La maestra

La mañana comienza con Remedios barriendo la calle y recogiendo las hojas que en círculos huyen sin sentido. Más abajo, las otras mujeres repiten el mismo baile y, tramo a tramo, en las callejas del pueblo, todas se aplican en la batalla diaria contra el absurdo de barrer el polvo y recoger el viento. Se comunican sin palabras a golpe de escoba, provocando una corriente que sube y baja entre las casas en un circuito cerrado que nadie quiere romper. ¡Ay, de la que lo rompa! ¡Ay, de la que no barra!

El aire perfumado de fruta aún recuerda el verano que vive sus últimos días y los chopos todavía parecen un mar de olas verdes tierra adentro. La escuela: dos aulas en las afueras del pueblo, suspendidas en el cielo sobre la vega y el río, están en silencio en espera del comienzo del curso, que este año estrena maestra.

El Viajeros, casi puntual, aparca con esfuerzo en una plaza colgada en un cerro, sólo el tiempo necesario para que Lucía baje. Junto a un banco, cuatro viejos fuman al sol y descarados se vuelven a mirarla. Ante la ausencia de otros, se ve obligada a preguntarles por la fonda del pueblo (donde piensa vivir).

– Buenos días. Por favor, busco la casa de Rosario, ¿me pueden decir dónde está?

– Aquí no hay pérdida. Toda la calle adelante; nada más pasar la iglesia a la derecha, en una puerta con cortina a rayas azules y blancas. Ahí es, pero… ¿qué se le ha perdido en este pueblo?

– Otra, qué se le va a perder, el trabajo, maño, que seguro que es la nueva maestra. Cada vez son más jóvenes.

– Que la juventud es cada vez más lista.

– Depende para qué, que para trabajar andan todos poco espabilaos.

– Eso, maño, eso, que para trabajar: nosotros. A poco tenía yo ocho años y ya andaba con mi padre en la era; y en la fruta, que yo me recuerdo de haberla recogido de siempre, desde que tengo uso de razón me veo subiendo y bajando a los perales y a los manzanos más recios.

– Y a todo lo que hiciera falta, Ramiro.

Los viejos recuerdan y la ignoran con el mismo descaro que antes le clavaron los ojos.

– Gracias —dice agarrada al equipaje y enfilando la calle, atenta a la iglesia y la cortina de rayas de la casa de la fonda.

Al pasar junto a Manolica le da los buenos días, que la mujer contesta simpática sin dejar de barrer con fuerza el empedrado, analizando a la recién llegada. Cae en la cuenta de quién tiene que ser y pregunta directa:

– ¿Qué, la nueva maestra?

– Sí, sí, soy la maestra, busco la fonda de Rosario.

– Que te alojarás allí, ¿eh? Y perdona que te tutee, maña, pero como eres tan joven pues…

– Encantada. Me llamo Lucía.

– Yo Manuela, pero me dicen Manolica. Tengo un chiquillo de once años que ya conocerás, se llama Iván, conque cualquier cosa, ya sabes dónde me tienes. La fonda está un poco más abajo, sigue la calle y nada más pasar la iglesia te darás de bruces con la cortina —dice abrazándose a la escoba.

– Gracias, hasta luego.

– Adiós, maña, adiós.

La calle estrecha serpentea en cuesta sin dejar ver lo que hay en el tramo siguiente. Huele a leña y a manzanas, y hoy no sopla el cierzo del que tanto le han hablado.

Otra mujer de más edad (que también barre) se ha parado al verla venir, le sonríe al pasar y enseguida vuelve a la escoba sin dejar de mirarla con disimulo. La calle se hace aún más estrecha y en un rincón, muy protegida del viento, la cortina de rayas le indica que ha llegado a la casa.

Rosario se presenta cariñosa, besa a Lucía y le indica que la siga hasta el piso superior, donde una sencilla habitación será su nuevo hogar. La luz fuerte que entra por la ventana atrae a Lucía, dejando el resto de la estancia en una penumbra por descubrir. Se asoma a la ventana y descubre la vega, el río y, al final de un camino que atraviesa el puente, una ermita rojiza que se confunde con la tierra.

– ¿Qué tal, hija?, ¿le gusta? —pregunta la mujer.

– Sí señora, mucho, y ahora quisiera ir al colegio, que me esperan a pesar de ser domingo.

– Maña, tiempo habrá, que tienes todo el curso por delante, pero vamos, que, si quieres ir, no tiene pérdida, la calle se acaba allí. La escuela es pequeñica, pero como casi no hay chiquillos, aún sobra.

Lucía sigue la indicación y vuelve a ser observada, esta vez por una mujer que barre sin molestar al suelo y que sin dejar de mover la escoba la saluda. Tras un tramo recto aparece una pequeña plaza desierta con una fuente de cuatro caños. Por fin, libre de miradas, bajo la algarabía de los pájaros, Lucía sabe que está donde soñó.

Al llegar a la escuela, en lugar de entrar rodea el edificio. La calle termina allí, en la parte más alta. Debajo, la ladera del cerro está cubierta de casas de adobe que se confunden con el terreno y se extienden hasta el río, que rodea al pueblo, encajonado entre un cauce de chopos gigantes que amarillean. En el horizonte: el Moncayo y el sincronizado baile de los buitres. Lucía fantasea con volar y mirar el pueblo desde la altura, pero un rebuzno la devuelve a la realidad. En la escuela, dos mujeres están esperándola.

Todo es como ha imaginado; dos clases idénticas y pequeñas con pupitres de madera, y en un rincón una estufa de hierro. Las mujeres no tardan en ponerla al día: apenas hay chicos y todo es tranquilidad. Una está a punto de jubilarse, llegó como ella, cuando era joven, se enamoró y echó raíces, y no volvió a su pueblo más que de visita. La otra, espera pedir un nuevo destino.

– Aquí no se está mal, si llevas bien la soledad. A mí me cuesta, me oprime tanta tranquilidad y el próximo curso me iré.

– Hay gustos para todo —contesta la mayor—, pero bueno, yo no soy la más indicada; me enamoré al llegar y ahora soy viuda; mis hijos hace mucho que se fueron, pero ésta es mi casa. Me he acostumbrado a estar sola y los recuerdos felices aquí vividos, me retienen.

Desde la clase se oye a la campana llamar a misa y las dos maestras dicen que se tienen que ir. De vuelta de la escuela, Lucía se encuentra con un grupo de mujeres que la saludan.

– Adiós, adiós —dice una.

– ¿Encontraste la escuela? —pregunta Manolica.

– Ni que tuviera pérdida —contesta otra.

– A misa que vamos —dice la más joven.

Al llegar a la fonda, Lucía llama a la puerta.

– Pasa, pasa —dice Rosario—, que aquí nunca echamos la llave durante el día, y a veces ni en la noche. ¿Te vienes a misa? A la vuelta comeremos.

– Iré con usted —dice Lucía.

– Sí, maña, sí, que ésa es una buena forma de empezar, dando gracias a Nuestro Señor por estar bien y tener trabajo.

Apenas unos metros, y una reja gruesa y desgastada delimita el terreno santo, donde la tierra pelada y un ciprés recuerdan que allí estuvo el cementerio.

Es domingo, pero apenas están llenos los bancos, ocupados en su mayoría por mujeres y un pequeño grupo de hombres viejos en la parte izquierda. Aun así, a Lucía le parece una multitud de miradas que se abalanza sobre ella. Rosario le cede el paso en el banco y Lucía se sienta junto a una mujer vieja vestida de verde oscuro que al tenerla al lado le sonríe y le pregunta muy bajito, con la mano cerrada tapándose la boca:

– Maña, ¿y tú quién eres?

Antes de que Lucía pueda contestar, Rosario responde:

– Es la nueva maestra, la que viene en lugar de doña Concepción. Se quedará en casa.

– Mira si corres en coger inquilinos —dice la mujer del vestido verde, a quien airada contesta Rosario—: Otra, ¿adónde ha de ir sino a la fonda?

– Sí, chica, sí, que la que no corre vuela —insiste la primera, mientras Lucía entre el cruce de palabras no sabe qué hacer salvo clavar la vista al frente, igual que Remedios, que permanece de rodillas en el extremo del banco, ajena a la situación. Las mujeres de alrededor disimulan complacidas ante la que se podía armar de estar en otro sitio. A ninguna se le escapa la rivalidad de ambas por el control de alojar forasteros.

La misa comienza y el centro de atención se desplaza al cura para alivio de Lucía. A ella no le extraña que el hombre sea mulato, aun así, le encuentra algo especial: la voz, de un marcado acento caribeño que no cuadra con el entorno, eso y que le recuerda al marido que se trajo su tía de Cuba, cuando ya había perdido las esperanzas de boda y sin importarle que fuera mucho más joven que ella, aunque después la abandonó. Poco a poco Lucía se va olvidando de las mujeres, que ahora cuchichean del oficiante. Una ráfaga de viento se ha colado en la iglesia sacudiendo el pelo de los asistentes y haciendo temblar a las velas que resisten la embestida.

Está anocheciendo y encuadradas en la ventana del dormitorio de Lucía, aparecen las primeras estrellas. Las sombras de los árboles sobre el río, que ahora suena más fuerte, y el llamar del cuco y el croar de las ranas, la afianzan en su decisión. Está donde siempre quiso estar desde que empezó la carrera. De no ser por tantas miradas que han conseguido ponerla nerviosa, todo le parece perfecto. Tendrá que acostumbrarse y organizar cómo pasar el tiempo después de las clases. Escribirá poesías.

Duerme abrazada a la almohada. Va por las callejas buscando la bajada hacia el río. Hace sol, pero de repente cae la noche y sopla el cierzo. Tiene los pies atrapados en el suelo, como si alguien la sujetara; respira con dificultad. Cada paso que intenta es un esfuerzo agotador. Se siente vigilada. Al volver la cabeza, algo al fondo la petrifica. Está aterrada. Una nube densa la envuelve y moja el cuerpo. No puede correr. De pronto, entre las sombras, se perfila la imagen cambiante de un animal negro, con barba de chivo. Intenta huir ante la proximidad de los cuernos. No puede chillar. Se ahoga. Empieza a caer como un peso muerto, como una pluma, hasta convertirse en un pájaro que se eleva. No siente peligro, ha conseguido escapar. Está en posición horizontal con los brazos extendidos a modo de alas y vuela sin esfuerzo, suspendida en el vacío por encima de las casas; con las manos puede dirigirse hacia donde quiere. Se aleja del pueblo y sobrevuela el río que ahora es inmenso; se mantiene en paralelo al cauce que va hacia el Moncayo. Está amaneciendo. Por un momento cree que sueña, le da igual, y, como los buitres, hace círculos cada vez más amplios. Un ruido de alas se acerca por detrás. Se balancea y teme caer, pero reinicia el vuelo. Por debajo la sobrepasan mujeres subidas en escobas, que preguntan insistentes y riéndose:

– Quién eres, Lucía, ¿quién eres?

Las reconoce. Son todas las que ha visto a lo largo del día y que ahora vuelan abrazadas a las escobas. Se ríen al pasar junto a ella preguntando repetidamente quién es. Lucía se une al grupo en dirección al Moncayo. A medida que se acercan a la mole, siente la atracción de la cima y el monte se vuelve inmenso y cambiante, hasta convertirse en una gran casulla blanca de la que emerge un extraño ser, un hombre con barba de chivo que llama por su nombre a las mujeres, quienes responden lanzándose hasta traspasar la sábana que cubre el monte. La voz de «dulce acento caribeño», llama a Lucía, quien al igual que las otras mujeres, atraviesa el inmenso manto blanco del monte.

El impacto la despierta. Vuelve a la realidad de su primera noche en el pueblo y, se abraza a la almohada esperando retomar el vuelo.


© Texto e imagen: María Cruz Vilar 
Del libro de relatos: Soplar al cierzo ( www.soplaralcierzo.com)

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