La venta de la caja de hacer dinero: la caja rumana

En esta tercera entrega de las aventuras de Víctor Lustig, nos detendremos en otra de sus famosas estafas. Se trata, ni más ni menos, que, de la conocida como Caja rumana, una supuesta caja que fabricaba dinero.

La caja rumana de hacer dinero

Lustig, para dar forma a esta estafa, se hacía pasar como distribuidor de un ingenio que podía reproducir billetes, indefinidamente. Para dar la apariencia de real, se hizo construir una caja de madera de caoba en la que iba insertada una maquinaria que era la que reproducía los billetes. Estaba dotada de dos ranuras. La primera de ellas servía para introducir un billete legal y, la segunda, para hacer entrar a través de ella el papel moneda sobre el que se iba a imprimir la copia correspondiente.

Naturalmente, para hacer verosímil el artefacto, era necesario hacer una prueba pues de otra manera no habría ningún incauto que la comprase. A estos efectos, Lustig realizaba una demostración que duraba unas seis horas. Pasado este tiempo, para regocijo del cliente, la caja imprimía un duplicado exacto. Después, repetía la operación otra vez más. Una vez demostrada la operatividad de la máquina, se ofrecía al cliente para acercarse hasta un banco con objeto de ingresar los dos billetes, demostrando, de esa forma, que la máquina funcionaba perfectamente y que los billetes emitidos no se diferenciaban de los de curso legal.

El cliente ignoraba que dentro de la máquina se habían depositado dos billetes verdaderos que servían como señuelo. Como es natural, los billetes eran aceptados en el banco sin ningún reparo porque, en realidad, se trataba de dos billetes de curso legal. Ante esta demostración, el cliente se mostraba a pagar lo que se le pedía por la adquisición de la máquina, unos treinta mil dólares de la época.

Después, una vez hecha la compra, cuando el comprador introducía sus billetes solo conseguía papel en blanco, pero para entonces Lustig ya había huido con el dinero.

Pero, tal y como la vida enseña, nada está exento de contrariedades. En una ocasión, Lustig vendió su máquina a un sheriff texano. El agente, al verse estafado, persiguió a Lustig hasta Chicago, donde consiguió, finalmente, atraparle. Sin embargo, Lustig, haciendo gala de nuevo de su habilidad como estafador, consiguió convencer al agente de la ley de que la máquina no había funcionado porque él no la había usado correctamente y el aparato se había estropeado. Entonces, Lustig le ofreció una indemnización como compensación por las molestias, trato que el sheriff aceptó encantado. Claro que no sabía que Lustig acababa de pagarle con billetes falsos.

© Encima de la niebla

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