Las flores de Dios
Estacioné el auto cerca, pero quise llegar caminando a la iglesia. Como caminaban los antiguos, los peregrinos, los propios mensajeros de Dios. No quise encontrarme con conocidos que tuviera que saludar y que me apuntaran con conversaciones mundanas. Quería ser yo misma. Me habían dicho, insistido, que en esa pequeña iglesia que abría sus puertas los sábados encontraría a Dios dándome respuesta a mis crisis existenciales. Habían sido bastante convincentes.
De niña, creía que Dios vivía en la iglesia, porque le decían la casa de Dios. Algo de aquello seguiría vivo en el esqueleto de mis creencias. Me había vestido con ropa de salir, con zapatos nuevos, me había maquillado. Antes de bajarme del auto supe que lo de llegar caminando iba a ser un momento de decisión, por eso lo dejé a dos cuadras. Todavía me hacía ruido llegar a la casa de Dios, sabía que en realidad nunca lo había visto por ahí, en otras iglesias más lujosas, en catedrales donde lo magnífico me representaba un ser superior. Pero a Dios, el propio Dios, no, nunca lo había visto. En ninguna.
Llegué. La puerta principal estaba abierta y en un pequeño recibidor había una mesita con flores. De plástico. Eran tan bonitas que parecían reales… Y me imaginé un Dios lejos de ahí, que poblaba el mundo de flores, árboles y ríos, mares, arenas, mariposas, hormigas. Pájaros. Que no necesitaba materia prima para crear belleza. El sol de otoño me dio un abrazo. Miré las flores, las perdoné. Miré mis zapatos, les di mi perdón.
Me descalcé. Seguí de largo. Las plantas de mis pies, por primera vez, estaban a punto de florecer.
©Texto: Lucía Borsani
© Ilustración: Encima de la Niebla

