La otra Gernika

Däna llegó hasta el viejo roble donde pensó que sería el sitio perfecto para poder descansar después de aquel viernes agotador y de una semana más bien estresante. Miró a su alrededor contemplando el cielo otoñal y el manto ocre rojizo que dibujaba los jardines y el paisaje del Madrid de los sesenta. El Retiro mostraba todo su esplendor con el gentío que a esas horas paseaban sin prisa ninguna por el arbolado parque. Las muchachitas que eran como ella, dejaban ver sus encantos al compás de sus vestidos ceñidos y estampados por encima de la rodilla, con aquellos escotes cerrados como los que Sabrina llevaba en las películas de época. Siempre iban en grupo o acompañadas por un apuesto doncel engalanado con traje de los domingos. Era una tarde romántica y acogedora.

Däna había llegado a España siendo aún muy niña, huyendo de la hambruna de su país junto a su familia. Desde muy niña aprendió el arte de la costura que su madre le había enseñado, estando con los mejores diseñadores y galerías de la capital española. Le encantaba zurcir y engalanar las sedas de colores que ya empezaban a verse en las mujeres de alto standing de la sociedad madrileña.

Aquel día necesitaba relajarse antes de llegar a su casa y como todos los principios de fin de semana, la muchacha solía prepararse una pequeña tartera compuesta de un pequeño montadito de jamón con una botellita de agua fresquita que había llenado en su lugar de trabajo. Se sentaba en cualquier banco de aquel inmenso parque a degustarlo con dulzura mientras sacaba de su bolsita de ganchillo, algún libro que había escogido de la estantería de su casa.

Como el último lo había terminado -devorado más bien-, decidió coger otro nuevo que le había llamado la atención, el cual nunca había leído por sus connotaciones bélicas: El árbol de Gernika. Sus hojas estaban amarillentas por el paso de los años y olía aún a flores vivas. Tenía la impresión de que sus páginas podían romperse en cualquier momento según las iba pasando. Aquel olor la embriagó y sintió curiosidad por los que aquellas frases podían enseñarle. Mojó sus dedos notando cierto sabor a vainilla que aún desprendía y acarició sus palabras impresas a golpe de un primer vistazo. Aquel ensayo sobre la guerra moderna abría una pequeña llaga que nunca había vivido y que siempre le habían evitado contar ya que su familia lo había sufrido en sus propias carnes de una forma diferente.

Observó entonces que cada una de aquellas páginas tenía alguna que otra palabra subrayada: otoño, tarde, recuerdos, tristeza, melancolía… Ojeó por encima hasta que llegó a la mitad del libro donde encontró un pequeño sobre descolorido en el en la cual ponía:

“A mi joven Alia”

Con mucho recelo y creyendo que estaba siendo observada, abrió el sobre y sacó unas hojas con una flor marchita que aún se conservaba. Con cuidado la abrió y leyó su con contenido cargado de sentimientos:

“Amor, en esta tarde de otoño en las llanuras del Ganges, añoro mis recuerdos a tu lado y estos se agolpan en mi mente. Sueño con estar a tu lado y con nuestra pequeña que ahora estará creciendo sin la figura de un padre.

Los días son eternos y las noches acechan con ese silencio misterioso que, a hurtadillas, golpean nuestros cuerpos de oscuridad y de miedos.

Esta guerra absurda con Pakistán es la mayor humillación para nuestro país. El hambre aflora y las familias son capaces de traicionarse entre ellas con tal de llevarse algo a la boca. La vida no es buena, los ingleses colonialistas no quieren saber nada de los conflictos que tenemos y el mundo se cae a nuestros pies. Pero aquí seguimos luchando para que nuestra tierra solamente sea nuestra y conseguir esa ansiada independencia.

No sabes cuanto me alegré que tomaras la decisión de trasladarte con tu familia a Reino Unido y de allí a España, para seguir sirviendo a ricos acaudalados con ansia de poder.  Yo por mi parte, sigo aquí ayudando a mi familia a cultivar las pocas tierras que nos quedan y a seguir sobreviviendo.

Os echo mucho de menos y la verdad que no sé cuándo esto terminará, pero te prometo que pronto volveremos a vernos. Algún día de estos cuando la vida aflore alegrías y las tierras se tiñan de color, puesto que ahora solo se ven en blanco y negro.

Solo espero que allí sea la vida sea mejor y que te esté tratando como a la princesa de mis sueños.

Seguiré luchando para conseguirlo y estar pronto a tu lado.

Tu amado esposo Mahit.

Mumbai, a 20 de marzo de 1947”

La joven cristalizó sus ojos y soltó una pequeña lágrima que rodó por su mejilla. Recordó que tan solo algunas fotos de su padre, era lo que tenía en la memoria. Pensó entonces en él y en lo que su madre había sufrido su ausencia y se prometió entonces que aquel libro formaría parte de su historia y escribiría en su memoria, su propia Gernika.


@ Texto: Jesús M.ª Salvador
@ Imagen de pexels

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