La nueva amistad

Cerraron los bares y no me importa, pero me cerraron el bar “La nueva amistad”, el del viejo Velázquez, y es como si me cosieran la boca. Debe hacer 30 años —porque cumplo 33 de casado —que el viejo mostrador me consuela los codos, es como un diván de madera que me despeja del aburrimiento de la jubilación. No soy de beber, apenas un copetín y solo en “La nueva amistad”.  Velázquez me ve llegar y prepara lo mío, un reflejo que no pierde con los años. A veces solo de escuchar el quejido de la puerta y ver a contraluz lo que no me queda de pelo, le alcanza para que busque el vaso, la botella de vermouth y casi antes del “buenas, Mendieta”, me tenga preparado el brebaje. El limón no siempre está, depende de la estación y el precio. A veces me avisa segundos antes del primer trago que se le acabó el vermouth rojo y me sirvió el blanco. Cosas de viejo, porque sabe que no le voy a escupir en la cara. Son esas veces que saco el tema de la política a propósito, para hacerlo sentir mal. Porque mi izquierda la llevo en el corazón y a él la derecha no le ocupa ningún órgano vital, pero han pasado los años y no cambia de parecer, por suerte, si no no tendríamos de qué hablar cuando el tema pide adrenalina.

Pues hoy las noticias me cachetearon conque los bares iban a estar obligatoriamente cerrados. Entonces pensé en el futuro del viejo como si fuera mi hijo. Si él supiera de mi pensamiento ya no tendría el mismo concepto de mí. Porque una cosa es estimar a un cliente y otra saber que el cliente se le encariñó al punto de pensar pavadas como esa. ¡Un hijo el viejo! Que me gruñe cuando algo no le gusta y después larga indirectas como para que el trago me queme y quiera terminar de tomar y pagarle lo antes posible. Y volver al otro día, si, para encontrármelo impune, con la sonrisa de folleto de propaganda, porque el viejo sabe que necesita de los clientes fieles como yo. O de repente, por qué no, me agarró cariño también, es lo mínimo que debería… Si no tiene a nadie el viejo, a nadie…

Hoy, al levantarme, tuve ese pensamiento bastante amoroso y con todo el rollo de la solidaridad, lo llamé al teléfono, que pocas veces suena, pero seguramente al pobre viejo le iba a cambiar un poco el día:

— Habla Mendieta, Velázquez.

— ¿Qué pasó? — dijo.

— Nada, pero lo llamo porque tendrá el bar cerrado.

— Se sabe.

— Bueno, será hasta otro día.

— ¿Pero para qué me llama?

Agrio el viejo, no se merecía mi llamada. Qué tenía para hacer el viejo, nada. Agradecido no se lo escuchaba. Era como si le molestara tener que atenderme sin cobrarme la consumisión. Fue un error, pero elegantemente lo disimulé:

— Lo llamaba porque me preparé un vermouth rojo y me acordé que en estos días usted no pasaba del blanco. Encontré una botella en mi alacena, habrá que hacerla rendir en la cuarentena. ¡Me quedó con rima y todo! Bueno, hasta mañana Velázquez.

— Buen provecho, pero mañana no me llame, que el bar sigue cerrado.

Viejo de mierda, malagradecido y amargo. Treinta y tres años de cliente y el muy ácido ni una palabra de aliento, ni saber cómo ando, cómo me lleva esto de quedarme en mi casa al lado de mi mujer todo el día.

Fue cortar y llegar, escapado, hasta la puerta del maldito bar. Solo para ver si estaba cerrado. Parecía un barco encallado, de esos que no se sabe cuándo fue la última vez que tuvo a alguien vivo adentro. ¿Y el viejo? ¿Qué estaría haciendo todo el día ahí adentro? ¿Se habría puesto a limpiar para no aburrirse?

— ¡Está cerrado, Mendieta! — me gritó desde la planta de arriba, como esos boxeadores que tiran al suelo al contrincante y no conformes, les dan otro puñetazo.

— ¿Qué tal, Velázquez? Pasaba nomás, no se preocupe.

— ¿Pero usté no escuchó que anda el coronavirus?

— Tranquilo, tranquilo — le mandé con una sonrisa —todo bajo control…

El viejo se había sentado en el pequeño balcón sobre la ventana principal del bar y desde ahí, con una copa en la mano, me daba clases de ciudadanía. Pero si fuera eso solo todavía. Estaba aglutinado con una morocha cincuentona que yo nunca había visto en el bar. ¡Tremenda morocha…! Me miraba con ojos chiquitos mientras lo envolvía con sus pechos al viejo, que quedaba perdido entre tanta generosidad ¡Joder! Volví a mirar disimuladamente y apuré el paso. A lo lejos unos perros sacaban a pasear a sus dueños y el único mortal perdido en las calles parecía yo. Y seguí, apurado por encerrarme y por tomarme el maldito vermouth rojo que en realidad era blanco así que no me quedaba otra que hablar de política con mi mujer.

© Lucía Borsani
Imagen de Craig Melville en Pixabay