La poesía de Diego Vadillo López

Diego Vadillo López es el hombre de las muchas “pes”: una persona polifacética, politólogo, poeta, profesor, promotor cultural (además de otros oficios que no comienzan por “p”, como novelista, crítico de arte y literatura, ensayista…). Él mismo es un personaje peculiar que parece haber escapado del mundo ficticio de sus escritos. Es como si de repente viéramos a Tomás Rodaja, protagonista de El Licenciado vidriera, de paseo por la Gran Vía, observándonos; o como si Mafalda, hecha carne y hueso, anduviera por Serrano reflexionando sobre las vicisitudes de la vida. Diego Vadillo es un personaje más de sus obras. En realidad, no sabemos qué fue antes, si Diego Vadillo o sus obras.

Como novelista, ha publicado Voz arrojada al vacío (2005), Utopía y Astigmatismo (2007), El Planeta de los nimios (2013) y Don Hez Pecunia Dior y los hijos de Pauta (2014)

Como ensayista tiene varias publicaciones: La bolsa o la Lira (2011), Lirismos de lo horizontal (2011), Gómez de la Serna era trotskista (2011), Quevedo, Valle, Umbral. El Eje Barroco Español (2013), Orfebrerías de lo sublime (2014) y Francisco Umbral y la desquiciada eufonía (2019).

Como poeta, sacó a la luz en 2010 Burladeros de hojaldre. Y recientemente ha salido su nueva obra La bruma consternada de los días (Poesía reunida). Es un volumen en el que aparece recogido su primer libro Burladeros de hojaldre, además de Viaje a la piel y el deseo y Apocalípticos y dopados (ambos poemarios inéditos).

El poeta que Diego Vadillo lleva dentro es un ludópata de la palabra, un jugador empedernido del verbo hecho metáfora. Está dotado de gran capacidad de observación con la que transforma la realidad en paisajes de palabras y crea collages ideográficos en sus versos, tornándose en imágenes surrealistas, subconscientes, cuando el lector las hace suyas.

La primera parte del libro, Burladeros de hojaldre es el diario personal donde la voz del poeta nos habla de las contingencias vitales, de sus inquietudes, y nos presenta un cuadro, algo así como un “Jardín de las delicias” de El Bosco, donde se representa lo cotidiano y lo sublime como en un sueño. Los burladeros de hojaldre parecen ser el dulce refugio de un alma sensible que se atrinchera ante las embestidas que da la vida.

Destaco dos poemas de este libro inicial, el primero y el último del libro. Uno es la radiografía del poeta y el otro una tomografía del desencanto existencial y social con agentes de contraste esperanzadores. 

Tránsitos
Yo transité por trochas tremebundas.
Distanciábanse inquinas a mi lado;
se acercaban beldades a lo lejos.
Bramaban acuciantes ansiedades,
que, bien me sorprendían en las plazas,
envuelto por el vaho de soledades;
bien por la más atroz de las cunetas,
refugiado en albergues de esperanza…
Muchas veces sentado sobre albores;
tantas otras trajeado de intemperie,
divisando cercanas lejanías;
atisbando lejanas cercanías…


Todo ese todo
Desolada sobre el adoquinado
piso de la ciudad
en silencio clamaba su dolor
ante la indiferencia de tantos transeúntes
encaminados
en pos de las perdices
que su felicidad les reclamaba.
Todo ese todo inmenso
cubierto por la nada;
todo ese todo incierto
(relleno con la masa
que discurre por el río de gentío
con su anclaje a problemas variopintos)
que, asumiendo la no existencia
de perspectivas, sigue mientras las
conciencias ciegas y aciagas cercenan
el bloque
cohesivo, fraternal.
Pero bueno, se asume, qué más da,
el todo sigue…
Hace frío en el hoy;
también en el ayer,
pero mientras exista vida habrá
que volver nuevamente a la ilusión
así ha de ser.


La segunda parte, Viaje a la piel y el deseo, es un canto al amor, a un ideal femenino que cautiva el espíritu del poeta. Tan pronto nos eleva a los cielos sublimes del amor excelso, como nos transporta al parqué bursátil donde se cotizan las acciones de la pasión:

Abanicos de ensoñación
Tus manos y tus pies son abanicos
de ensoñación,
así como tus senos
están llamados a acolchar
la caída de mi anhelo
sobre tu dulce presencia.


El IBEX-35 de tus encantos
Eres el gráfico de la dulzura,
tus rodillas repuntan como índices bursátiles;
tu cuerpo,
trémulo de vaivenes,
por las oscilaciones de
la excitación,
y del vivir en general,
marca los cambios.
Fluctúa el índice gestual
de tus facciones cuando mis acciones
cotizan
al alza.


También hallamos, intercalados, entre estos poemas, otros de carácter reflexivo:

Caen los seres humanos y los años nos otorgan
la desfiguración de las más audaces expectativas,
aquellas por las que apostamos
de manera pura y diáfana
en el ayer.
Hoy somos sólo un grito en el abismo de la incomprensión,
en el adulterado cieno de la sociedad civil;
en el amanecido día con las luces de neón
a las que da vida el uranio
empobrecido
de la impostura.


En la tercera parte, Apocalípticos y dopados, nos encontramos de nuevo con el cuaderno de bitácora donde Diego Vadillo anota sus especulaciones ante la trascendente ruta vital, mezcladas con ráfagas de amor, cavilaciones poéticas, juegos de palabras y paisajes surrealistas:

La coz a ti debida
Anoche me sentí muy vulnerable
de madrugada
y ya no pude conciliar el sueño.
Muchas veces… las insatisfacciones
son enterradas
bajo la almohada…
brotando en el momento
en que una circunstancia
cualquiera
nos pega en la línea
de flotación.
Bajo el abrigo de la inercia
en que transcurren
nuestras vivencias
se infiltran caries en el alma
para las que no hay endodoncia paliativa
ni extirpación posible
mientras subsista la memoria…
sí, esa que tantas y tantas veces
nos incauta la calma.


Las muelas del viento
Tu cuerpo era un campo minado de potencial regocijo
en un atardecer ya casi fenecido.
Yo quería ser el sheriff de la acera de tus pisadas.
Tú cimbreabas tu cuerpo, y tu pelo
me cegaba de viento y capilaridad ante el crepúsculo.
Tú tuteabas al destino
tumbada sobre el césped junto a mí,
porque habías olvidado el ayer,
que en ese momento convidaba
a los incautos a cafés envenenados.
Cinco minutos te quise amar eternamente.
Le dolían las muelas al viento y te besé.


Para finalizar, transcribo el poema titulado “Procesos”, lo que yo considero como un autorretrato que el poeta hace en su tercer libro Apocalípticos y dopados:

Procesos
A Ella nunca le era esquiva
la poesía.
A nuestro poeta a veces sí.
Y para calmar las ganas
escribía ensayo,
pero, entonces,
el ensayo le salía muy poético,
por lo que se había de dar
a la prosa lírica,
y si en esta se empezaba a producir
un hermoso extrañamiento,
se tenía que poner
los hábitos de sastre
y con los aperos
característicos
empezaba a tomar medidas,
comprobando la posibilidad
de encauzar métricamente el caudal lírico,
buscándole un talle grácil
o exótico,
para que bailaran las sílabas
en un ritmo
lo más acompasado posible.

© José Luís Pérez Fuente