La vergüenza de una guerra civil

Los avatares de la Guerra Civil y de la  II Guerra Mundial convirtieron a muchos de los niños evacuados, en exiliados forzosos, al no poder regresar a España temporal o definitivamente.     

La historia que hoy os voy a narrar es un hecho real.   

Maria veía cada día más peligrar a su familia, la guerra avanzaba, los soldados iban apropiándose de todo, a los niños adolescente les ponían un fusil en las manos, y a los más pequeños se los llevaban fuera de sus hogares. Los hombres, todos reclutados para combatir.

Maria cogió a sus cuatro hijos y huyó de Andalucía para Alcázar de San Juan, eran miles de pueblos de los alrededores que intentaban llegar a Alcázar, ya que era una de las mayores redes ferroviarias que se encontraba en pie por el momento. Una vez allí hubo un gran bombardeo y murió muchísima gente. En ese momento a Maria le destrozaron la vida, le quitaron a sus hijos, y a su hijo mayor una bomba le destrozó el brazo, Manuel tenía en ese momento seis añitos. El niño es conducido a una tienda de campaña de la Cruz roja para curarle. Una vez que le curan ese bracito dañado por aquel terrible impacto de la bomba es conducido con sus tres hermanos a un tren, para llevárselos a Rusia, ese tren iba hasta arriba de niños pequeños.     

Manuel con su corta edad se había convertido en el protector de sus tres hermanos, los cuatro iban de la manita sin separarse, eran tan pequeñas sus edades: seis, cuatro, tres y dos añitos. El tren con los niños dentro lo conducían al puerto de Alicante, para desde allí embarcar para Rusia.           

De los más de 30.000 niños españoles que fueron evacuados durante la Guerra Civil poco más de 3000 fueron a parar a la Unión Soviética. Esos niños tuvieron que esperar a la muerte de Stalin para poder regresar, aún a si muchos se quedaron en los campos del Gula, murieron en la guerra o por el hambre y también hubo muchos que quedaron desaparecidos con el estallido de la Segunda Guerra Mundial y la absoluta falta de relaciones diplomáticas entre España con Franco y el régimen soviético a esos niños los dejaron sumidos en un limbo legal de imposible solución.                                   

Al llegar Alicante Manuel con sus hermanos muere José Antonio Primo de Rivera un 20 de noviembre de 1936, preso en la cárcel de Alicante en las fechas de golpe de Estado, fue juzgado por conspiración y rebelión militar contra el gobierno de la Segunda República, condenado a la pena de muerte y ejecutado por fusilamiento durante los primeros meses de la Guerra Civil Española. Al morir Primo de Rivera cortan el puerto de Alicante y todos los niños que se encuentran en ese momento allí son conducidos en camionetas que iban al descubierto y apiñados unos contra otros. Manuel a ser el hermano mayor teme todo lo peor y no dejan que sus hermanos se suelten de la mano, ya que su gran pena sería si encima los separasen. A los niños los iban distribuyendo por los diferentes pueblos de Alicante, al llegar al pueblo de Agost municipio de la provincia de Alicante bajan al resto de los niños que quedaban en la camioneta y los colocan en la plaza del pueblo, allí son mirados como mercancía, de arriba abajo, por todos los que querían acoger a los muchachos. Manuel y sus hermanos no paran de llorar, ellos no quieren ser separados. Es entonces cuando una señora adinerada les dice a los militares

– pobrecillos no los separéis, no veis que están llorando los hermanos, yo porque no puedo quedarme con todos ellos.                                                         

Lo único que consiguen los niños es quedarse en el mismo pueblo, pero con diferentes familias. Manuel es recogido por una familia que tenía una fábrica de juguetes y estos señores tenían una hija de dieciséis años. El niño nunca había tenido juguetes y uno de sus primeros regalos fue un caballo cartón fuerte, que se balanceaba para todos los lados, por la noche Manuel no paraba de llorar, echaba tanto en falta a su familia y sobre todo a sus hermanos.               

Julia la hija de esos señores le acostaba con ella y le acunaba en su regazo con dieciséis años la joven y seis Manuel, ella le decía para calmarlo

– No llores que tú no te vas a ir de aquí, nunca te va a faltar de nada, eres el hermano que nunca tuve.

A los seis meses de estar adoptados los niños con las diferentes familias, sus padres se enteran por la Cruz roja donde se encontraban sus hijos, en Agost, y deciden coger la burra que les queda para ir desde Córdoba hasta ese municipio de la provincia de Alicante. Las penurias que los padres pasan durante el trayecto, por caminos empedrados y angosto, sólo ellos podrían describirlo. Caminaban horas para no cansar a la burra, ya que el animal iba cargado del poco sustento que tenían. El reencuentro con sus hijos fue para los padres lo más hermoso de esa historia  que estaban viviendo y por fin padres e hijos pudieron seguir caminando juntos.


© Texto: Mpiliescritora

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