Las heroínas de nuestro tiempo

Quiero escribir esto en abril y quiero recordarlo siempre, porque acordarse solamente de ello, de ellas, en marzo, en concreto el 8, es como celebrar un día sin coches para al día siguiente volver a infestar las vías públicas con polución y un delicioso regusto a combustible quemado. Es decir, que ayuda, pero no soluciona el problema.

Me gusta ver a la humanidad como lo que es, una especie, una sola esencia, y me gusta ver a nuestras diferencias como meros detalles biológicos y físicos producto de una evolución subyacente en un código maestro extraordinario. Qué añejas y lejanas quedan aquellas frases de las sitcoms americanas en las que se regodeaban una y otra vez de las condiciones de personalidad por ser hombre o mujer, de las grandísimas diferencias que se supone que nos separan en cuanto al modus operandi diario… qué estúpidas parecen ahora cuando uno las piensa detenidamente. Qué absurda manía tenemos de intentar catalogar todo como A o B, blanco o negro, cuando la realidad es que la naturaleza se ríe en nuestra cara de las polaridades. No podemos culparnos de ello, al fin y al cabo, nuestra ignorancia ante lo que nos rodea nos obliga a simplificarlo todo con el propósito de entenderlo mejor. Y ese precisamente es uno de los lastres de nuestra sociedad, la incongruencia del tradicionalismo y conservadurismo que intenta reducir la razón por pura ignorancia, porque se niega a mirar plus ultra. Es holgazanería, pura y dura, no se equivoquen.

En abril de 2021 me da la impresión de que algunos y algunas tratan de tirar por la borda a diario todo por lo que lucharon nuestras abuelas durante tantos años. Nuestras queridas abuelitas aguantaron lo indecible, sortearon tempestades sin tener opción de ejecutar un ritmo de vida a su antojo. Todavía recuerdo, sin ir más lejos, cómo mi madre (ya ni siquiera mi abuela) me preguntaba por qué le había tenido que tocar eso a ella, porque tenía que limpiar la casa y cocinar todos los días. Lo hacía con gusto, sí… y no, porque tampoco le había preguntado nadie. Quizá lo hubiera hecho con complacencia si lo hubiera elegido ella misma.

Considero que el feminismo puede estar mal enfocado en según qué aspectos, pero en general, ¡cómo no va a estar en auge, si durante más de dos mil años la vida de una mujer estaba desgraciadamente sentenciada desde el momento de la formación de sus genitales en el seno intrauterino! ¡Cómo no se van a levantar por Dios! ¡Cómo no van a mandar a tomar viento fresco todo y decir basta ya!

Y las verdaderas heroínas de este cambio son nuestras abuelitas, que intentaron desafiar los límites impuestos para sufrir maltratos psicológicos, físicos o ambos al mismo tiempo. Se enfrentaron a hombres que al fin y al cabo eran producto de una educación similar, pero que, aun siendo capaces de ver el cambio latente, se relegaron al machismo, al odio, a la imposición por una mera cuestión biológica y sexual. Nuestras abuelas se preguntaron por qué ellas tenían que dedicarse a lo que se dedicaban, y nadie les había preguntado si querían hacerlo. Sin opciones, buscaron una explicación que no pudieron encontrar, lo que les obligó a seguir siendo esclavas de la sociedad. Porque claro está, los sinsentidos no tienen explicación racional…

Hace tiempo, una amiga de mi abuela a la que visitaba en la residencia de un pequeño pueblo del corazón de Castilla, me contó que durante la festividad de los reyes magos, allá en los años 30 o 40, su padre le había regalado una plancha, adjuntando una encantadora nota que rezaba:

“Esto es para ti. Lo único que vas a hacer en tu vida… esto te va a servir.”

La adorable ancianita me contaba aquella lamentable anécdota sin lágrimas en los ojos, resignada ante la situación, siendo inconsciente de que en los últimos años la situación está cambiando (gracias a los dioses) radicalmente, y que a pesar de haber aún muchos baluartes de ignorancia, la sociedad evoluciona irremediablemente tras contemplar con recelo su desolador pasado.

Y tras todo lo anterior, cómo no van a salir las mujeres a la calle a gritar a los cuatro vientos que son mujeres y que hoy no están sometidas y tienen capacidad de elección. Cómo no van a salir a la calle tras siglos y siglos de violencia, de imposición, de verdaderas torturas físicas y psicológicas, de persecución y de maltrato.

No se ofusque usted Sr. Conservador, no se lo tome tan a pecho ni se sienta insultado y ofendido. Al fin y al cabo tiene usted la capacidad de elegir entre lo que está bien y lo que está mal, sobre lo que hacer con su vida sin temor a consecuencias, cosa que su querida abuela, no pudo.

No se enfade Sr. Carca, que la cosa no va con usted, ¿o sí?

Excusatio non petita, accusatio manifesta…


© Daniel Borge
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