La cultura de la desinformación

Corrían siglos pretéritos, añejos y olvidados, los seguidores cristianos que se diferenciaron a sí mismos de la fe judía, decidieron transcribir todos sus conocimientos en crónicas sagradas policromadas. Estas escrituras narraban las aventuras y desventuras de profetas, eventos que desafían la física actual y predicaban la sabiduría de lo que en esencia fue el epicentro (para ellos) de la historia: el nacimiento y las enseñanzas de Jesús de Nazaret. 

A través de los siglos, esos reclusos monásticos eran los encargados de transmitir las enseñanzas del Señor a través de interpretaciones de lo ocurrido, acompañándolo con ilustraciones que ayudaran a entender, si acaso, lo que se estaba queriendo enseñar. Y mientras tanto, la plebe y el pueblo llano, tenía prohibido el acceso a esos manuscritos y esas enseñanzas. Seamos honestos, hubiera dado exactamente igual que a Berenguela, la pobre mujer del herrero de Medina del Campo, o a Aethelwulf, el ignorante porquero que vive a las afueras de Winchester, les hubieran regalado una Biblia por su cumpleaños, porque por desgracia ninguno de los dos sabía leer o escribir. Suerte que, por lo menos, sabían hablar… más o menos. 

Y entonces, ¿por qué no era compartida con el pueblo toda esa sabiduría, por muy ficción que fuera? En aquellos tiempos aquella era la verdad, y la verdad, más allá de la existencia de Cristo Nuestro Salvador y su vida, ya se estaba negando al pueblo. Quizá esos monjes querían enseñar lo justo, lo que ellos consideraran adecuado. Quizá porque solo manejando ellos la supuesta verdad, pudieran controlar mejor al pueblo, transmitiéndole únicamente lo que querían e infundiendo la dosis justa de miedo-esperanza para no incitar una revolución en los pensamientos racionales. 

En mi opinión, épocas oscuras para la razón. Épocas en las que algunos nobles bondadosos, o quizá ebrios de demasiado tiempo libre, o incluso reyes que realmente veían al pueblo como destino y no como medio, se afanaban en intentar convencer a las autoridades eclesiásticas locales que si realmente querían que la palabra del Señor llegara a todas las almas, que dejaran de predicar y escribir en latín, porque nadie lo entendía. ¿No sería mejor enseñar a leer y a escribir al pueblo y que “sus pastores” predicaran en el propio idioma del pueblo? Y de esta manera, yugo en mano, la Iglesia se encargó de domar la educación del pueblo y moldearla a su antojo.

Así pues, hemos pasado de tener un pueblo ignorante por falta de información, a ser un pueblo ignorante por tener exceso de ella.

Actualmente, la cantidad de [des]información que ofrece internet y los medios “especializados” es tan brutal, tan agresiva y tan contradictoria en muchos casos, que es complicado formarse una opinión a no ser que la información sea respaldada por un estudio con resultados fehacientes-visuales. Yo mismo he reportado, sin editar, varios fallos en Wikipedia, en relación a un par de artículos sobre los tipos de estrellas que pueblan nuestro cosmos y las interacciones moleculares que ocurren en su interior. 

Todo esto es especialmente dramático en poblaciones de gente mayor o muy joven. Unos por puro desconocimiento, y otros porque ansían informarse de todo y formar una rápida opinión para que nadie les tome por estúpidos.

Banners de dietas milagrosas, de sitios de citas en los que con un solo clic no volverá usted a masturbarse jamás, de alimentos sobrenaturales que lo curan todo, de libros de autoayuda cuyas editoriales beben precisamente de ese exceso de información, coches lujosos a precios irrisorios, individuos de la farándula que tras años de permanecer en la sombra, leen un guión, vierten cuatro lágrimas y les dan medio millón de euros… y así sucesivamente. 

-La pasta es mala-

-La fruta por la noche es mala- -Un vaso de vino al día es bueno-

-Conoce el súper alimento que los nutricionistas no quieren que veas-

-La verdad verdadera de la muerte de Lady Di-

¿Es esto realmente libertad? ¿O es una ignorancia provocada por bombardeo por saturación?

Nuestra sociedad actual no es fácil de manejar, especialmente, como decía, para mentes susceptibles a la manipulación o jóvenes que se están formando. Hay una cierta comparación bastante siniestra con el comportamiento de aquellos monjes que negaban la sabiduría a la plebe. Piénselo usted bien, recapacite. No hable sin saber. Lea. ¿Es complicado formar una opinión decente y respetable? Oh, sí, claro que lo es. Nadie dijo que fuera a ser fácil. Por suerte o por desgracia, en esta sociedad solo podemos afirmar con rotundidad, al 100%, los eventos que sean demostrados científicamente mediante consecuencias medidas y comprobadas que obtengan un verdadero patrón de acción-consecuencia. El resto… el resto queda en nuestras manos. Su verdad puede que no sea la de los demás. Y la verdad de los demás no tiene por qué ser la suya.

Mi impresión de todo esto es que a veces se me antoja, de manera casi cómica, que existe una deidad superior, llámelo usted como quiera, pero que en vez de ser bondadosa y compasiva, es, en realidad, un bufón celestial con poderes divinos, que se ríe de su creación mientras observa cómo el pensamiento trata de sobrevivir a la ignorancia. La cosa es que el ser humano no tenga la mente limpia y purificada, que siempre necesite ayuda de algo o alguien. La desinformación, bien sea por exceso o por defecto, siempre provoca que el individuo demande ayuda, y en la búsqueda de ayuda, yo, como demagogo impositor, puedo ofrecer lo que realmente quiero que esas víctimas lean y vean.

Solo necesito una cosa para ello: dinero.


© Daniel Borge
Imagen de Thomas Skirde en Pixabay