.
                                               Os quiere.
                                               Siempre.
                                               Lamber

Nunca había llegado tan lejos, nunca había vivido tan solo.
El proyector solo desea que te introduzcas en su interior.
Ahora tu tierra está helada para el maestro del fuego.
Desde los confines del óbito, un veterano de la guerra emocional ha entendido que la ciudad es suya, sin freno.
Este calamitoso escarmiento solo puede cantar: ¡Eureka!
Adiós.
¿Habrá un lugar para nosotros?
Y lloro sin llorar por los ingenuos, por los que perdonan y olvidan, por las memorias y amuletos de las sombras, por la cebada y el trigo.
Son las balas de aquello que un día floreció de la nada.
Salgo al cemento agrietado, sin huidas, pero desapareciendo.
Adquiero relativo pundonor y empujo la puerta al subterráneo.
Me abro.
Me odio por desangrarme en serio.
Asumirás que tus obsequios divinos no fueron un milagro en el que confiar.
No habrá venganza, solo exclamación.
¿Quién habla?
Jamás habrá desayunos de queso azul y jamón al alba.
Que me cante el bar que ando solo con Soledad.
Quiero mi calendario.
Simplemente estoy acojonado.
Un hombre bueno siempre será un principiante.
Mi viajero errante, mi islote solitario, mi esperanza.
La bondad del payaso deleitando a la princesa india con la pipa de la seguridad.
Quien siempre se manifestó con gritos indignados morirá luchando en otros estadios.
Negaciones a la evidencia.
Nos adiestraron para sentir…o no…
Soy de Teruel, en un planeta llamado Tierra.
¿Cómo sobreviviremos a la injusticia si la humanidad está de parranda?
Imagina el festival del querubín caído.
Limosnero.
Precauciones.
Era feliz. Era libre.
Quiero confiar mis pequeños enigmas a las apariciones y espíritus incandescentes.
¿Has oído hablar del universo no lineal donde el ritmo enloquece y la metamorfosis solo te hace levitar?
Un tenebroso y exquisito apaciguador en la encrucijada.
¡Wendigo!
Todas las noches sueño con la misma persona.
Colapso.
Moriré desnudo.
El mutismo para todas aquellas vidas desparramadas.
La voluntad no es deseo.
Señales del futuro, aciertos inciertos.
Bicicleta hacia las estrellas, una alfombra tendida y una canción.

Son los últimos versos de cada uno de los poemas de su libro, un triple salto mortal que Lamberto Alpuente Torres empieza y termina con un tributo a su madre (“Solo se quema quien arde”) desde el trampolín (“una alfombra tendida”) que le ofrecen Estela Puyuelo con su prólogo y Sonia Villarroya con sus ilustraciones. ¿Te la juegas, Lamberto? Siempre se está en la cuerda floja, hasta el que ríe con bondad de payaso. Si sale amor, te salvas. Es un salto arriesgado, una pirueta casi imposible en el aire, pero… ¿y si al caer lo clavas? Juégatela, si no, ¿para qué entrenar tanto?

¡Equilicuá!

¿Salvado?

(Nota bene: La portada verdadera es la rosa. Detrás, queda la cara triste del payaso).


© Susana Diez de la Cortina Montemayor