La posesión de la verdad

Que todos nos creemos en posesión de la verdad absoluta es una verdad irrefutable. El ser humano posee la maravillosa virtud de concebir y proyectar un interesante y suculento número de sistemas de convivencia y “verdades” aplicables a nuestra sociedad y modo de vida. Pero por alguna razón, también ostenta el deplorable vicio de llevar los conocimientos y teorías de sus hermanos y hermanas hasta límites enfermizos, y en muchos casos, egoístas y crueles. Y yo, y ustedes, se preguntarán, ¿tanto cuesta alcanzar la moderación, el balance, el equilibrio? Parece ser que sí, y muchas corrientes existencialistas lo achacan a la “naturaleza humana”. Que no nos vendan el destartalado motociclo de la ignorancia, la moderación existe, y puede ser perfectamente alcanzada, el problema es que ni interesa, ni compensa a ciertos sectores de la población.

Y mientras tanto, aquí cada uno intenta darle sentido a este desbarajuste que lleva viviendo la humanidad desde tiempos inmemorables. Ciencia, fe, una mezcla de ambas, dinero, consumismo patológico… En multitud de ocasiones tengo la impresión de que Dios realmente está ahí fuera, y se trata de una especie de Jane Goodall, experta en antropología y primatóloga, que nos observa y estudia desde una distancia prudencial, evitando reírse a carcajada limpia de nuestras “interacciones sociales” a gran escala. Desde una posición no intervencionista me imagino a esta deidad/Jane Goodall diciendo frases como:

“Es impresionante lo mucho que avanza esta especie en términos [vamos a decir] médicos y científicos. ¡Qué gran sociedad de primates! Pero por desgracia, por cada cinco pasos hacia adelante que dan estos adorables bichitos, un pequeño sector de sus congéneres da cuatro atrás, lastrando de manera irremediable a los demás.«

Y esto, queridas amigas y amigos, es una verdad irrefutable. No podemos convertirnos en negacionistas de nuestra propia ignorancia, porque de esta manera el ego y la vanidad se apoderarían de todos nosotros. Y el ego puede llevarte muy, muy alto, y dejarte en la cima, allí, solo, solito para siempre.

Somos una gran especie, es innegable, pero nuestra misma naturaleza se ha convertido en nuestro peor enemigo. ¿Tan complejos y endiabladamente retorcidos son algunos que les cuesta tanto aplicar la simple premisa social de “vive y deja vivir”? Es cierto que el eterno campo de batalla del ser humano siempre será su mente, ahí es donde se libran las contiendas más perturbadoras de nuestra esencia. Y si al final del día todos “queremos ser normales, no subnormales” (como clamaba cierto sector de la población española recientemente), es necesario ponerse siempre en el lugar del vecino para valorar la verdad que él cree tan irrefutable y tú tan inverosímil. Y es que como decía Albert Einstein, solo será posible alcanzar la paz mediante la comprensión mutua y el entendimiento, jamás mediante la fuerza y el conflicto.

© Daniel Borge