La doncella en azul

Tendidos los ojos
por encima del mar,
parecía hechizada.
(Tomas Hardy).


En la tapia de piedra
se irisaba la luz del ocaso.
Empolvados capullos
colgaban de sus frondas.
La doncella en azul,
aspiraba el aroma dulzante
y la flor pincelaba de vida
las mejillas marmóreas
de la frágil muchacha.
La joven ataviada de azul
plegaba el miriñaque a
la marchita sombra
del roble centenario.
Su frente custodiaba
cuál sagrado sepulcro,
el oscuro secreto
de su pronta desdicha.
La muchacha en azul
no anhelaba
de vivencias mundanas
ni voluptuosidades.
Ni de ofrendas futuras
que la vida pudiera otorgarle.
Cada tarde, colgaba
de la rama de un sauce
el chal que acogía sus hombros
en su estéril jornada.
Y aquel sauce ofrecía una imagen
decadente y romántica,
de cendales y tules
cubriendo sus arterias
de madera añada.
La floresta:
misteriosa y oscura
ofrecía un mensaje,
para todo aquel 
que osara traspasarla:
«No te acerques extraño,
desvía tus pisadas,
aquí solo habita una dueña:
inmarchitable y trágica».
¿Su nombre? ¡Ah! ¡Su nombre!
Quién no ha sentido alguna vez
su nombre oprimiendo
tenazmente la garganta?
Su nombre es:
                        N O S T A L G I A


© Texto de Rosario de la Cueva.

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