La noria de la vida

La barca bajaba lenta y silenciosamente por el plácido río, cuando la mañana se limpiaba las sombras que había dejado olvidadas la noche en unos suspiros de frío.

Su cuerpo, dolido por la vida, acuchillado de años, sangrando recuerdos, parecía formar parte de aquella madera hecha viajera cuando la barca crujía al cortar el agua con su quilla. Iba sentado a popa, desganado de sí mismo y sintiendo que cuando respiraba robaba un aire que no le pertenecía, desapegado de una vida de la que se había desenamorado.

El suave devenir de la frágil embarcación sobre aquellas aguas casi dormidas, le hacía recordarla en el mar de sus sentimientos, en aquel fulgor azul donde moran los silencios. Su piel, con un frío en deshielo, deshilachaba viejas caricias que aún dormían en sus poros, huecos del alma que se estrellaron en el pasado.

Navegando melancolías con unos remos desmayados, hubiera acercado distancias si hubiera sabido cuál era su destino. Pero su huida, silenciosa y reiterada en la parsimonia, era apátrida del alma. Esa circunstancia, bañaba de indolencia su corazón y, convertía las venas que delataban que aún estaba vivo, en unos finos ríos malvas que habitaban su piel sin permiso.

Nada presagiaba que su tristeza fuera a encontrar mejor fortuna que la de vivir en su desvivir. Pensaba que seguiría destejiendo destinos, despreciando amaneceres, pues sus latidos parecían haberse despistado de su propio corazón.

De pronto, la acuarela fija de su entorno más inmediato, recibió una pincelada inesperada. No supo de qué se trataba de forma inmediata, pero era evidente que algo había pasado, que las líneas del paisaje habían sufrido un cierto temblor que le evocaban antiguos sentires arrugados y amarillos.

Al poco tiempo, tan pequeño que ni siquiera cabía en los relojes, se dio cuenta de lo que sucedía. No era nada extraordinario, pero la vida ofrece, a menudo, sus mieles en cosas sencillas. Ligeras y breves, como aquélla. Tan sutiles que exigen una mirada especial, la de ojos enardecidos, de pupilas en batalla.

Un libro. Era un libro. Estaba en la orilla. Perdido u olvidado, pero en cualquier caso solitario. Como él, como su mismo abandono. Bogó hacia la orilla, dando sangre nueva a los remos estúpidamente resecos. Enseguida llegó a la altura donde se hallaba aquel libro de tapas doradas y que estaba atascado entre dos juncos, dándole un aspecto de templo abandonado por el tiempo, olvidado de las pupilas.

De un salto llegó a la orilla con alma de lince y posó sus manos sobre aquel libro que descansaba de ojos ajenos. Enseguida pudo ver el título en letras escarlata: “El destino perdido”. Sucumbió de inmediato a la tentación de leer su contenido, pero… el libro tenía las hojas vacías. Ni una sola letra habitaba ni una sola de sus hojas, aunque estaban gastadas como si hubiera sido leído o, mejor dicho, vivido. Supo de inmediato que aquellas hojas de nata estaban esperando ser escritas y que, por razones del destino, como siempre incomprensibles, él era la persona que debía acometer tal aventura.

Cogió el libro con las dos manos y tiró de su cuerpo hacia el cielo. Cuando estuvo derecho, una suave brisa acarició su rostro y despertó a sus pupilas. Anduvo unos pasos y se sentó debajo de un frondoso árbol que hacía guardia cerca de la orilla de aquel río. Resguardado de los rayos del sol, que parecían querer habitar aquellas hojas de nieve, sacó un viejo lápiz que guardaba en uno de sus bolsillos y se dispuso a escribir. Un temor, desconocido para él, le apretó sus sienes hasta que aflojó aquella tensión con una sonrisa de miel.

Desde aquel momento, la vida vino a visitarle porque quería ser parte de aquel libro, dejar constancia en sus hojas de la belleza que se perdía en el aire, quedarse atrapada, para siempre, en las hojas del tiempo perpetuo. Vinieron a visitarle, uno a uno, todos los animales del bosque, con la silenciosa querencia de ser parte del sueño. Los árboles lejanos y las montañas y las nubes le enviaban su imagen a través del viento.

Y, poco a poco, día a día, escribió sobre todos ellos. Hasta que un día se percató que estaba escribiendo de su vida. Porque, él, aún que no se había dado cuenta, era parte de todo aquello. Una parte, al mismo tiempo, necesaria y prescindible.

Y contó, con el escalofrío del alma, con el temblor del corazón reposado, con los ojos de color y los dedos de pincel de nube, todas aquellas historias que, lejos de ser ajenas, formaban parte de su propia existencia. Y siguió escribiendo hasta que su soledad se deshizo en la niebla del tiempo. Hasta la última página, blanca como la nata, en la que él dejó el arcoíris de la vida.

Aquel día, el que llegó a la última hoja, dejó escrito en la última línea, que la vida nace todos los días, entre la sangre del horizonte, en el momento en que la luna se quita su polisón de estrellas. Y esa renovación de la vida es también una renovación del alma. Era feliz… Quiso decirlo, pero no le quedaba más espacio en el libro. Cerró las tapas. Pudo sentir como los animales, las plantas, los árboles, el mismo cielo, estaban atentos a sus movimientos. Todo era armonía natural. Así que sacó su flauta y comenzó a tocar, agradecido, bendecido por la belleza compartida.

El aire se llenó de notas mágicas que el viento propagaba como semillas de belleza. Después, dejó de tocar y dirigió la vista hacia el libro. Pero ya no estaba allí. Sus hojas volaban por el aire libre como golondrinas blancas, como alondras malvas, los juncos hacía reverencias y un águila, desde el casicielo, miraba sonriente al aire hecho acuarela. Era la primera vez que veía sonreír a un águila.

Después se marchó, lentamente, y emprendió un largo viaje hacia su futuro, gastando presentes. Y las personas que se cruzaban en su camino querían que les contasen historias sobre los quietos álamos, las garzas de nieve, las amapolas en incendio y las nubes enamoradas del mar. Y todos decían que era un hombre sabio, y él sentía el sosiego de la felicidad correr por sus venas.

Estuvo muchos años así, repartiendo sonrisas, hasta que un día su alma emprendió el viaje azul que no tiene retorno. Ese día, las hojas viajeras del libro, se volvieron a juntar en el aire y se unieron en un libro que cayó en la orilla del río. Una nube lloró lágrimas de tiempo y se borraron todas las letras. Cerca de allí, muy cerca, bajaba una barca con un hombre silencioso, arrastrando soledades. De pronto, el hombre se giró y vio un libro. Se acercó a él y observó que sus páginas estaban en blanco.

En lo alto, en el casicielo, un águila sonríe…


Texto e imagen © Felipe Espílez Murciano 

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