La paguita fascista y el libre mercado comunistoide

“La unión hace la fuerza”, una premisa que nos repetimos constantemente y que nos enseña la sociedad desde nuestras épocas de pañales. Es cierto, la unión da fuerza, pero también parece que luego nos da pereza, ¿no? Hace tiempo vi con sumo gusto la adaptación visual de las novelas de ciencia-ficción de dos autores estadounidenses que escriben bajo el seudónimo James S.A Corey, titulada The Expanse, y situada en un futuro no muy distante en el que la Tierra, Marte y el Cinturón de Asteroides han formado tres bandos perfectamente diferenciados en el que cada uno lucha por la supervivencia y por lo que cree que es preciso para mantener su estilo de vida. Tanto los manuscritos como la serie, tratan el fu-turo desde un punto de vista de un drama político sumamente interesante. En la Tie-rra, la superpoblación ha llegado a un máximum tan desbordante, que aunque la economía funcione a pleno rendimiento, sencillamente no hay suficientes puestos de trabajo para cubrir la tasa de población existente. El gobierno de la Tierra, unido bajo un solo estandarte, ha llegado a un par de soluciones simples y eficaces para garantizar el bienestar social de toda la población (en la medida de lo posible). Todos, o casi todos, los puestos de trabajo se sortean de manera equitativa entre candidatos que cumplan los requisitos pertinentes o designados por la entidad contratante, y los que no puedan optar por un puesto de trabajo o simplemente no sean agraciados, se les otorgará una paga mínima siempre y cuando no puedan sustentarse a sí mismos o a su familia. Esa es la idea, aunque en la práctica todo sea mucho más complicado que cuatro meras frases.

Sin duda alguna el bienestar social generalizado es el objetivo primordial de toda sociedad o nación que se precie. Nos gusta el bienestar social, lo necesitamos para que el sistema funcione. Aunque en realidad lo que nos gusta es nuestro bienestar social, y no el del vecino, al vecino que le den por… A ver, calmémonos… Es ciertamente un tema perfectamente comprobable en el mundo del entretenimiento, en la literatura y el cine, muchas de las sociedades humanas y no humanas que describen las utopías de fantasía y ciencia-ficción nos hablan de razas unidas bajo una sola lengua, planetas enteros que existen con el único propósito de sobrevivir como especie y no como guerra de guerrillas. ¡Es cierto! ¡En el fondo queremos que a nuestros vecinos les vaya bien! Pero ¿por qué nos cuesta tanto acceder a las concesiones que nos pueden llevar a esa vida?

Lo cierto es que esta sociedad no solo ha perdido el norte, si no que ni siquiera es capaz de encontrar la roseta de los vientos. No sabemos ni lo que somos, ni qué defendemos ni lo que realmente queremos. La gente llama ultraderechistas a los nazis, cuando las verdaderas raíces del movimiento nazi eran, aunque nacionalistas, socialistas. Llamamos fascista al que se le ocurre decir que Stalin era un carnicero, y denominamos comunistas a los que simplemente quieren desmarcarse del agresivo capitalismo antisocial,  los trabajadores que sudan para ganarse el pan apoyan a individuos que literalmente les quieren quitar el sustento, amparados por la única concesión de un amor  compartido hacia una paleta cromática determinada (sea usted patriota, pero no idiota). Aclárese homo sapiens, aclárese de una maldita vez, a ver si encima nos van a quitar el sapiens y nos vamos a quedar frotando piedras y recolectando manzanas.

En un mundo cada vez más polarizado, ya no se puede defender el balance y el equilibrio, la civilización te arrastra inexorablemente a elegir un bando, y las opciones, todo sea dicho, no son nada halagüeñas. Pues yo me niego… ¡me niego a elegir entre lo que se me da! Prefiero pensar que existe una moderación, ese esquivo equilibrio que es muy probable que ni yo ni mis hijos lleguemos a ver jamás. Existe, no lo duden nunca, existe un “mínimo bien estar social-y luego ya veremos…” Que no nos hagan caer en la ignorancia, en los extremismos y en los chivos expiatorios baratos.

La civilización humana ha ido mejorando a lo largo de su historia respecto a sus sistemas de convivencia, pero soy de los que opina que aún nos queda mucho camino para llegar a alcanzar un equilibrio. Y en estos tiempos tan truculentos que nos acechan, en los que nos vemos remolcados y humillados por nuestra propia “economía”, quiero recordar al mundo que la economía no la hacen los gobiernos, ni los bancos ni las multinacionales, la hacen las personas. Y si las personas no tienen salud, ni física ni psicológica, el sistema se derrumba con la misma facilidad que puede provocar un microorganismo inerte nacido de las entrañas de la madre naturaleza.

© Daniel Borge