La perfecta nervadura de una hoja
De profesión neurocirujano, en su casa los árboles tienen orden de no crecer. Como la desoyen, él los hace cortar, talar, achicar, disminuir, sacar. El jacarandá tenía pensado dar flores en abril, pero resolvieron fecha de cirugía y quedó con el tronco arrepentido por haber sabido dar tanta belleza.
El doctor sale y entra ahora en una casa que no tiene árboles. ¿Nunca se emocionó con la nervadura perfecta de una hoja, nunca con el canto potente de un diminuto zorzal haciendo nido, ni con la savia verde a pesar de la sequía, ni con las perfectas líneas de crecimiento de esos troncos que delatan la edad con orgullo? Quizá fue capaz alguna vez. Sí, cuando resolvió dedicar su vida a entender el intrincado laberinto de las neuronas, a comprender el dolor ajeno para ayudar a mitigarlo, a manipular el cableado increíble de un cuerpo, a cuestionar y lidiar con lo divino en esa máquina maravillosa del ser humano.
Pero ¿qué le sucedió en ese camino de privilegio? ¿Qué circuito neuronal fortaleció para decidir que lo que crece demasiado hay que arrancarlo? ¿Cuánta distancia óptima ha debido poner en su trabajo?
¿Cuánta dureza propia le recuerda un árbol?
Hoy, un pájaro sobrevoló la casa en vuelo errante.
© Texto: Lucía Borsani
© Imagen: Encima de la niebla

