La luz del junco

En la sutil línea que bordea al junco, de oro pálido, de luz tenue, de fulgor desvanecido por el cansancio del día, se despliegan las alas de la tarde cuando está agonizando, como un último suspiro de oro que vence al verde, la exaltación de la tarde suspirada, en un filo de espada de luz vulnerada, herida hasta el filo de la vida.

Sólo dura unos instantes, hoguera de lo efímero, pero es tan dulce como una sonrisa rasgando la quietud del aire. Como un abrazo recogiendo la agonía de la tarde, en ese íntimo momento en que el horizonte arde.

Detrás de las colinas, un fulgor conocido y antiguo, dibuja en el horizonte la sangre de todas las sangres. Detrás de las colinas, se acumulan los soles gastados, de aquellas tardes que se fueron a la memoria de los hombres.

Muere el día en silencio, la luz del junco desaparece en las tinieblas del atardecer, en un sutil desvanecimiento de ahogo de sombras. La irremediable muerte del ángel verde herido de luz vencido por el ángel negro, señor de la oscuridad. Pronto las sombras cegarán los ojos del amor.

En lo alto, la luna contará a las estrellas la bella historia del junco que, todas las tardes, de luz herido, muere de luz siempre sorprendido.


Texto e imagen © Felipe Espílez Murciano