La cortina suspiradora
Un día cualquiera de cualquier año, cuatro amigos poetas decidieron hacer una reunión mensual para leer sus poemas. Para que la reunión no se alargase hasta el tedio y para que el cansancio no restara belleza a lo escrito, acordaron que leerían doce poemas. Por lo que, en razón del acuerdo, a cada uno de ellos le correspondía ofrecer tres poemas para llegar al número acordado de doce.
Y así lo hicieron durante algunos meses. Pero al cabo de un tiempo, uno de ellos se fue a vivir al extranjero, circunstancia que le impedía acudir a la cita mensual. Pensaron entonces que para dar honor al número de doce, y puesto que ya solo eran tres, cada uno de ellos leería cuatro poemas.
Más tarde, el infortunio hizo que otro de los poetas cayera enfermo lo que le impedía asistir a la reunión. Optaron por aplicar la misma solución, de manera que los dos poetas restantes leían seis poemas cada uno para completar los doce requeridos por el trato inicial.
Al cabo de un año corto de once meses uno de los poetas dejó de asistir a la reunión. Así que el restante tuvo que leer doce poemas a un auditorio inexistente. Y así siguió durante largo tiempo hasta que vino a pensar en voz alta: “Qué triste la poesía que nadie la escucha. Tendré que dejar de asistir a esta reunión de nadie en la que se lee para ninguno. La poesía no se ha hecho para que no se oiga. Así que este es el último poema que leeré”.
De pronto se oyó un grito angustiado: ¡No!
El poeta miró sorprendido a su alrededor y vio un niño escondido detrás de la cortina que mataba la calle. No lo haga señor, le dijo el niño. Si me deja sin poesía me quedaré sin belleza.
Y desde entonces, acude el poeta a recitar sus poemas, algunas veces más de doce, sin que aparentemente nadie le escuche. Pero se le ve sonreír, cuando a veces la pesada y gastada cortina se mueve ligeramente, como un suave temblor del alma, como cuando la belleza se hace movimiento porque no aguanta la irresistible quietud del corazón pasmado.
Texto e imagen © Felipe Espílez Murciano

