La nevera
Tas su puerta blanca, de fría nieve fría, ennacarada hasta la misma esencia de los jazmines, tan bonita como la cara de una geisha, se guarda la esencia del norte en estalactitas de sueños y una luz que siempre se enciende cuando abres la puerta, buscando el helado que te quedó de niño.
Huele a corcho congelado, a universo agujereado, a montañas de nieve jamás escaladas, a mañanas recién amanecidas de escarcha también recién nacida y, hasta diría yo, que se oye el rumor del zorro rasgando la nieve de la ladera de los suspiros helados que suspira desde su alma inclinada.
Cuando cierras su puerta, se duerme la luz en sus sábanas de sueños blancos, y te queda un temblor en las manos parecido al agua del río cuando amanece, ésa que pincha el alma de la piel con alfileres de frío, con agujas de río. Y después, una sensación de duermevela en los ojos empañados de vuelos blancos.
Y siempre, siempre, guarda tu nevera el helado que te quedó de niño, y una luz de oro que te alumbre el camino, como las manos de tus padres cuando tomaban las tuyas de niño, en aquellos paseos de invierno infinito. Dejando huellas en el camino que el viento borró y que solo el recuerdo guarda en los copos del corazón.
© Texto e imagen Felipe Espílez Murciano

