La misa

Se asoma por los cerros, estalla en los brotes de los frutales y en la hierba de los caminos. Pinta al campo como a un cuaderno infantil y canta en las acequias, en el río, en el alboroto de las ranas y en la algarabía de los pájaros. Impetuosa, arrastra nostalgias de inviernos vencidos y regala abriles coronados de flor. Nada es ajeno a su ímpetu, a su manto vital, a su rastro de naturaleza invasora.

Pobladora de grietas y charcos se hace sublime en el embriagante perfume de unas manos, y en el dulce roce de un beso.    


Iglesia

La misa

—¡Al que madruga Dios le ayuda! —dijo despegando la pereza del cuerpo al comenzar el nuevo día.

Las sábanas blancas, antiguas, se quedaron solas conservando el calor de su piel que el transcurrir de la noche había apurado. La casona, rezumando sombras, amaneció del silencio con la voz familiar de la radio. Y otra vez los mismos movimientos: la fuerza de la costumbre, lo cotidiano aprendido.

Se espabila con el agua fría sobre la cara, en el cuello, en las axilas, en los brazos y en los pechos grandes y caídos; se mira detenida en el espejo, ante la imagen casi desnuda, con el interrogante de quien no se reconoce al pasar del tiempo, sin poder evitar la tristeza al observar las formas que en soledad se marchitan. Luego, las primeras oraciones antes del desayuno y la tarea diaria de limpiar lo limpio mientras se desgranan las horas.

Es domingo. No hay nada especial que hacer, será la misma rutina, pero es fiesta y siempre se ha de guardar. Si la lluvia lo permite, al caer la tarde paseará con las amigas por la carretera que une el pueblo con el exterior, apenas dos kilómetros por los que ir y venir hasta que la noche las mande de vuelta a la casa y a la cena ante un televisor que la abre al mundo.

Hoy hay misa a las doce y Remedios se viste como corresponde. Coqueta, se aplica unas gotas de colonia de un frasco que guarda cuidadosamente en el armario envuelto en un pañuelo con dibujos de mariposas.

La primavera revienta de flor en el camino y el aire suave de marzo huele a azúcar de almendra.

—¡Hala, hala, a misa, que ha tocao ya la tercera!

—¡Chica, que no la oí, con los chiquillos gritando que ni me entero!

—Con el jaleo que preparáis en casa cuando te llegan los nietos, lo raro es que la oyeras. ¿Te vienes?

—¡Tira, tira, que aún tengo que componerme!

Sube la cuesta hacia la iglesia, donde el reloj hace rato que dio el tercer cuarto y una campana repite que la ceremonia va a comenzar.

—Buenos días —dice bajito, hasta colocarse como siempre, junto a las otras mujeres con las que ha crecido. Cuando eran pequeñas, su sitio estaba delante, junto a la madre, luego, con las amigas al fondo; ahora que el tiempo corrió por los bancos de la iglesia, le corresponde ahí, en primera fila.

—¡Con las viejas, maña, con las viejas!

—Ya nos ha tocao estar las primeras.

—¡Otra, peor sería no haber llegao!

—Pues aquí, las primericas, para ver mejor al señor cura —comenta una mujer sin levantar la voz, mientras Remedios se sonroja.

Los asistentes, en su mayoría mujeres, aguardan relajados el comienzo de la ceremonia, mientras la brisa se cuela por las rendijas de la puerta desvencijada, incomodando a las velas.

Remedios reza de rodillas con las manos juntas clavando la vista al frente.

Huele a viejo de las últimas humedades y a cera ardiente pero, en los rayos de luz que penetran por la ventana del coro, entra arrogante la primavera.

A veces, se imagina llamada por coros celestiales:

—¡Remedios, Remedios, subirás a la Gloria, pero no dejes el rosario y la novena y pon flores en el altar, y no te olvides de las limosnas!

Convencida, hace de su entrega un porqué para seguir viviendo.

Solemne, aparece el cura junto a un monaguillo desganado; las mujeres, sorprendidas, murmuran disimuladamente:

—Pero ¿tú has visto? ¡Que otra vez no ha venido don Esteban y han mandao a este principiante!

—Calla chica, que principiante o no, por el seminario ha tenido que pasar y estudios no han de faltarle.

—Que meseó, a éstos, con eso que dicen de la crisis, los ordenan en cuatro días.

—Si es que el pobre don Esteban está mucho malo, aunque haga esfuerzos para venir todos los domingos.

—Que sí, chica, que sí, que se va a morir celebrando y a alguien nos han de mandar, que estos menesteres no los hace cualquiera.

—Ya no saben de qué país traer, a este paso, cualquier día celebra un chino.

—Y éste, ¿de dónde será, tan morenico?

Todas se ríen muy bajito, y el oficiante: mulato, cuarentón y deslumbrante con la casulla, inicia con voz melosa y cercana la Santa Misa.

Las mujeres se van metiendo en el trance del culto y, más serenas, se repliegan a la vez que participan.

Remedios, que se mantenía orante y abstraída, se sorprende al levantar la cabeza y sentir la mirada de un hombre que fijamente le habla. Remedios se inclina clavando la vista en el suelo y, con las manos prietas en su viejo misal, nota un calor que la recorre toda.

—Otra vez los sofocos —se reprocha, conteniendo la saliva, mientras los sudores se pasean por las entretelas—. Menos mal que huele a agua de rosas de la que guarda en el armario.

El cura desarrolla cada escena y cada diálogo, sometido todo a la fuerza de su presencia, sobreactuada por un dulce acento caribeño que Remedios escucha como llegado de otro mundo. Remedios intenta concentrarse en la oración pero se revela el instinto y, al levantar la cabeza, ve: el Paraíso.

Los calores han ido cediendo dejándole el cuerpo humedecido. El viento suave se cuela descarado por la iglesia. Cantan las mujeres, y transcurre como siempre el acto religioso. Ella está desconcertada como no lo ha estado nunca; no sabe bien qué pasa, salvo el sofoco, ahora ya sudor frío, que le empapa la ropa. No puede dejar de mirar a ese hombre, «de ojos de tizón y morro de ternasco», mientras un escalofrío la sacude muy adentro, muy raro, pero extrañamente complacida.

Alguien le da un codazo:

—¡Mañaaa!, ¿que no comulgas?

Remedios sonríe como quien baja del cielo y, entre nubes, camina despacio, arrobada, en busca del encuentro que, en su ensoñación, siente de «amado con amada». Cae de rodillas ante el altar, cierra los ojos y se entrega. El olor penetrante del incienso y las velas la elevan al infinito. Por un instante, el tiempo se para, no existe, y ella se recrea en el gozo… Temblando, se asoma al Purgatorio que le ofrecen unas manos grandes y seguras que pausadamente se acercan a su boca, dejándole oler la piel, suave y cálida, ante la que sucumbe en el éxtasis de un beso.

Caudalosa, la primavera se regala de flor en los almendros y se desborda por los bancos de la iglesia.


Texto y fotografía © María Cruz Vilar