La casa

Capítulo I

-¿Alguna vez has entrado?

-No, nunca lo he hecho.

-Mi padre dice que la ha visto desde que tiene memoria.

Los dos miraban fijamente la casa blanca de puerta azul claro, la misma por la que infinidad de veces habían pasado a lo largo de sus pocos años en el planeta; después de una breve pausa mirando la muy luminosa pared, que en ese momento era bañada por la luz del sol, y deslumbraba un poco, uno tiró su patineta al suelo y se subió a ella, mientras a su lado se abría un libro en la página 235, para así continuar la lectura del mismo.

5 minutos después, en el banquillo de la acera del frente, cerca al mar, se sienta una pareja, un hombre llevaba un niño en brazos.

-¿Cuándo se lo dirás?

– Sabes que no le podría decir algo así, le rompería el corazón.

Los dos observan la puesta de sol, un sol carmesí que presagiaba cosas insondables. La pareja se queda un buen rato sentados mientras el niño duerme; éste despierta, pasados unos minutos después de que el sol desapareciera, con hambre y reclamando su premio por haber permanecido tanto tiempo tranquilo.

-Si, definitivamente heredó sus pulmones.

-Lo dices como si fuera algo malo.

-No, solo que aún no me hago a la idea de todo este asunto, tu allí, fingiendo algo solo por el bien de alguien que no lo merece.

-Podrías solo dejarlo pasar, es una decisión que ya he tomado, te lo había comunicado desde antes que volvieras, y afortunadamente puede verte antes que cometieras ese error.

-Qué error dices tú, no es un error, solo quería que todos conocieran la verdad, la misma que tú no has querido aceptar; no sé porque querías reunirte conmigo aquí.

Mientras tanto se da la vuelta y mira aquella casa.

-Me gustaría ser como aquella casa, siempre inmutable, siempre impecable, es como si no pasaran los años por sus paredes; a mí se me están pasando los años, y mi paciencia está a punto de acabarse; ya sabes mi opinión y sentimientos, búscame, escríbeme, háblame, pero solo el día que estés totalmente dispuesto a reconocerte, reconocer todo frente al mundo; y cuídalo, él no tiene la culpa; sabes que cuentas siempre conmigo en lo que al él se respecta.

-Espera Jay….

Se voltea, esperando alguna frase que de verdad lo haga detenerse, pero nada sale de la boca de su interlocutor. Él bebe ha terminado la botella y necesita atención para poder sacar sus gases; Jay lo ve, sonríe y dice:

-Ves, por ahora no tienes nada que decirme, mejor enfócate en él, y espero que a este hombre no le niegues nunca el amor que se merece…

Y empieza a cruzar la calle hacia la casa blanca de paredes azul claro.

Cien páginas después, un par de smoothies y muchas risas, va caminando de vuelta cuando se detiene frente a esa puerta misteriosa. Está oscuro, así que el color de la puerta se ha vuelto algo misterioso, como si al irse el sol, también la casa hubiera perdido lo único que no la hacía ver terrorífica. Se acerca un poco, temiendo que algo malo le pase, pero con un poco de valor, lo mismo que ha aprendido en las páginas del libro que reposa en su mano, da tres golpes; dos latidos del corazón y una mente arrebolada, creyendo que alguien le devolvería el sonido desde adentro, pero nada sucedió, la puerta continuo inmutable sin dar respuesta al golpeteo que vino desde afuera.

Página 336 y continua su camino.

-Hoy me he vestido de azul, igual que tu endemoniada puerta.

4 pm, un hombre de unos 60 años se sienta con su playera azul claro en el banco frente al mar, a su lado una larga y vieja caña de pescar, él sabe que esta área no es de pesca, pero hace algún tiempo, después de haber estado en la bahía tratando de atrapar algún incauto pez, llegó hasta aquel sitio y se sentó. Esa vez también traía esa caña, una camisa azul claro y un pantalón blanco, vio la casa y su inusual puerta y se rio, y le dijo a la casa:

-Ves, podríamos ser gemelos señora casa…

Después de unos momentos le entraron unas ganas gigantes de lanzar el anzuelo en ese nuevo y extraño lugar de pesca, y pescó un bonito, y de buen tamaño; al no ser un hombre ambicioso se conformó con éste y se fue; cada tanto volvía al mismo lugar si en la bahía no había habido suerte, pero los días que pescaba era los días que llevaba una camisa azul claro y le hablaba a la casa, así que lo volvió una rutina; solo un día a la semana se sentaba allí con su aparejo, una que otra vez un policía se acercaba para decirle que la zona no era buena para la pesca, a lo que el señor respondía que no lo hacía por la pesca, si no por relajarse con su vieja amiga. El hombre conocía la casa desde que era pequeño, nunca le había puesto demasiada atención, ya que era una simple pared blanca con una puerta azul, pero desde el momento en el que ocurrió lo del pez, se le había ocurrido que esta tenía algún poder mágico, que hacía que una vez a la semana el obtendría un pez para la cena.


Capitulo II

Dos días después un libro nuevo en las manos y la misma vieja patineta con nuevas llantas…

-¡Oh! no te he contado, la otra noche cuando volvía de la reunión me atreví a tocar la puerta de la casa.

-¡¡¡En serio!!!

-Si.

-¿Y qué sucedió?

-Nada, solo sonó como cualquier puerta de metal, ningún espíritu me contestó desde adentro.

Muy valiente de tu parte.

-Y tú estás loco…

Los dos rieron.

-Haz visto alguna vez la parte de atrás de la “Casa”.

-No, nunca, no sabía que tenía una parte trasera, por lo general las casa en esta calle colindan con otras casas.

-Ok, eso no lo sabía yo. Debe ser por eso. hace unos días intenté dar la vuelta para ver la parte de atrás y no encontré nada, no encontré más que un muro blanco como este.

-Creo que deberíamos irnos, vamos a llegar tarde, como siempre, y sabes que a mi padre no le gusta nada que esté tarde en este barrio.

-Disculpa, ¿qué tiene de malo el barrio?

-Diría que lo único bueno que tiene el barrio eres tú.

Y así se vuelven a alejar del sitio, hasta que llegan juntos a su hogar y se despiden; patineta en el suelo para regresar un poco más rápido y pasar por la casa, aunque cuando estaba cruzando por allí, sintió un escalofrió recorrer por su espalda, como si una araña le recorriera el pellejo.

En la jefatura de policía:

-Nadie ha estado allí en años, lo sabes, ¿por qué quieres hacer una inspección en el lugar?

-Soy el comandante de este cuadrante, debo revisar que todos estén cumpliendo con las leyes, ese es mi deber. Quiero un informe de los dos últimos dueños del lugar, alguien debe cuidar de este, o ¿por qué siempre se mantiene tan impecable? no te pareces algo sospechoso.

-Comandante, con todo respecto y como su segunda al mando pienso que está exagerando un poco, los muchachos hacen recorridos diarios, lo más sospechoso que se ha visto frente a esa casa es un viejo con una caña de pescar que ya está un poco loco por su forma de actuar.

-No me importa García, yo mismo envío esos patrullajes, también conozco la zona como la palma de mi mano, y si, aunque el señor se comporte algo extraño, no es lo que me preocupa: al menos debemos vigilar, el trabajo de pintura que se hace a esa casa debe al menos que pasar por ilegal, no se hace en horas respetables.

-En realidad, jefe, nadie sabe cuándo se le ha hecho trabajo de pintura, llevo 15 años en la fuerza, de los cuales 10 los trabajé en la patrulla nocturna y ni yo ni ninguno de mis compañeros ha visto a nadie pintando allí.

-Aun así, debemos vigilar, cumpla con mis ordenes García y sin miramientos; vamos a descubrir de una vez por todas lo que pasa en esa casa, así me toque tumbarle la puerta azul claro con mis propias manos.

La teniente García miro a su jefe con un poco de suspicacia, parece que ha estado obsesionado con esa casa desde el día que frente a ella murió su esposa en un trágico accidente; al parecer él culpaba a la casa.

Al siguiente día en la noche, frente a la casa se parqueó una patrulla, la teniente García se apersono de la vigilancia del sitio, ya que estimaba al comandante, él la entrenó cuando era cadete. La noche pasó sin ninguna novedad y la siguiente y la siguiente y así llegamos al día miércoles, día de la semana cuando el viejo se sentaba con su caña después de haber pasado el día en la bahía.

El hombre viejo se levantaba de su silla después de haber obtenido su premio, y menos mal que ya lo había desenganchado, ya que en ese momento llegaba la patrulla con la teniente, y si descubrían que había pescado, podrían quitarle su anhelado pez y hasta ponerle una multa; la teniente saludó con una inclinación de cabeza, aún recordaba el respeto a las personas mayores, y se alegró de ver que el viejo había pescado algo, conocía de primera mano como vivía él con su esposa, sus hijos se habían marchado tiempo atrás a otra ciudad y no los visitaban muy a menudo, ella estuvo presente el día que se despidieron, en ese mismo lugar, frente a esas paredes blancas, la señora llorando porque sus dos hijos se marchaban, pero no el señor, siempre fuerte como un roble, les deseó suerte y les dijo que no se olvidaran de ellos; aunque los chicos les enviaban por separado un cheque cada tanto, lo cual los mantenía alimentados y demás, era más la pena de estar sin ellos, que la economía estable que el estar lejos procuraba.


© Lizette García Jiménez