La reencarnación de Copérnico

Escrito en un pergamino, el sueño de Copérnico. El origen del pergamino es incierto, pero eso no viene tanto al caso. Copérnico soñó, una noche cualquiera, con un país en forma de brasa, en el que el sol no solo parecía moverse, sino acercarse. Una teoría muy compleja, que como venía de un sueño, no le dio andamiento, pero que no pasó desapercibida para el científico.

Dijo Copérnico: Si me muero, unos cuantos siglos después, voy a reencarnarme en ese país. Y no porque me guste el calor, sino porque no me puedo quedar con la intriga, si el país tiene forma de brasa y si el sol parece estar más cerca.

Así fue que, como para no desperdiciar la oportunidad de la reencarnación, pero también pasar desapercibido, Copérnico eligió nacer en Paysandú, Uruguay, pero prefirió reencarnar en forma de perro. Algo muy acertado, porque si existe un animal interesado por investigar, olfatearlo todo, ese es el sabueso.

La primera hipótesis fue confirmada en forma fehaciente, y ahí deberíamos considerar que este hombre, ahora perro, era de verdad inteligentísimo: las brasas tienen formas variadas, así que, tenga la que tenga el país, iba a coincidir la hipótesis con el objeto observado. En cuanto a que el sol parece acercarse, lo comprobó en una de las primeras siestas, con el termómetro cantando los cuarenta y la chicharra vociferando insultos, porque lo que se dice canto, no es. A la pucha que hace calor, pensó, y no pudo ni dormir ni soñar ya desde la primera siesta.

Lo más trascendente, quizá, no fue corroborar la teoría científica, tema que ya tuvo más que dominado en su vida de famoso sino esta evolución: vivir como un perro, hacerse amigo de las personas, incluidas algunas católicas, y adquirir nuevas destrezas, como la de mover la cola, por inmensa alegría, como un ventilador.


© Texto: Lucía Borsani
© Imagen: Encima de la Niebla