La carta

El día que recibió la carta fue un  25 de abril. Estaba sentado en las bancas de ladrillo del parque central, tomando café en compañía de dos hombres que siempre se avistaban con él, cuando Luis el cartero vino a hacerle la entrega. Su cuerpo lánguido desmentía de sus exitosos días. Dueño de medio pueblo, Joaquín Arbeláez había sido reconocido por haber construido medio centro. Había iniciado con tres casas malas en la carretera a Macanal. Luego, se había salido con la suya al lograr replicar estos negocios  en los alrededores del parque, donde su padre, indemnizado por la empresa constructora de túneles, le había dejado una casona y unos cuantos pesos. Ante el éxito de las casas de lenocinio, Joaquín también había decidido hacer empresa con el tabaco y el licor, fieles compañeros en los lupanares. En las últimas décadas, el que antes fuera hombrecillo vendedor de libros piratas –sin futuro alguno en semejante pueblo-, había triplicado sus establecimientos comerciales y ya era conocida en toda Santa María como el taita de las casas malas.

Pero al viejo lo había cambiado mucho el tema de la carta. Su decrepitud se había hecho más visible. Caminaba ahora de la mano de los dos hombres, contrastes ellos de quien acarreaban por el pueblo. Su piel, ahora más arrugada, cedía inevitablemente a la gravedad de los años y las vicisitudes que había emergido de un momento a otro, de la prosperidad de su propio negocio. Don Joaquín además, aparentemente sin ningún motivo, había terminado con algunos de sus negocios. Del sinnúmero de lupanares que poseía en Santa María, ahora solo administraba los tres primeros que había construido en la carretera, además de tener a su nombre dos propiedades de venta de licores.

Nadie podía negar que varios años atrás lo único que le atenuaba a Joaquín Arbeláez los achaques de los años era su joven esposa, Mónica. Una mujer de contrastes con el viejo. Su rostro de párpados firmes y ojos venturosos; de labios rojos profundos y dientes perfectos que el mismo viejo había cultivado con las ganancias de las casas malas, hacían perfecta armonía con sus pechos erectos como los cerros que rodeaban al pueblo. El vaivén de su cintura había hecho perder a más de uno, porque entrometerse con los intereses de Joaquín Arbeláez era pescar pleito fijo con los malevos que hacían de acompañantes del viejo. Pero, qué mejor en Mónica que sus piernas firmes, envidia de las pueblerinas que cubiertas en largas ropas, escondían sus atributos. Todo ello, nadie lo negaba, había logrado ensombrecer las marcas seniles de Don Joaquín Arbeláez. Sin embargo, nadie en Santa María tampoco lograba negar que la carta lo había echado todo a perder.

Fue a los cuatro años de estar viviendo con Mónica, la joven venida del interior del país a este pueblo de montañas, que los dos tuvieron una niña, La Mona, le decían todos. Pasado el tiempo y con media Santa María dejando sus ganancias en los lupanares, el viejo se dedicó a viajar con su pequeña familia; de modo que los últimos años antes de que llegara su desgracia, se avistaba menos en el pueblo. De sus largas estadías en el parque los fines de semana, jugando ajedrez con los muchachos, y tomando café toda la jornada,  mientras que le caía el dinero a su bolsillo, pasó a divagar por Europa, América y hasta se rumoró sobre otros lugares idílicos en islas anónimas cuyo rastro los mapas se negaban a desvelar. Todo ello antes de la carta.    

Pero con el tiempo, Santa María cambió a su capricho. Los hombres de la comunidad empezaron a ausentarse de los antros donde años atrás habían sido los más cotizados clientes. El taita había responsabilizado al cura del pueblo y a las feroces damas de los  hogares que habían puesto en cintura a sus esposos. Por tal motivo, Don Joaquín se vio obligado a abrir dos burdeles en San Luis.  Fue así que con el tiempo el hombre empezó a centrar sus actividades en este pueblo. Sin embargo, nadie hubiera llegado a pensar que esto podría desencadenar algo desastroso en su familia. Los viajes de Joaquín Arbeláez y su familia continuaban cada mes, aunque ya no a los viejos idílicos destinos. En la casona que su familia le había dejado cerca al parque, las dos mujeres que lo acompañaban habían estado viviendo muy  cómodamente y tal vez por esto último, en Santa María nadie había tenido la menor idea de lo que había empezado a ocurrir desde que el hombre había decidido cambiar el centro de sus actividades.


Habitación en decadencia

En la carta tal vez estaba claro, y aunque nunca se conoció publicación al respecto, en todo Santa María se murmuraba sobre la suerte de los acontecimientos. Lo cierto es que la esposa de Don Joaquín, vistiendo ella siempre gafas grandes, oscuras y vestidos que había conseguido en su bonanza en los años en que viajaban a Europa, empezaba a pasar largas horas por fuera de su casa. Y poco se notaba, pues con sus años de bonanza se habían ido las camionetas lujosas y los jóvenes guardaespaldas que hacían de conductores, amantes y protectores de la fortuna amasada por Don Joaquín. La Mona, ya en la flor de la edad, no había vuelto a clases al colegio del pueblo; sus padres habían decidido desescolarizarla, tal vez para que pudiera contribuir con el pago de la magna deuda contraída por los Arbeláez en los años de goce.

Fue así como la familia empezó a desquebrajarse, pues la única hora en que se veían juntos era en la noche, cuando Don Joaquín, después de haber recogido dividendos en San Luis, regresaba al pueblo con los dos muchachos que lo acompañaban siempre. Las mujeres llegaban juntas y aunque nadie se atrevía a aclarar sus trabajos, se sabía con certeza que estaban laborando en el vecino pueblo de Macanal.

Para el tiempo en que la situación se había prolongado por más de un año, el viejo lucía decrépito, y las mujeres que aún conservaban algunos lujos de los días ya idos, vivían con su apariencia evidentemente venida a menos. Don Joaquín pasaba horas en el parque con los muchachos y con algunos de los trabajadores que venían de las fincas.

Así pues que aquel 25 de abril se encontraba haciendo sus actividades habituales, y mientras se tomaba un café esperando el turno para empezar las partidas de ajedrez, le pidió a uno de los muchachos que le leyera la carta en voz alta.

Se dijo que la carta venía de Macanal, y en ella un hombre de apellido Contreras se perdía en descripciones densas sobre sus noches con Mónica,  en los burdeles improvisados de detrás de la iglesia; noches que alternaba con La Mona, mujeres ellas, decía, que destacaban por vestir prendas y accesorios lujosos y de incuestionable desempeño a la hora de ejercer sus profesión.

© Cruz Medina