La criada

Esta vez la caída bursátil es evidente. Acomodo mi espalda en el sofá, mientras asimilo la noticia, sabiendo que el periódico de hoy constituye una amenaza.  Si el mal pronóstico de los contadores con respecto a mis empresas, resultara acertado, lo único que salvaría mi pellejo sería vender mi alma al diablo. Bajo un poco el informativo y observo a la criada limpiar prolijamente la estantería, incluido el retrato familiar, en el que aparezco rodeado de mi esposa e hijos.  Ella parece no prestarme atención y continúa en lo suyo, mientras observo la curva de su espalda, que me recuerda un día de campo de exuberante belleza. Extiendo la mano para coger un sorbo de vino añejo y aparece  automáticamente a mi lado para servirme, con una sonrisa tan fría como los titulares. La observo, ella me esquiva. Su actitud la delata: es una indocumentada que emigró a otros mundos en busca de una utopía. Recuerdo mis tiempos de inmigrante, cuando quedé con las manos llagadas tanto fregar trastos y limpiar pisos. Pero la vida es cruel, la criada lo sabe, lo saben los periodistas de la crónica roja, lo saben los bomberos, el personal de salud, lo sabe la policía y aquel que me embargue por orden judicial, dejándome nuevamente en la calle.

Ella fisgonea con actitud timorata, por un momento creo que ha reparado en mi desazón. Le hago un comentario prosaico con respecto al pronóstico del tiempo, sólo por conseguir una respuesta de su parte, pero le da lo mismo si llueve o sale el sol hasta achurrascarle el alma. Su respuesta me desconcierta. ¿Estará deprimida, más deprimida que yo?

El trago de licor me reanima y vuelvo a beber, haciendo caso omiso de las indicaciones del médico y los reproches de mi esposa: que primero el gimnasio, luego el baño de vapor, para finalizar el día con aquella insípida cena naturista. ¡Al diablo con todo! Las páginas del periódico me hieren el alma como hojas de afeitar, pero sigo leyendo. Ir nuevamente a la oficina para comprobar los rumores de quiebra, sería más masoquista aún. Mejor es quedarse sentado y ver pasar  la vida por la calzada de enfrente, mientras la criada, quien parece haber terminado lo suyo, me pregunta si se me ofrece algo más. Estiro las piernas y miro alrededor como todo reluce, le pido que deje lo suyo y se siente a mi lado. La joven, con una humildad intolerante, me pregunta para qué sería. Sólo quiero escucharla, le digo, que me cuente sobre su país y todo aquello que ha estado guardando por los rincones como una penitencia… Dejo el periódico, mientras escucho su mar de lamentaciones, palabra por palabra. De haber sabido que hablaba tanto no la hubiese invitado. Pero está aquí, con esas nalgas que subliman el plumero que retira el polvo como si fuera pecado, como diciéndome; soy toda oídos, toda tuya, para que me reconviertas de acuerdo a tus deseos. La miro con descaro. Ella no sabe si reír o llorar. Me habla de su país, de su familia. Hace ya cuatro años que no ve a los suyos, y todo lo que tiene en el mundo es este hogar que está punto de caerse a pedazos. Su rostro mate es profundo y armonioso, especialmente cuando sonríe y su alba dentadura me deja subyugado. Termina de hablar. No digo palabra, sólo observo y siento que la criada tiembla, tal vez por temor a que llegue mi esposa. Ella no vendrá esta vez, le digo. Además, sólo conversamos y leemos. Le muestro el periódico, ella lo coge con dificultad, luego busca las páginas del horóscopo y me pregunta por mi signo zodiacal. Dicho comentario me causa simpatía y sonrío en forma socarrona. Ella me sorprende al decirme que el destino se encuentra regido por los astros. Le doy la razón, sólo por agradarla. Si no fuera por los astros, le digo yo, y vuelvo a reír, provocando el desconcierto de la joven que comienza a beber de mi vaso de forma compulsiva. Le pido dos tragos. Ella bebe conmigo. El efecto no se hace esperar: al cabo de una hora la joven está prácticamente borracha. Yo no lo hago mal: un súbito síndrome vertiginoso acompañado de un estado de franca exaltación de la libido, se apoderan de mí. Le pido a la criada que encienda la música, para que bailemos salsa en medio del salón. Arrojo el periódico a los cuatro vientos y sus hojas grises se esparcen sobre el suelo abrazándolo todo, mientras la joven, con aire carnavalero, mueve sus caderas al ritmo de la música. Yo me dejo llevar por ella a dondequiera que sea, en tanto sus manos me buscan y desatan la camisa a medio aflojar. La siento suave e intensa, es una pantera negra hurgándome los sentidos, rodando sobre la alfombra, despojándose graciosamente de cada prenda de ropa, hasta descubrirse toda, como una profecía. La abrazo, mis manos navegan sobre ella de norte a sur, buscando los muslos envueltos en papel periódico que le confieren aspecto de musa. Levanto mi rostro, ella gime y murmura palabras increíbles, luego voltea, quedando oculta por algunas páginas sociales que intento desgarrar inútilmente, dado su constante vaivén. Tomo aire, en medio del gemido entrecortado de mi garganta y con el cinturón del pantalón a medio desabrochar, rasgo con fuerza la página en donde aparecen reunidos algunos de mis socios comerciales. La criada tiene prisa, tras hacerme rodar por las alfombra y dispararme a quemarropa con su sedienta mirada, me pide que actúe rápido. No puedo eludir el pequeño impreso que queda adherido a su pecho húmedo como un sello postal. Cuando intento besarla nuevamente, la quiebra de las empresas me lo impide: el álgido titular anuncia el lamentable suceso con mi fotografía en primera plana. Quedo yermo…petrificado, con una marea de sangre latiendo en mi cabeza y el deseo colgando de una cuerda floja. Le pido a la criada que me perdone, que por lo que más quiera me perdone, pero la joven continúa existiendo en su alocado delirio, hasta que la sacudo firmemente por los hombros desprendiendo la hoja que pende de su pecho. Se trata de la penúltima página, le digo, la página que antecede al horóscopo y a los astros, la página que anuncia mi ruina definitiva.

La criada se queda llorando en medio del salón, mientras yo camino, camino a quién sabe dónde, con los pantalones a medio abrochar y la vida destrozada…

© Roxana Heise