La red

Dejó el coche estacionado a un lado de la vieja y estrecha carretera, un ensanchamiento del arcén que parecía estar ahí desde siempre invitando a los naturalistas motorizados a desprenderse de sus engendros contaminantes.

Siempre que acudía a respirar naturaleza procuraba detenerse allí. Antes de salir del coche miró el móvil, no tenía ningún mensaje, tampoco un guasap que pudiera interrumpir estos apacibles momentos. Era la ocasión ideal para darse un paseo; las bolsas del mundo, la inflación, los bonos del tesoro, etc., parecían haberse confabulado para dejarle respirar y pasar unos momentos de sosiego junto a la naturaleza, un respiro momentáneo, un corto espacio de tiempo, solo un rato, un rato muy corto pero lleno de los matices del otoño. Sabía que en pocos minutos abrirían las bolsas del otro extremo del mundo y tendría que regresar indefectiblemente a la vorágine de las finanzas. Le habían enseñado sus mayores que desde tiempo atrás, los mercados financieros se habían adueñado del humano, lo habían hecho poco a poco, de manera artera, ellos, los mercaderes financieros, sabían que los humanos contaban con una pulsión singular, una fuerza superior a ellos, una pasión, quizá enfermiza, por la conquista.

Su ego crecía hasta límites insospechados ante la codicia de conseguir y conquistar. Ella era el resorte por el que se movía el mundo.

Al fin salió del coche, cerró la puerta y miró el horizonte. Luego fijó su vista a pocos metros de él, ahí estaba, muy cerca, ese bosque de Carpes, que desde niño había concedido tanta importancia, siempre había tenido la sensación de que dentro del frondoso arbolado se transformaría cualquier ser que lo visitase.

Nunca traspasó más de las primeras hileras de árboles, en el fondo seguía teniéndole mucho… respeto, una especie de consideración excesiva a esa especie de tribu constituida por seres vivos, en su mayor parte vegetales. Era consciente que ese grupo heterogéneo de vida estaba unido entre sí por una especie de red imperceptible a los ojos ya que transcurría por el subsuelo. Desde que era pequeño, su abuelo le hablaba de Mari y Majú, una pareja ctónica, es decir, de seres mágicos que vivían bajo el suelo del bosque y eran los seres telúricos encargados de organizar toda la vida del subsuelo a la par que coordinaban el tiempo celeste, el del exterior; dependiendo de la montaña a la que semanalmente se desplazaran, así era el clima en el bosque. Si al abandonar el subsuelo marchaban al monte de los Espinos, subía la temperatura y el viento llegaba seco, en cambio si iban al monte de los Cuatro caños, bajaba la temperatura y llovía abundantemente en la zona arbolada. Así se lo hizo saber el abuelo.

Su abuelo siempre le dedicó los mejores cuentos inspirados en la naturaleza. A pesar de los muchos años que hacía de su muerte, él le seguía recordando con mucho cariño.

Pensó, tras un esbozo de sonrisa cómplice, que esa pudo ser la primera red social de la historia, ellos, un grupo de hongos y pequeñas raíces que crecen en las profundidades de cada árbol y arbusto del bosque lo hacen posible.

Si alguno de los miembros del bosque de carpes, el único que existe en España, le ocurriera algo, el resto de componentes del bosque tendría conocimiento de ello inmediatamente. Lo mismo que las otras especies arbóreas que en aquel lugar convivían: lisos, fresnos, robles, hayas, arces…

Fue su abuelo el que le contó la historia del viejo roble que una noche de otoño, hacía muchos años, en plena tormenta, fue fulminado por la acción de un rayo, de hecho, el bosque era conocido como El bosque del viejo roble.

La historia la recordaba perfectamente: tras la fuerza destructora del rayo, el viejo roble sintió que perdía la vida por segundos, en ese preciso momento la red de alerta subterránea se puso en marcha, Mari dio las pautas precisas en el subsuelo para ayudar al roble herido, le había asegurado su abuelo, y el conjunto de árboles, como si se tratara de un solo ser, impidió que el roble muriera…

Nunca lo había visto, desde joven pensó que aquella era una historia más del abuelo, algo que le contaba para entretenerle y engordar la imaginación de su nieto, de él mismo.

Sin darse apenas cuenta se vio en pleno bosque, fue cuando se le ocurrió recorrerlo con la rapidez acostumbrada, desde que había sido nombrado CEO de la S.F.A Corporation, su vida transcurría siempre a muchas revoluciones.

Por algún motivo que se le escapaba no pudo entender lo que estaba ocurriéndole allí, en El bosque del viejo roble, el tiempo entre vegetales era distinto, parecía detenerse casi por completo, las cosas estaban ocurriendo con otra cadencia. A los pocos minutos recordó el concepto de pausa, algo que tenía olvidado por completo. El venía del lugar donde se albergaba la disonancia y el estrépito.

Sus pasos ahora eran más lentos, los sonidos del entorno más armónicos: los movimientos de las ramas, el canto de pajarillos de los que nunca supo sus nombres llegaba hasta él de otra manera… misteriosa. Sí, era todo un misterio, el bullicio en el que solía vivir se alejaba de su lado mientras daba paso a extraños sonidos como esos preciosos cantos de las aves que le rodeaban. La percepción del mundo había cambiado tras unos cuantos pasos dentro del bosque. Sorprendente.

Siguió adentrándose en él, transcurriendo por una estrecha vereda donde el viento le acompañaba en el paseo mientras mecía las hojas de los altos árboles y permitía pasar la luz del sol, siempre cambiante, daba la impresión de que el camino era una alfombra iluminada por mil lamparillas intermitentes, algo hipnótico y subyugante.

De pronto sus ojos descubrieron algo importante, pudo observar a su derecha, no a muchos metros del camino, la figura estática e imponente de un viejo roble cortado por la mitad, como si un gigante lo hubiera partido en dos de un solo tajo. Se acercó hasta él y pudo contemplar como parte del tronco estaba cubierto de ramas de otros árboles vecinos: un alisio, dos fresnos, otros dos castaños… Sus ramas se entrecruzaban con las del roble. El tronco tenía setas de ostra y otras especies vegetales como el musgo y el liquen, asidas al aún renegrido tronco. Una hiedra orlaba desde lo más alto la mitad izquierda del tronco que le daba mayor volumen y una gran vistosidad y frescura, por su parte posterior parecían caer unos hilos largos y estrechos, una especie de lianas muy finas, algo le sugirió que parecían estar esperando a una marioneta para sujetarla y poder darle movimientos… vida.

Al fin ese pequeño mundo vegetal estaba ante él. Su abuelo le había contado la historia de aquel roble quemado y partido en dos que de alguna forma sobrenatural seguía en pie, ya que la red vegetal se había ofrecido a este solidariamente para que el “Xar haritza”, el viejo roble, siguiera vivo, y lo estaba.

Tras rodearlo quiso sentarse ante él, escuchar el silencio, lo escuchó… No sabía lo que estaba escuchando, parecía tratarse de una melodía que surgía de la base del roble. Su abuelo le hablaba de que Mari y Majú, desde el subsuelo del bosque interpretaban bonitas melodías para causar bellas emociones a las distintas especies vegetales. Aquello volvía a ser cierto. Era posible que un mundo distinto gobernara el bosque, quizá ese era el motivo de su resquemor a entrar allí. El miedo a lo desconocido.

El sonido relajante, bello y pegadizo seguía emanando de las profundidades de aquel roble abierto en dos…

Cuando quiso darse cuenta Eneko, que así se llamaba el hombre que había entrado en el bosque, estaba unido a la parte izquierda del tronco del viejo roble, sorprendentemente las finas lianas se habían adherido a él proporcionando un acomodo al cuerpo, Eneko parecía flotar, su cuerpo no pesaba, era consciente de que estaba suspendido en el aire, sujeto por los largos filamentos vegetales.

Cuando fue a separarse ellos no se lo permitieron, no le importó, se sentía cómodo entre esa maraña de lianas que, era consciente, le habían ofrecido su hospitalidad, mientras la melodía ctónica ascendía hasta sus oídos.

Se encontraba a cada momento más y más relajado, sin saber cuáles habían sido los ingredientes para ello. Ya no estaba agitado, la premura que le condicionaba su existencia en los últimos meses lo había abandonado…

Fue cuando recordó otra historia que, durante las noches invernales, allá en el pueblo, su abuelo le contaba:

Ulises, un ser mitológico, que se ató al mástil de su barco para no sucumbir a la tentación del cántico de unas sirenas. ¿Eneko estaba en la misma situación? Eso era algo que tendría que descubrir.

Pasó un tiempo, siempre de transcurso lento y calmado, sus oídos no dejaban ni un solo momento de escuchar la melodía que parecía crearse en las profundas raíces del viejo roble. Algo presentía que estaba ocurriendo dentro de su espíritu, a cada momento se sentía más unido a esa red vegetal.

Recordó entonces que alguna gente en el pueblo, aseguraban que su abuelo, al que todos llamaban Haritza, roble en euskera, por su gran corpulencia, apareció en el pueblo a la mañana siguiente de que el rayo cortase por la mitad al roble.

Lo cierto es que, a partir de aquel día el joven bróker que había escuchado con atención los cuentos del abuelo, dejó de transitar por el estrés.

Dejó de relacionarse con otros seres que ansían el poder, solo en su propio beneficio. Los avaros, miserables, mezquinos, egoístas…, dejaron de tener un espacio en su vida. Desde aquella tarde, en invierno y en verano, con sol o con lluvia Eneko regresaba al bosque y se unía a las redes sociales vegetales, gracias a esas finas lianas que siguen pendiendo del viejo roble quemado.

Cuentan los más antiguos del lugar que un 21 de junio, en el solsticio de verano de hace muchos años, a Eneko se le dejó de ver por el pueblo.

Su coche sigue aparcado cerca del bosque, en el arcén de un repecho de la carretera, la vegetación lo ha hecho suyo.

Nadie le echó nunca en falta a Eneko, ya que fue visto por primera vez el día que llegó al pueblo en los brazos de su abuelo. Nunca se supo nada acerca del resto de su familia.

Ignoro hasta qué punto este relato es cierto. Como me lo contaron os lo he contado. En el fondo, cosas más raras se han visto en este mundo… y en los otros.


© Texto: Emilio Meseguer Enderiz
© Imagen de Tan Danh en pexels

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