La llama telefónica (primera parte)

Isabel, a pesar de tener su teléfono móvil, seguía manteniendo el fijo de la casa, no le molestaba y era su número de toda la vida desde que se trasladaron a la nueva vivienda.

Estaba en su casa cumpliendo con sus labores propias del hogar, ya que, de momento, no tenía trabajo.

Sonó el teléfono de casa, descolgó y:

– ¿Digame?

– Soy la novia de su marido, haga el favor de dejarle ir, no la quiere, vamos a vivir juntos. Mi abuela me deja su casa para que podamos estar allí.

Nos está arruinando la vida.

Isabel se quedó helada, sin capacidad de responder, solo acertó a preguntar el nombre de la presunta novia.

No tuvo tiempo, ella cortó la llamada antes.

Durante unos minutos se quedó parada, intentando digerir qué había pasado.

La primera decisión fue la de llamar a su marido, sabía que no debía hacerlo mientras estaba trabajando, pero lo hizo.

– ¿Digame?

– Hola soy yo, Isabel

– Ah, vale, ¿cómo es que me llamas al trabajo?

– Sencillamente porque acabo de tener una conversación con tu novia.

….. Silencio

¿Mi novia? Será alguna loca.

No sé lo que será, pero esa llamada no me ha gustado. Así que cuando vengas a casa tendrás algo que aclarar.

Isabel estuvo inquieta toda la mañana esperando la llegada de su marido. Esperaría a que los niños volviesen al colegio para poder hablar más tranquilamente.

Llegó el momento y volvió con la pregunta.

– ¿Dime quien es esa novia?

– Ya te he dicho que no sé quién es, alguna bromista

– No me ha sonado a broma y te digo una cosa para que la tengas clara, si realmente es así, y prefieres esa otra supuesta relación, ya estás tardando en preparar tus cosas y marcharte a vivir con ella. No quiero “arruinaros la vida”.

– Te estoy diciendo que eso no es verdad

– Tú verás, si me mientes, lo voy a descubrir

El encogió los hombros, preparó la chaqueta, las llaves del coche, se acercó a Isabel, posó un suave beso en la mejilla y se despidió con un “hasta la noche”

Sin pretender averiguar nada, la información llegó con una rapidez pasmosa.

Vuelve a sonar el teléfono y se alarma.

– ¿Dígame?

– Hola Isabel, son el director del banco donde tienen sus cuentas, me falta su firma en un documento, por lo que agradeceré que venga por la oficina a firmarlo, a la mayor brevedad.

– Oh, no sabía que tenía algo que firmar.

– No se preocupe es una bagatela, pero es necesario que Ud. firme.

– De acuerdo, mañana a primera hora, cuando mis hijos vayan al colegio pasaré por allí.

Al día siguiente, al verme entrar, el director se levanta para saludarme.

– Buenos días Isabel, gracias por su rapidez en acudir.  ¿Le apetece un café?

– No me vendría mal. Gracias.

Fueron a la cafetería que estaba al lado del banco y la actitud del director cambió, ya no era el trato profesional, comenzó a lanzar propuestas como las de salir con él.

Corté el café rápidamente.

– Necesito que me dé el documento que tengo que firmar. Tengo mucho que hacer.

– Perdón Isabel, es un error por mi parte, pero me da la impresión de que esta Ud. – – abandonada por parte de su marido.

Ahí me dejó fría y solté una respuesta cortante.

– A Ud. eso le importa un bledo, son cosas íntimas en las que no debe inmiscuirse, de hecho, quitaré la cuenta de su banco.

Se transformó su cara, pidiendo perdón de mil maneras.

Fuimos a la oficina y cuando me enseñó el documento a firmar, me quedé en blanco.  Era la solicitud de un préstamo personal que había pedido mi marido.

Me negué a firmarlo, hasta que mi marido no me explicase por qué y para qué necesitábamos ese dinero.

Le pedí una fotocopia de ese documento, quería leerlo tranquilamente en mi casa.

Al llegar a casa, descubrí que la infidelidad estaba servida, ese contrato de préstamo revelaba muchas cosas, entre ellas el comportamiento del director del banco respecto a mí.

Preparé una maleta pequeña, metí la ropa imprescindible, los objetos de aseo de mi marido y la coloqué en la habitación de matrimonio, encima de la cama.


© Texto:  Maruchi Marcos Pinto
© Imagen: Encima de la niebla