Las cartas

Cuando regresé a mi aldea aquel invierno, traía solamente dos cosas: una herida en la pierna y una carta oficial para la viuda Fournier. Me dirigí a su casa, caminando despacio, pensando que cualquiera podría leer la ansiedad y la tristeza que me abrumaban por el trazo de mis huellas sobre la nieve.

Llamé a su puerta, pero mucho antes de que atendiera supe que no podría entregársela. Era extraño, no tuve miedo en ninguna de las batallas, ni siquiera en el momento en que aquella bala casi me destroza la pierna; sin embargo, no tuve el valor para comunicarle a la viuda que su único hijo había muerto en la Gran Guerra. Nadie más en la aldea lo sabía, así que inventé su traslado a una unidad lejana.

Desde entonces cada mes escribí una carta, agregando algunos francos en el sobre. La viuda no sabía leer, por lo que yo me encargaba de hacerlo. A veces reía con mis historias y a veces se limitaba a suspirar llena de orgullo; pero siempre, al despedirme, las lágrimas terminaban deslizándose por sus mejillas.

Cuando enfermó gravemente, me llamó a su lado y me alargó una caja con el dinero y las cartas que le había entregado.

—No tienes que escribir más —dijo, haciendo un esfuerzo.

Yo quise hablar, pero me detuvo con un gesto.

—Lo he sabido desde el principio —continuó con un hilo de voz—, ahora que voy a encontrarme con Phillipe, le contaré lo bueno que has sido conmigo.

Me sonrió con dulzura y luego cerró sus ojos para siempre.

© Kalton Bruhl