La promotora

Ya sabes, pichón, estoy aquí, pendiente del teléfono, aguardando tu llamada. No lo dudes. Te prometo,  juro por mi vida, que no te arrepentirás.

Dejé mi voz en la contestadora, no volví a insistir. Me conoces bien: soy la chica linda de las promociones, la de los jeans ceñidos y camisa a cuadros, la de la visera con ojos tristes, aquella que se abalanzó sobre el capó de tu auto, cuando pretendías acelerar en aquel semáforo para no recibir publicidad. Pero trabajo es trabajo, tú sabes. Miré por el espejo lateral del Chevrolet, veías la hora, fruncías el ceño y apretabas tus labios de una manera atroz. Te había descubierto mucho antes, amor; los hombres guapos siempre me atrajeron, especialmente los calvos, por su intenso sexapeal.  Mi actitud de promotora audaz, dispuesta a todo para vender su producto, logró sorprenderte. Deduje fácilmente que no deseabas invertir en bienes raíces. Adjunté mi tarjeta a la información comercial y esperé tu llamada con creciente ansiedad.

Eras un tipo de poca experiencia, no acostumbrabas a frecuentar jovencitas.  Ni siquiera sabías donde llevarme. A cualquier lugar, murmuré, contigo hasta puñaladas. No escuchaste. Pasabas por uno de esos días, como el de las promociones, que por cierto, te dejó preocupado: pudiste arroyarme y acabar para siempre con mis sueños (como si los tuviera).

Recorriste la autopista hasta el cansancio. No fue por postergar la entretención, simplemente alguien maduro debía aconsejarme en forma imperativa. Encendí un cigarrillo y acomodé mi cabello (alisado para la ocasión). De consejos estaba apestada, verás; cuando comprendes que el mundo gira sin ti y en definitiva no eres imprescindible, todo se vuelve gris: la vida, las calles, la gente, el mundo en general, y no existen versos ni canciones que puedan cambiarlo, pues simplemente nada fue hecho a tu medida, ni siquiera el amor. Frenaste de improviso, parecías ido. No te drogabas, no, sólo querías conversar, volver a sentirte adolescente. ¡Bobadas! Habría jurado que mi trasero te deslumbró cuando volteaste a verme aquella vez, justo después de la escena del auto, pero al parecer me equivoqué.

Llevabas casado más de veinte años y otras yerbas, corrías de tu casa a la oficina, participabas de un club de pesca, te divertías jugando golf, en fin, poco me importaba aquello y el hecho de que no aceptaras mi amargura. Está bien, te dije: si quieres devolverme la alegría, empieza pasando el cambio luego veremos. Me miraste con rubor, fingí no percibirlo. Crucé las piernas para exhibir las medias negras de fantasía, con mi falda y mis pudores arremangados. Casi chocaste de la impresión. Más tarde fuimos a la costanera en donde nos cobijó una luminaria. Entrelazamos las manos con gran ternura. El río te relajó muchísimo, regresaste a tu juventud; cuando eras campeón de natación y frecuentabas a una chica como yo. Para entonces sólo apostabas a la suerte, era más fácil que madurar, más fácil que asumir el constante vaivén del mundo y sus sorpresas. Acariciaste mi rodilla,  temblé de la emoción. ¡Estaba ahogada!, quería sincerarme, contártelo todo de una vez, pero decidí callar. Saqué el rubor del bolso para maquillarme. Tú narrabas historias, pobres historias, siempre repetidas. Te ofrecí algo de droga, pero rechazaste, eras un tipo sin vicio, no debía insistir con eso.  

Más tarde fuimos a bailar. Después de algunos tequilas logré desinhibirme: estabas sentado en primera fila, junto a los infieles que aplaudían mi ritmo singular, ese movimiento hecho para tu deleite, algo que presiento jamás olvidarás.

Después de aquella escena nos dirigimos al motel. Callaste por largo rato, culpable al parecer, respeté aquel silencio cada metro de asfalto que restaba para aferrarme a ti y convertirme en la musa de tus sueños de alcoba.

Debía confesarte algo. Era bella, deslumbrante, era más que la chica de las promociones. Estabas sordo, pichón. Abriste la cerradura con destreza, sentí pavor. Tu primera aventura en años y:  ¡nada sabías de la tía que tenías enfrente!  Hay sólo mujeres, dijiste, las categorías son para los mediocres. Intenté apagar la luz, últimamente amaba la penumbra. Te opusiste de lleno, sorprendido por aquel recato inoportuno. Querías tenerme ya.  Procuré salvar la situación retrocediendo lentamente. ¡Timorata, timorata!, repetías irónico. ¡ Perra ofensa!, te habría dicho unas cuantas, de no ser por la intensa taquicardia y ese súbito deseo de orinar.

¡Debes comprenderme!, rogué, ¡Por favor, déjame explicarte! Estabas loco de atar, ebrio además, pero no lo suficiente para mi gusto.

Escapé hasta el baño, corrías más que yo. Insistí: no soy aquello que el mundo esperaba. Jalaste mi vestido hasta soltar el cinturón. Imploré piedad. Te burlaste nuevamente, preguntando si era virgen o algo así. Comencé a llorar, estabas enajenado. Cogiste mi rostro entre tus manos  y  besaste mis labios  hasta morderlos.

Lo siento de verdad, pichón, no quise sorprenderte, pero insistías tanto sobre la misma que acabaste enterándote por tus propios ojos. Fue cuando el vestido cedió, quedando todo al descubierto. El pavor te empujó hasta la puerta. Me abofeteaste con la mirada. Por más que supliqué, no pude retenerte.

Comencé a llorar; até mi cuerpo de hombre con los brazos en soga. Deseaba abrigarme, pero oriné el mármol frío de mi propia dignidad. El largo cabello bañó mis rodillas, mi rostro de bufón se resquebrajó, dejándome dispersa, gimiendo entre las sombras, como un error de Dios.

© Roxana Heise
Imagen de © Encima de la niebla