La tarde se pintó del color del fuego

…Después de consumarse el beso, ambos fueron testigos de cómo esa tarde se pintó del color del fuego. El vehículo en el que iban de regreso se elevó al cielo convirtiéndose en una nube en la que ambos, risueños y desquiciados, intercambiaron miradas cómplices.

Las manos de él, como imanes, encontraron la cadera de ella quien se entregó sin resistencia colgándose de sus hombros, y, alzando la pierna hasta la cintura, ella le permitió conocer con la yema de los dedos la intimidad que escondía bajo el revuelo de su vestido.

Todavía sonrientes y absortos ante la vastedad del cielo, ambos juntaron sus bocas para luego saltar de la nube como suicidas cayendo al vacío, mientras sus cuerpos se convertían en bolas de fuego que dejaban una estela luminosa como único rastro de esa primera cita. Conductores que transitaban por la carretera los vieron caer, creyendo erróneamente que eran meteoritos cruzando la lumbre del ocaso.


© Texto: Eliézar Romero
© Fotografía: Leeloo Thefirst

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