Las coloridas festividades religiosas de abril

Tengo recuerdos infantiles y juveniles imborrables del mes de abril cuando, durante tres domingos consecutivos, esperaba con ansias poder participar en fiestas religiosas, que se caracterizaban por el halo de alegría que las rodeaba.

El primer domingo es el de Ramos, que conmemora la triunfal entrada mesiánica de Jesús de Nazaret en Jerusalén, montado sobre un asno, en medio de una multitud que lo aclama agitando ramas de palma y cantando:

“…Bendito es el que viene en el nombre del Señor.

Bendito es el enviado del Reino de Nuestro Padre…

¡Hosanna en las alturas!”.

Camino a la iglesia comprábamos un ramo, elaborado con generalmente hojas amarillo pálido de palmera trenzadas con olivo, romero y laurel. Este ramo sería bendecido por el sacerdote durante la misa como símbolo de nuestra renovación de la fe en Dios. Me emocionaba compartir la euforia con los feligreses cantando Hosanna, elevando y agitando estos ramos mientras el sacerdote los rociaba con agua bendita.  Posteriormente era colocado en algún lugar de mi casa para “protegerla”.

El segundo domingo es el de Resurrección, de Gloria o de Pascua de Resurrección.  Conmemora la resurrección de Jesucristo y marca el final de la Semana Santa.

Como una forma de celebrar este milagro, se realizaba el intercambio de huevitos: huevos de gallina, vaciados y limpios, se decoraban y rellenaban con golosinas, y que representaban la vida y el renacimiento. (La costumbre permanece hasta hoy: esconderlos para que los niños, después de una ardua tarea de búsqueda, puedan saborearlos).  

Mi abuelita comenzaba semanas antes a vaciar los huevos- soplándolos y lavándolos- para que yo los pintara con témperas de colores, trabajo que realizaba con mucho esmero y dedicación, para luego rellenarlos con dulces pequeños. Ella compraba algunos huevos de mazapán y de chocolate -importados de Alemania por una confitería de Santiago- que escondía cuidadosamente en diferentes lugares para que mi búsqueda se transformara en una odisea que duraba varios días.  ¡Qué emocionante era abrir un cajón y encontrar uno de esos huevitos! Aún recuerdo unos de mazapán que imitaban un medio huevo duro blanco con su protuberante yema amarilla y su base bañada de chocolate, eran una obra de arte para mis ojos, pero irresistibles para mi boca que no dudaba un segundo para dar el primer mordisco y sentir como esos sabores se mezclaban en su interior.

Esta tradición la mantuve con mis hijos y mis nietos. Era un placer verlos esa mañana de Resurrección, levantarse ansiosos buscando huevitos por cada rincón: durante el día, sentir sus gritos triunfales de alegría al encontrar el preciado tesoro, ver sus caritas rozagantes y embetunadas con chocolate.

El tercer domingo es Cuasimodo, que se realiza desde los tiempos de la colonia en localidades rurales de la zona central de Chile y su objetivo es llevar la comunión a los domicilios de las personas ancianas, enfermas, e impedidos que no pudieron recibirla en las celebraciones de Semana Santa. Los escoltas o cuasimodistas que acompañan en esta misión al sacerdote, aparecieron como una necesidad para evitar asaltos durante el recorrido por parajes desolados.

Esta fiesta costumbrista la conocí en mi juventud. Cada año visitaba diferentes localidades rurales para disfrutarla. El año 1993 pude vivenciarla desde sus preparativos cuando me trasladé a vivir frente a la Parroquia de Lo Barnechea, comuna donde esta festividad se celebra con gran devoción.  

La alegría que trasmiten los cuasimodistas es contagiosa. Muestran el orgullo que sienten por ser escoltas del sacerdote en su recorrido por la localidad. Es admirable la forma como engalanan sus caballos y los diferentes vehículos en los que se desplazan -carretas, camionetas, automóviles, bicicletas y triciclos- adornados con gran esmero con flores y coloridas cintas y guirnaldas.


Fiesta de Cuasimodo. Óleo sobre tela, 50 x 100 (2018) de Cecilia Byrne
Fiesta de Cuasimodo. Óleo sobre tela 50 X 100 (2018). Cecilia Byrne

Esta pintura la realicé para rendir tributo al esfuerzo de los cuasimodistas. Ellos se preparan durante meses para que este evento logre su objetivo. Elaboran con esmero sus vestimentas. Lucen impecables con su traje típico de huaso cubierto por una esclavina o capa corta, relucientes zapatos negros con espuelas de plata que hacen sonar melodiosamente y el gran pañuelo blanco de raso que cubre su cabeza para protegerse del polvo del camino. No llevan sombrero por respeto al Santísimo.

Esa mañana dominical, después de la misa de las 8 a.m., frente a la puerta de la Parroquia, los escoltas forman un arco con banderas chilenas para que el sacerdote avance hasta una carroza que lo espera. El tañido de las campanas y el grito de “¡Viva Cristo Rey!” dan inicio a la procesión: primero, al trote y después al galope a través de calles adornadas con guirnaldas de papel blanco y amarillo.  En la puerta de entrada de las casas habitadas por personas que necesitan comulgar, se erige, como señal, un pequeño altar coronado por un arco de hojas de palmeras.

Impresiona el fervor de los espectadores. Ellos acompañan la procesión con aplausos, desde las ventanas de sus hogares, y las calzadas retumban con el paso de la comitiva, el estruendoso sonido de los cascos sobre el pavimento y los relinchos de los caballos.

Una vez cumplida la misión, se llega a la medialuna, un amplio recinto abierto donde se realiza la celebración de la misa para todos los participantes y espectadores. Es una experiencia muy peculiar, donde los aromas más increíbles se mezclan: incienso con desechos equinos; perfume femenino con sudor masculino. Recuerdo a mi hija adolescente enojada exclamando: “¡Qué falta de respeto celebrar la Eucaristía en medio de caballos defecando!”. ¿Cómo explicarle que Dios valora, sobre todas las cosas, el fervor popular?


Texto e imágenes © Cecilia Byrne